Mucho se ha escrito acerca de esta película desde que ganó el León de Oro en el festival de Venecia 2008 y, sobre todo, a partir de las nominaciones al Oscar que recibió su pareja protagonista. Desde luego, es una obra que merece atención, y no sólo porque la firme el vitoreado realizador de Réquiem por un sueño (2000) y Pi (1998). Tampoco por suponer la tan cacareada “resurrección” de Mickey Rourke pues, al fin y al cabo, ¿no había “resucitado” ya con Sin City (Frank Miller y Robert Rodriguez, 2005)? Más aún ¿no había hecho un buen trabajo en Domino (Tony Scott, 2005)? Pero vayamos por partes.
La historia del film gira alrededor de Randy “El carnero” Robinson, un profesional de la lucha libre o wrestling (o “pressing catch”, como conocemos a este espectáculo en España) que tuvo su momento de esplendor en la década de los 80, y que ahora malvive trabajando entre semana en un supermercado y participando en peleas menores los fines de semana. Randy es el prototipo del perdedor: vive de las rentas de una fama ya extinguida, hace tiempo que arruinó su matrimonio, su hija no le quiere ni ver, apenas tiene dinero para pagar el alquiler de la caravana en la que duerme y su condición física deja mucho que desear (toma distintos medicamentos, lleva audífono y gafas). Sin embargo, es un tipo tan encantador como lleno de humanidad: se preocupa por dar buenos consejos a aquellos con los que trabaja y hace amigos allá donde va, ya sea con los niños vecinos, en las peluquerías y centros de bronceado a los que acude, ya sea en el bar de striptease que frecuenta y donde se ha enamorado de una de las bailarinas, Cassidy.
Formalmente, la película es magnífica. El realismo de la puesta en escena de Aronofsky —que combina el uso de cámara al hombro siguiendo a su protagonista con una visualización precisa y excesivamente descarnada de algunas peleas—, unido a las interpretaciones de Rourke y Tomei —deslumbrantes en su naturalidad, sencillez y meditada espontaneidad, lo que contrasta con los modos más ensayados de Evan Rachel Wood—, convierten a El luchador en una película directa y cercana, donde el espectador empatiza rápidamente, pese a sus defectos, con el personaje principal, con su lucha por sobrevivir y su necesidad de segundas oportunidades.
El problema de la mitomanía
A este respecto, y desde una perspectiva antropológica, merecen destacarse dos temas que la película sugiere con mucha fuerza. En primer lugar, la facilidad con la que los seres humanos creamos mitos y, por tanto, lo difícil que le resulta al hombre configurar, estabilizar y mantener la propia identidad.
En cada época, generación o en sectores sociales concretos se mitifican periódicamente objetos (véanse las múltiples formas de coleccionismo), conductas de riesgo (el consumo de cannabis, distintas formas de sexo agresivo, deportes extremos) o incluso actividades profesionales idílicas (comentarista deportivo, diseñador de videojuegos, trabajar en revistas de moda o en el mundo del cine). Igualmente habitual es la idolatría de personajes que suscitan devoción incondicional, desde lo más bajo de la cultura basura (estrellas del porno, de la lucha libre o del “famoseo”, modelos, periodistas del corazón), pasando por los así llamados astros del deporte hasta llegar a distintos estratos de la alta cultura (actores de cine y teatro, literatos, dramaturgos, profesores, académicos, políticos, etc.) Objetos, conductas de riesgo, profesiones idílicas o personas cuya posesión, ejecución, cercanía o mera valoración producen lo que Julián Marías denomina una intensificación (relativamente efímera) de la vida para luego dar paso con frecuencia al vacío, la tristeza o la decepción, en palabras de Alfonso López Quintás . En cierta manera, es natural que esto ocurra: el corazón es un órgano adhesivo que los seres humanos ponemos en muchos sitios hasta que acertamos a colocarlo en el lugar donde realmente se obtiene la felicidad permanente.
Desde este punto de vista, El luchador puede verse como la lenta agonía de un tipo que navega entre la imposibilidad de vivir en el mundo real y la atracción/adicción por la representación que él mismo despliega en el ring. Es una lectura forzada, pero plausible, desde donde se entiende bien todo el intervalo de Randy atendiendo la sección de charcutería del supermercado de cara al público. Aronofsky rueda el inicio y el final de este tramo como si se tratara de una lucha más. Al principio, intercala el sonido de un público ficticio coreando a Randy cuando este sale al mostrador: “El carnero” está dispuesto a llevar a cabo un buen trabajo y a triunfar. Poco a poco, se va despojando de formalismos y aflora la personalidad amistosa y algo vacilona de Randy ante los clientes. Finalmente, cuando el trabajo va perdiendo la excitación inicial y se convierte en rutinario, Randy opta por “despedirse” del mismo modo en que concluye sus combates, cortándose adrede para así llenarse de sangre y añadir un toque “dramático” a su salida del establecimiento.
comprobar
El ser humano necesita integrar su verdadero yo con el yo que es o muestra ante los demás, de tal modo que este segundo yo sea una modulación del primero. Si esto no se da o si faltan vínculos con otras personas que afirmen mi verdadero yo, entonces la persona se desquicia o, como en el caso de Randy, queda atrapada en su propia representación, en la cara que da al público (véase la nostalgia del protagonista por el hard rock ochentero y los titulares de prensa que glosaban su carrera, su aparición en la patética convención de luchadores retirados o cómo se deja seducir por una desconocida que quiere pasar una noche con un “hombre de póster”).
En el peor de los casos, puede ocurrir que, para ser alguien, la persona pase a depender de los intereses, las fantasías, el sadismo o el morbo de la gente, como le ocurre a Randy cuando satisface a su público lastimándose con una grapadora, rompiéndose sillas contra la cabeza o tirándose encima de alambre de espino (no es difícil ver aquí el paralelismo con las “estrellas” del porno, dispuestas/os a dejarse vejar y humillar con tal de obtener dinero, fama y aprecio). Y es que es tal la necesidad de afecto del ser humano (“vosotros sois mi familia” dirá Randy al público en su último combate) que en ocasiones puede estar dispuesto a pasar por lo que sea necesario con tal de obtenerlo.
Ciertamente, no es Randy una persona “débil” que mendiga cariño de esquina en esquina. Más bien da la impresión que es su carácter afable lo que le lleva a prestarse a aquello que su público demanda de él. En cualquier caso, lo que sí corrobora esta lectura es que el ser humano necesita conocerse con realismo y tener mucha paciencia para aceptar con humildad la realidad de sí mismo. Algo que sólo consigue mediante el perdón del otro, cuya compañía y afecto no sólo es la mejor herramienta para introducirse en lo real sino también el antídoto más efectivo para no quedar atrapado en una imagen de mi mismo que no se corresponda con lo que soy y tengo que ser ahora.
La urgente necesidad de vínculos
De hecho, desde otro punto de vista, lo más dramático de El luchador no se encuentra en las peleas —más o menos virulentas pero, en definitiva, farsas escenificadas— ni en la imposibilidad trágica de Randy de abandonar completamente el traje de su personaje. El verdadero problema de “El carnero” —y él es muy consciente de ello: se lo dice a su hija hasta dos veces— es que se encuentra solo y, probablemente, va a morir en soledad. Randy vive solo, cuando le ingresan en el hospital entra y sale sin compañía y sin que nadie le visite aparte del médico, y no tiene pareja (los intentos por juntarse con Cassidy inicialmente fracasan ante la negativa de esta a relacionarse con un cliente).
Vista así, la película mostraría los esfuerzos de Randy por reconstruir su vida afectiva, conquistando a la stripper Cassidy y recuperando a su hija, Stephanie. Este sería, por tanto, el segundo tema de la película que merece destacarse, a saber, la indigencia del ser humano, incapaz de sostenerse con sus propias fuerzas. No es aventurado afirmar que, en el fondo de la historia, late el anhelo de dejar a un lado la representación, de ser aceptado por lo que uno es, y de ser acogido y perdonado de forma incondicional, como apuntaba Juan Orellana en su crítica.
Es más, si algo muestra El luchador es que el hombre no está hecho para la soledad. Ahora bien, para no sucumbir a la euforia (perecedera) de estar siendo aclamado por el público y a la adicción que ello genera, la persona necesita con radicalidad vínculos verdaderos. La tragedia final de Randy, de hecho, no comienza con el infarto que sufre sino con el rechazo definitivo de su hija tras un amago de recomponer la relación. No obstante, contrariamente a lo que ocurre en la tragedia clásica (que busca el llanto solidario y la purificación del espectador por medio de la resignación del héroe a aceptar su destino), el final de El luchador en cambio produce amargura y decepción, pues implica ni más ni menos que la renuncia a la condición humana. Por una vez, Randy sí ha conseguido generar un vínculo afectivo, aunque sea tarde. Que opte por el aplauso del público antes que por el abrazo incipiente de alguien que le corresponde (Cassidy), sólo subraya lo patético de su personaje, incapaz de salir de su papel… y el postizo tinte trágico del final, no del todo coherente con la caracterización de un personaje siempre a la búsqueda de segundas, terceras y cuartas oportunidades
Es lo que ocurre al comprobar que el atractivo del objeto en cuestión se agota tras su uso más o menos prolongado; al percatarse de que la conducta de riesgo mitificada no era para tanto y que, además, puede ocasionar daños irreversibles en uno mismo y/o en otros; al darse cuenta que, para producir la felicidad anhelada, la profesión idealizada exige la misma cantidad de dedicación, entrega y sacrificio que otras profesiones más denostadas; o que la persona divinizada es más compleja, de carne y hueso, y no se reduce a esa una única dimensión ensalzada. Como le dice el hijo de una famosa escritora a la periodista con la que acaba de acostarse, “creo que, aunque no lo quieras admitir, te desconcierta el misterio de lo divino en lo humano. Sabes que mi madre tiene algo especial, eso es lo que te atrae de ella, pero luego la conoces y resulta no ser más que una anciana normal y corriente. No puedes cuadrar las dos cosas. Quieres una explicación. Quieres una pista, una señal, si no de ella, entonces de mi” (J. M. Coetzee, Elizabeth Costello, Mondadori, Barcelona, 2004, 35-36)
Juan Pablo Serra |