CRITICA
IN THE LOOP

Director: Armando Iannucci

Interpretes: Peter Capaldi (Malcolm Tucker), Tom Hollander (Simon Foster), Gina McKee (Judy Molloy), James Gandolfini (Lt. Gen. George Miller), Chris Addison (Toby Wright), Anna Chlumsky (Liza Weld), Enzo Cilenti (Bob Adriano), Paul Higgins (Jamie MacDonald), Mimi Kennedy (Karen Clarke), Alex Macqueen (Sir Jonathan Tutt), Johnny Pemberton (A.J. Brown), Olivia Poulet (Suzy), David Rasche (Linton Barwick), Joanna Scanlan (Roz), James Smith (Michael Rodgers), Steve Coogan (Paul Michaelson), Zach Woods (Chad)

Nacionalidad: Reino Unido

Año: 2009

Duración: 106 min.

Valoración: Jóvenes-Adultos


La opera prima de Iannucci en el cine esconde muchos años de éxito en televisión, donde se cuece buena parte del mejor talento audiovisual contemporáneo: ¿qué productora tiene hoy el prestigio de la HBO? Guión y ritmo, velocidad e ingenio. Todo huele a la mejor televisión, con aromas a El ala oeste de la Casa Blanca, pasada por ese inconfundible humor inglés a lo Sí, señor ministro y The Office. Pero ojo, con una sólida entidad fílmica (de estructura redonda pese a la complejidad del tema y el protagonismo coral) y un ambicioso aliento surrealista que remite (aunque a bastante distancia) a Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?

In the Loop narra las peripecias de Simon Foster, el incompetente Ministro británico de Desarrollo Internacional. Todo comienza tras meter la pata con unas embarulladas declaraciones en la radio sobre una supuesta guerra que en realidad pretende evitar en una zona indeterminada de Oriente Medio. Un halcón del Gobierno de los Estados Unidos aprovecha la coyuntura y lo invita a Washington para que apuntale sus planes bélicos. El bueno de Simon acude presuroso, acompañado por un advenedizo becario y perseguido por su feroz jefe de gabinete. Los malentendidos y navajazos rastreros se suceden a un ritmo vertiginoso.

Hasta aquí lo bueno, porque en esta cinta no contamos con aquel insólito Peter Sellers, parodiándose a sí mismo con su versátil interpretación. A pesar de todo, la dirección de actores consigue que todos bailen al compás nada sencillo de unos caracteres muy estereotipados, pero funcionales. Las interpretaciones de Peter Ca­pal­di, Tom Hollander o el "Soprano" James Gandolfini se podría decir que son destacadas, pero sin arrollar al prójimo. Y los jóvenes no les van a la zaga. Destacamos aquí a Chris Addison y su buena interpretación del patán Toby Wright, asesor del ministro protagonista. También merece mención Anna Chlumsky (Liza Weld), a la que recordarán de Mi chica (1991) y aquel famoso beso con Macaulay Culkin.

Para aumentar la naturalidad de las interpretaciones y el aspecto de documental, Iannucci dejó que los actores improvisaran, reelaborando los diálogos a medida que rodaban. La escuela de interpretación británica puede con todo, y James Gandolfini no se queda corto. La puesta en escena está a su servicio pero no olvida otros menesteres: por ejemplo, confundir los espacios en los que se desarrolla, igual de grises y funcionales. El poder no necesita decoradores. Ni música. Ni ornamento alguno.

Divertida en algunos momentos, In the Loop tiene un problema en la explicación de su trama: demasiado enrevesada y con muchos recovecos, desde luego adecuados a su tema, que no es otro que la lucha por el poder (decidir una guerra no deja de ser una forma de poder), pero que para un público medio puede hacer que se pierda en un tiovivo de personajes y cargos. La propuesta es interesante y, muy puntillosamente, se nos presenta a todos y cada uno de los protagonistas, pero todo acaba mezclándose a un ritmo que un español sin conocimiento de la estructura política británica, acaba completamente perdido.

Los múltiples escenarios y subtramas (na­vajazos en la alta política por el poder, navajazos entre subordinados por un ascenso, navajazos sentimentales por un revolcón...) emborronan, además, la poca claridad de la trama, dada la cantidad de información. La burocracia de faxes, informes y teléfonos calientes se hace, sin embargo, tristemente comprensible y más que verosímil. Porque el hilo conductor, tan bien llevado, es un cinismo arrasador, al que le sobra un lenguaje más que soez (en cantidad y “calidad” de obscenidades). No hace falta demostrar tu enfado con 20 insultos y dos blasfemias por frase. Por lo menos, no en todos los personajes de la historia.

Un poco de acidez resulta estimulante, como el pica-pica en los chicles, pero al cabo de más de hora y media masticando puede provocar úlcera. ¿Es lo que hay? Entre el bobaliconamente bondadoso Hugh Grant de Love actually y esto tiene que haber un término medio.

Francisco Arellano

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