Después de dirigir dos estupendas películas sobre la batalla de Iwo Jima en 2006 y El intercambio en 2008, Clint Eastwood se vuelve a poner delante y detrás de las cámaras para traernos esta maravillosa película, que para algunos es incluso mejor que su aclamada Million Dollar Baby (2004).
La cinta narra la historia de un veterano de la guerra de Corea de origen polaco llamado Walt Kowalski, que después de la muerte de su mujer vive aislado del resto de su familia y rodeado por vecinos sudamericanos y orientales de la comunidad hmong, procedentes de Corea, Tailandia y Laos fundamentalmente. Su pasado como militar y su carácter rudo y arisco no soporta el hecho de compartir jardín con “extranjeros”, mostrando su más irritante vena racista.
Una noche, una pandilla de mafiosos intenta robarle su más preciado tesoro: un Gran Torino de 1972. Un precioso coche que jamás utiliza, pero que el viejo mima con un desdén inusitado. La relación con sus vecinos se complica aún más, cuando, Kowalski descubre que uno de los protagonistas del intento de robo no es otro que Thao, el chaval que vive en la casa de al lado.
Cuando los vecinos se enteran que su hijo ha estado implicado en el robo, obligan al joven a disculparse de forma directa e inmediata. Para recompensar tal fechoría, obligan al pequeño Thao a trabajar para el excombatiente de forma gratuita. A partir de ese momento, y a pesar de las reticencias de Walt, la relación con sus vecinos cambiará hasta tal punto que empieza a encariñarse con el pequeño y la hermana mayor, al estilo de John Wayne en The Cowboys (1972).
Circunstancias posteriores hacen a Walt un auténtico héroe para sus vecinos y estos no paran de agradecérselo con todo tipo de regalos. Gracias a Thao y a la amabilidad implacable de su familia, finalmente Walt empieza a entender ciertas verdades sobre sus vecinos y sobre él mismo. Esta gente, prófugos provincianos de un pasado cruel, tienen más en común con Walt de lo que él tiene con su propia familia y le desvelan cosas íntimas que había dejado apartadas desde la guerra… como el Gran Torino guardado en las sombras de su garaje. Pero los matones nunca estarán dispuestos a tolerar que un anciano se meta con ellos y preparan su venganza.
Repleta de vida en cada minuto de sus casi dos horas de duración, Gran Torino supone una vuelta al cine de repertorio, al más puro estilo clásico del cine. Por eso, cuando uno ve esta película parece que ya la conoce. Y es verdad. Se podría decir que es una especie de western trasladado a nuestros días. De hecho, si se me permite la licencia, recuerda muchísimo a John Ford y su cine sencillo pero grandioso. El personaje de Walt Kowalski es memorable: reniega con la picardía de Thomas Highway en El sargento de hierro (1986), escupe y amenaza como Josey Wales en El fuera de la ley (1976), defiende a los débiles como ese misterioso desconocido al que llaman Predicador en El jinete pálido (1985), y, al igual que Harry Callahan en Harry el sucio (1971), supera pruebas que habrían hecho trizas a la mayoría de los hombres.
En realidad no es un cine reivindicativo, pero Eastwood filtra mensajes durante toda la película en torno al racismo, la convivencia, la soledad o la muerte. Ideas aderezadas con un humor costumbrista, especialmente en la primera parte de la película. Todo ello nos conduce hacia un final algo previsible pero que resulta. Especialmente desde el plano del tema que falta en nuestra lista: la redención. Liberación que se comienza a esbozar en la peculiar relación que mantiene el protagonista con el Padre Janovich, y que se hará patente a medida que se acerca la conclusión de la trama. Momentos de una tensión creciente que nos recuerdan (otra vez más) a los momentos finales de Solo ante el peligro (1952) y la soledad de Will Kane;o la impaciente espera de Dan Evans en la más reciente El tren de las 3:10 (2007).
Hagamos mención también a la faceta compositora de Eastwood, encargado de poner la música a gran parte del film y su voz al tema final de la película. En último término, junto a una estupenda fotografía, todo convierte Gran Torino en un espectáculo inteligente, conmovedor y muy bien tramado. No deja de asombrar la facilidad con la que Eastwood, un narrador ágil e imaginativo, explora bajo todas sus formas y todos sus matices ese caudal de emociones. Demos las gracias, de nuevo, a Clint por este fantástico regalo.
Francisco Arellano |