CRITICA
PARÍS, PARÍS

Director: Christophe Barratier

Interpretes: Gérard Jugnot (Pigoil), Clovis Cornillac (Milou), Kad Merad (Jacky), Nora Arnezeder (Dulce), Pierre Richard (Monsieur TSF – “señor radio”), Bernard-Pierre Donnadieu (Galapiat), Maxence Perrin (Jojo).

Nacionalidad: Francia

Año: 2008

Duración: 120 min.

Valoración: Jóvenes-Adultos

Primavera de 1936. En un distrito de clase obrera en el norte de París, encontramos un barrio que seguramente tuvo un nombre en otro tiempo, pero que ahora todo el mundo conoce simplemente como Faubourg. Está situado en lo alto de una colina, con una vista de París a un lado y de los florecientes suburbios de la ciudad al otro. Una pequeña plaza, unas cuantas tiendas, calles adoquinadas y la fachada desconchada del teatro de variedades del barrio: el Chansonia.

El triunfo en las elecciones del Frente Popular es recibido con entusiasmo y la esperanza de un futuro mejor. Entre las promesas del nuevo gobierno se encuentra la famosa ley sobre vacaciones pagadas, que permitirá a numerosos trabajadores ver el mar por primera vez. Pero tres habitantes de Faubourg, trabajadores del mundo del espectáculo y amigos íntimos, se encuentran en una situación que no les permite participar de las desbordantes esperanzas de los demás. El Chansonia, el teatro de variedades que les daba empleo, lleva ya cuatro meses cerrado y los ha dejado a todos en el paro.

Pigoil (Gérard Jugnot), es tramoyista, con 30 años de experiencia en el Chansonia a sus espaldas. Si no consigue trabajo, podría perder la custodia de su hijo de 12 años, Jojo (Maxence Perrin), y tendría que renunciar a sus planes de llevarlo a ver el mar.

Milou (Clovis Cornillac), es un electricista impetuoso que va detrás de todas las faldas que se le cruzan. Símbolo de la "aristocracia obrera", portavoz de reivindicaciones de todo tipo, está decidido a "cambiar el mundo".

Jacky (Kad Merad), era el hombre-anuncio del Chansonia. Tras llevar durante años los nombres de estrellas en sus cartelones, Jacky ha empezado a soñar que algún día él mismo será el rey del music hall. Convencido de estar dotado de gran talento para las imitaciones, anda continuamente en busca de actuaciones que nunca consigue...

Con el apoyo de los vecinos, los tres amigos deciden tomar las riendas de su propio destino: intentan forzar su suerte y ocupar el Chansonia para producir el musical de éxito que les permita comprar el local. Cada uno de ellos tiene sus propios motivos para embarcarse en este proyecto, pero todos comparten una misma meta: poner nuevamente en orden sus vidas.

Para contarnos esta historia en forma de cuento encontramos tras las cámaras a Christophe Barratier, que repite aquí las mismas fórmulas que le llevaron a la fama con su anterior trabajo: Los chicos del coro (2004). En ambos casos, Barratier se encarga del guión y la dirección de esta película. En la primera, rinde homenaje a los coros infantiles a la música de las voces blancas, mientras que aquí evoca los musicales parisinos de los años 30.

Para ambientar la historia, encontraremos unos decorados exageradamente irreales, unos protagonistas muy estereotipados y una trama verdaderamente simple. Simplemente sencilla. Y esto no es una crítica negativa. Sólo hay que saber que no vamos a ver una película realista sobre una Francia gris y deprimida de la época, sino que estamos ante un marco para contar una fábula.

Y como en todo cuento que se precie, además de los protagonistas (buenos) y el malvado “padrino” del barrio Galapiat (Bernard-Pierre Donnadieu) encontramos un hada salvadora que iluminará la vida de nuestros hombres con su colorido y su voz: Douce (Nora Arnezeder). Además de la inocencia infantil de Jojo, el que se irá convirtiendo en el protagonista real de nuestra película.

Toma muchísima importancia en esta cinta la parte sonora. Especialmente protagonizada por el acordeón de Jojo, al que ya vimos cantar en Los chicos del coro. ¿Por qué será tan perfecta la simbiosis del viejo París con las notas ligadas del acordeón?

Como reza La Vie en Rose, la más famosa canción de Edith Piaff, en una traducción muy imperfecta: “Noches de amor que no terminarán jamás, / una gran felicidad que toma su lugar / los problemas, las penas se acaban… / ¡Felices, felices hasta morir!”

Francisco Arellano

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