CRITICA
A CIEGAS (BLINDNESS)

Director: Fernando Meirelles

Interpretes: Julianne Moore (esposa del doctor), Mark Ruffalo (doctor), Alice Braga (mujer con gafas negras), Danny Glover (hombre del parche), Gael García Bernal (barman/rey), Yusuke Iseya (primer ciego).

Nacionalidad: Canadá-Brasil-Japón

Año: 2008

Duración: 122 min.

Valoración: Adultos

El arranque de esta película es conocido. Un día cualquiera, en una ciudad cualquiera, empieza a extenderse una extraña epidemia por la que la gente se queda ciega… de repente. La película se centra en unos pocos personajes (un matrimonio japonés, un oftalmólogo y su esposa, una prostituta, un niño, un ladrón y un hombre con un parche) que, junto con un grupo más amplio, van a parar a un centro especial de confinamiento donde el gobierno aísla, con extremas medidas represoras, a la mayor cantidad de afectados posible. Una vez ahí empiezan a darse fuertes tensiones entre los ocupantes de cada pabellón: la comida escasea, la higiene brilla por su ausencia, no todo el mundo está dispuesto a ayudar… El momento crítico llegará cuando un grupo de ellos se apropia de los víveres y comienza a exigir distintos pagos a cambio. La mujer del oftalmólogo —único personaje que puede ver— será testigo de todo este espectáculo de degradación humana.

La primera parte de la película no dista mucho de lo que M. Night Shyamalan nos mostraba el año pasado en la muy superior El incidente: una enfermedad que, sin explicación científica ni aparente, va conquistando a los seres humanos y causa un número preocupante de “bajas”. Consciente de ello, Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel) nos ahorra escenas de fallecimientos en cadena y, en cambio, se limita a “trucar” un par de insertos de accidentes aéreos y de transporte con aspecto de reportaje televisivo para que el espectador generalice, a partir de ellos, la catástrofe humana que está aconteciendo, se supone que a escala mundial. Asimismo, visualmente el tramo final de la película no está muy alejado de películas apocalípticas recientes como Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007), 28 días después (Danny Boyle, 2002) o, por qué no, Wall·E (Andrew Stanton, 2008). La imagen ya se la saben: una ciudad abandonada con un clima insalubre, llena de basura por todas partes, a la que llega el colectivo humano para darse al pillaje, el vandalismo y la lucha más desesperada por sobrevivir. Todo ellos rodado por Meirelles con una fotografía blanquecina, de constantes difuminados, movimientos de cámara que parecen “fugarse” del plano elegido y un tono contenido que alberga una gran tensión interior.

El problema está en su conflictivo tramo medio. Ciertamente, la película es  más visual que verbal, menos discursiva que la novela del Nobel portugués José Saramago en la que se basa (Ensayo sobre la ceguera, 1995), pero en todo caso igual de pesimista con respecto a la condición humana. Que el hombre es un lobo para el hombre lo sabemos desde hace tiempo. Que, con un poco de presión, los principios morales resisten poco, lamentablemente tampoco es desconocido. Que, puestos a humillar, el ser humano conoce pocos límites de decencia, es algo que confirman los abusos de regímenes totalitarios, las noticias sobre casos de pedofilia o secuestros forzados, e incluso la pornografía comercial. El problema de A ciegas (Blindness) es que no se entiende bien qué “novedad” quiere aportar ni con motivo de qué quiere decirlo.

Sí duele, en cambio, el nivel de individualismo atroz que la película de algún modo denuncia y que, quizá, sea su clave de interpretación más certera, tan dolorosa como discutible. Es, en efecto, el egoísmo el que “ciega” a las personas, incapaces de empatizar con sus semejantes. El problema es que esto no sólo afecta a los personajes malvados sino que empieza por el oftalmólogo (infiel a la mínima tentación y más pendiente de su trabajo que de prestar atención a su mujer), se contagia a su propia esposa (cuya solidaridad voluntarista se resquebraja a medida que avanza la brutalidad) y termina en el personaje coreano, el único que esgrime argumentos morales (“la dignidad no tiene precio” dirá para defender que su mujer no sea vendida a cambio de alimentos). Argumentos que, en cierta manera, le hacen quedar como egoísta ante el resto por no querer “entregar” a su mujer y, por ello, no ser “solidario” con los que comparten pabellón —y hambre— con él. “Cada uno actúa de acuerdo con la moral que tiene”, se lamenta el oftalmólogo —que ha guardado un espantoso silencio sobre la decisión de su mujer de ofrecerse— como viniendo a decir que es una pena que la moral de alguien le impida “ayudar” al resto.

De hecho, a lo largo de este pasaje en que se plantea el intercambio de mujeres por comida —el director recortó el metraje que describía la violación y vejación de las mujeres, afortunadamente sólo sugerido y desenfocado— lo más hiriente es precisamente esa suerte de igualación de la tenencia de principios con el llamado “egoísmo moral”, la idea de que la integridad personal es una especie de obsesión interesada y narcisista por tener la “conciencia limpia”. Lo primero, se trata de una crítica hipócrita, porque es un individualismo criticando… a otro (presunto) individualismo. Y lo segundo, se trata de una crítica ya refutada. Sin ir más lejos, hace años el filósofo alemán Robert Spaemann ya demostró que ciertas virtudes —como la justicia— incluyen como elemento constitutivo el bien y el interés del otro y son, por ello, esencialmente solidarias y no sólo adornos cosméticos de una persona que presume de su propia talla moral.

El bálsamo tranquilizador del final “rousseauniano” de la cinta (el pequeño grupo reunido en casa del doctor y su esposa compartiendo la mesa) no extirpa del espectador este inquietante mensaje de fondo, ya que, si el ser humano es irremediablemente egoísta (empeñado en dominar al otro o en inhibirse de su porvenir), no se entiende por qué una mejora en su situación material va a cambiar ese sustrato de base

Juan Pablo Serra

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