A la hora de reseñar una película como La proposición uno puede escoger dos caminos. El primero consistiría en “despachar” el asunto diciendo los tres ó cuatro lugares comunes obligados (que si Sandra Bullock vuelve a la comedia después de…, que si la comedia romántica está de capa caída desde…), poniéndole alguna pega (pierde ritmo a partir de…, no es muy original…) enviándola a redacción y cobrando el cheque (nada sustancioso, no vayan a pensar). Es lo que haría el 90% de críticos ante un film así, lógico por otra parte: hay películas más interesantes a las que dedicar sus energías. No es mi caso: tengo tiempo, soy aficionado a la comedia y, sobre todo, me irrita sobremanera la extendida costumbre de ser “indulgente” con producciones de este estilo sólo porque son inofensivas o irrelevantes.
Habrán adivinado que La proposición, para quien escribe, dista mucho de ser una buena película. En lo que sigue detallaré por qué considero que es así, haciendo hincapié, primero, en por qué no es una buena comedia y, segundo, por qué tampoco resulta convincente en su faceta romántica.
¿Argumento? Imaginen una combinación de El diablo viste de Prada (David Frankel, 2007, una película de lo más “normalita”, si les interesa mi opinión) y Matrimonio de conveniencia (Peter Weir, 1990). Tenemos a Margaret, agresiva y despótica jefa de una gran editorial neoyorquina, y a Andrew, su sacrificado ayudante. Resulta que Margaret es canadiense, inmigración quiere deportarla y, ante la coyuntura de abandonar su trabajo (sí, sí, han acertado: es lo único que tiene en su vida) no tiene mejor idea que pedir a Andrew en matrimonio. Puro trámite, por supuesto. Serán marido y mujer el tiempo justo hasta que puedan estar “felizmente divorciados”. El por qué acepta él entrar al juego nunca se explica, pero lo siguiente es ir a Alaska, donde la familia de Andrew celebra el noventa cumpleaños de la abuela. Allí Margaret será acogida en la familia Paxton como una más, lo que propiciará una súbita transformación en ella.
¿Funciona como comedia? Lo justo y lo necesario. Tiene un recurso que funciona (la omnipresencia del personaje de Ramone, el pluriempleado que tan pronto es camarero como stripper, dependiente o ministro de ceremonias) y una actriz anciana, veterana de la pequeña pantalla, que está ahí para hacer gracia (y a veces lo consigue: ver cuando arregla para Margaret un vestido de novia… años 20). El resto de la comicidad, en teoría, deberían sostenerlo los protagonistas y aquí es donde se ve la profesionalidad de Bullock en la comedia romántica, haciendo gansadas como bailar en el bosque y torpezas varias (bajar a un muelle, recuperar su móvil de las garras de un águila, echar a un perro del baño) en los momentos justos. Es decir, pura previsibilidad, lo contrario de lo cómico, que si por algo se caracteriza —como los buenos chistes— es por romper la expectativa de algo que ya esperábamos… con algún resultado que se acomode de un modo novedoso a nuestros esquemas previos.
¿Funciona como romance? Menos aún. El desarrollo de toda comedia romántica tiene algunos momentos canónicos, como pueden ser el reconocimiento de la atracción física entre los personajes, la apertura a su mundo interior, la creación de algún tipo de afinidad o vínculo derivado de esa intimidad conocida, la superación de obstáculos y la declaración final de un compromiso. El problema de prácticamente todas las comedias románticas al uso —al menos, de los últimos veinte años— es que dan por supuesto este esquema y, en lugar de que estas fases sucedan naturalmente en la historia, aceleran o ralentizan el proceso según extrañas exigencias o, directamente, lo hacen inverosímil mediante el recurso al deus ex machina (traducción: son otros personajes los que nos explican la progresiva unión que los protagonistas están viviendo, señal inequívoca de que sus actores no han sabido comunicarlo, el guión no ha conseguido expresarlo o, también, que como espectadores nos están tomando por estúpidos).
El caso es que, a poco que se examine, La proposición pasa por los momentos antes señalados, pero en todos ellos de modo deficiente. Para empezar, no se sabe si los protagonistas se gustan o no. Cierto, él le dice a Margaret que le parece muy guapa, pero ella… nunca responde nada parecido. Cierto, se ven desnudos… pero en ningún momento se insinúa nada más. Además, la diferencia de edad entre ambos actores es la suficiente como para que una cierta incomodidad acompañe al espectador durante todo el metraje: ¿realmente este chaval piensa enamorarse de esta mujer?
Por lo que se refiere al mundo interior de los personajes, pues poco y nada. Ella admite rápidamente que es vulnerable y sin familia. Pero lo poco que sabemos de él (que se fue de Alaska renunciando a entrar en el amplio negocio familiar) no nos da ninguna pista de por dónde podría establecerse algún tipo de afinidad con ella. Es más, aquí la película pierde una oportunidad de oro —la única que podría haber dado algo de juego— para jugar con una idea romántica. Cuando Andrew contesta a Margaret que sigue adelante con el plan y que no va a abandonarla (“no lo he hecho en tres años”), hubiera sido el momento perfecto para sugerir que, de facto, ya han experimentado una cierta convivencia conyugal, al menos por parte de Andrew, conocedor de todos los detalles ordinarios de la vida de Margaret. Demasiada sutileza para una tontería como La proposición. En su lugar, lo más que se da a entender es que Andrew —o, más bien, su entorno familiar— es una especie de “príncipe salvador”, escondido y encantador, que no dudará en rescatar a Margaret, en el fondo, una mujer tan individualista como insegura, lo más parecido a un náufrago agarrado a una boya en medio del océano (la imagen del film que, posiblemente, mejor describe a su personaje).
Sin embargo, el principal escollo por el que La proposición no es una buena historia romántica es por la falta de química entre sus protagonistas y la inverosímil evolución de Margaret. Al fin y al cabo, por más que se besen (siempre rodeados de gente, por cierto, otro signo de la falta de conexión íntima entre ambos), lo que no acaba de estar claro es de quién está enamorada Margaret… o de quiénes. Así como, aún y todo, en el caso de Andrew sí se puede llegar a entender (que no a creer) su enamoramiento, por lo que se ve en pantalla no da la impresión de que Margaret finalmente se comprometa tanto con él como… con su familia.
Claro que, entonces… lo mismo le serviría Andrew que cualquier hombre con una familia estructurada, lo que, indudablemente, rompe no sólo con la magia de cualquier comedia romántica sino con cualquier comprensión elemental de lo que es el hecho unitivo por el que un hombre y una mujer se quieren, el cual, no por casualidad, comienza por creer que el otro o la otra son, individualmente considerados, únicos.
Juan Pablo Serra |