CRITICA
SI LA COSA FUNCIONA

Director: Woody Allen

Interpretes: Larry David, Evan Rachel Wood, Henry Cavill, Patricia Clarkson, Michael McKean, Kristen Johnston, Ed Begley Jr., Cassidy Gard, Yolonda Ross, Lyle Kanouse, Steve Antonucci, James Thomas Bligh, Chris Nunez

Nacionalidad: EE.UU.

Año: 2009

Duración: 92 min.

Valoración: Adultos

Boris Yellnikoff es un físico cuántico mayor y muy desilusionado de la vida que sólo piensa en la muerte. Tras intentar suicidarse un par de veces y después de separarse de su mujer, se encuentra casualmente con Melodie, una adolescente vagabunda y superficial a la que acoge temporalmente en su casa. Entre ellos se dará una relación de amor-odio que cambiará sus vidas.
Woody Allen regresa al pasado. Abandona, por un lado, la senda de la idiotez emprendida con su patético film Vicky, Cristina, Barcelona. Pero por otro lado también da la espalda al mejor cine de su última década, con dramas morales de envergadura, como Match Point. Woody Allen se va mucho más allá, a la época de reflexiones existencialistas insatisfechas. Pero lo hace convertido en un viejo escéptico, cínico y cargado de rencor hacia la vida. En Si la cosa funciona, sus preguntas angustiadas de los ochenta se convierten en respuestas pobres, desencantadas y atravesadas del pragmatismo nihilista más ramplón.
El título ya es programático: Whatever works..., “siempre que funcione”. No interesa la verdad, ni el bien, ni el deseo infinito del corazón humano... basta con que “la cosa” de la vida se gestione aceptablemente desde un punto de vista pragmático, basta con que funcione al menos en el presente inmediato. Si la cosa “va”, todo lo demás da igual, todo vale. Por eso los personajes del film abandonan el ámbito de sus creencias religiosas o morales para abandonarse a un carpe diem vaciado de ideales. Así, la fanática religiosa que es Marietta acaba viviendo con dos hombres, en un trío sexual; su marido, un republicano de pro, descubre su homosexualidad radiante y se va a vivir con un gay, y el anciano amargado Boris Yellnikoff, el protagonista, tras contraer matrimonio con una chica de 18 años, se acaba casando con una vidente. Hay que decir que este Boris (Larry David) es indiscutiblemente el alter ego de Woody Allen, como personaje, como filosofía e incluso como referencias biográficas.
Especialmente llamativo en la película es el insistente y agresivo rechazo –novedoso en el cineasta por su tono militante- de las hipótesis de sentido de la vida metafísicas y religiosas. Su propuesta nihilista y hedonista le lleva a criticar con dureza burlona la inicial práctica religiosa de varios de sus personajes. Es como si Woody Allen cerrase el periplo de su carrera vencido por el cansino relativismo reinante, rindiendo únicamente culto a la fugacidad del instante. Un declive de su inicial impulso humano y dramático que tiene gran paralelismo con el que vivió el cineasta sueco Ingmar Bergman: de las grandes preguntas al ansioso consumo del presente y de la nada.
Formalmente el film está logrado, con unos diálogos que evocan al mejor Woody Allen, y unas quiebras de las convenciones narrativas muy eficaces, como cuando los personajes charlan con los espectadores y se extrañan de que aún no hayan abandonado la sala (recordemos La Rosa púrpura de El Cairo); el tono es hilarante y disparatado, y cuenta con intérpretes de renombre como Patricia Clarkson o Evan Rachel Wood, por ejemplo. En fin, Woody Allen vuelve a su mejor estilo narrativo pero pone de manifiesto su fracaso intelectual al renunciar a cualquier pulso con la realidad. ¿Será este un punto de no-retorno en la filmografía del director?

Juan Orellana

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