Ficha
 
  CORAZONES REBELDES   

Director: Stephen Walker

Interpretes: : Miembros del coro Young at heart

Nacionalidad: Reino Unido

Año: 2007

Duración: 109 min.

Valoración: Todos

Una película cuyo título (mal) traducido es Corazones rebeldes, parece más bien una película de amoríos adolescentes en un instituto de algún pueblo perdido de cualquier lugar. Y es todo lo contrario. Young@Heart, como prefiero llamarla (como se llama), comienza en un teatro abarrotado de aplausos con el público en pie. Después, un plano del escenario, suenan unos acordes de una canción conocida, y Eilleen Hall, una abuelita nonagenaria, avanza con su bastón, se acerca al micrófono y entona: “Should I stay or should I go?”. Efectivamente, un coro de ancianos está cantando el tema de The Clash. A mí, ya me han ganado. Todo lo que hagan a partir de aquí ya tendrá mi simpatía asegurada.

           

Se anuncian como “mayores portándose mal” y es un coro que no se parece a ninguno. Young@Heart está integrado por jubilados entre los 75 y los 93 años residentes en Northampton (Massachussets), que han cosechado críticas excelentes en todas las partes del mundo en las que han actuado. Los ancianos rockeros, enérgicos y cantarines (lo que comúnmente podríamos llamar “superabuelos”) a mí, personalmente, no me van. Perdonad mis prejuicios, pero no me pega. Cada cosa tiene su momento. Pero resulta que, nada más empezar, nos dejan claro que no. Que esta gente no es, ni aspira a ser, Keith Richards trasnochados.

           

“¿Sabe que lo que canta es una canción punk?”, le preguntan a una de las cantantes en un momento de la película. “Mmm, yo diría que sí lo es” responde la anciana intérprete. Y es que los integrantes del coro, amantes muchos de ellos de la música clásica, las canciones de Sonic Youth, Outkast, Jimi Hendrix y Radiohead que figuran en su repertorio, más que melodía, les parece ruido. Lógico. Pero el rock tiene algo que los cautiva.

Este conmovedor documental sigue a los miembros del coro mientras están preparando un nuevo espectáculo con el que darán una gira por Europa. A lo largo del mismo va aflorando un íntimo retrato de un excepcional grupo de personas cuyos cuerpos pueden haberse desgastado pero que sencillamente se niegan a que su espíritu envejezca. Porque la película no sólo trata de un grupo único de cantantes, sino de un asunto que siempre ha preocupado al ser humano: la vejez. En los labios de todas esas personas mayores, las letras de conocidas canciones adquieren una nueva intensidad. Sus interpretaciones rompen algunos de los mayores tabúes en torno a la senectud: el amor, el sexo, la pérdida de la juventud y la soledad, la enfermedad y, sobre todo, la muerte.

Pero, como dice uno de ellos a sus noventa y pico años: estoy en este coro porque me gusta abrirme nuevos horizontes. Desde esa frase, uno saca el pañuelo (bueno, ya lo tenía sacado, esta congestión nasal me está matando…) y no lo guarda en toda la película. A lo que asistimos es a un milagro. Primero, periodístico: ¿cómo es posible haber reunido un material tan excepcional? ¿Fue suerte? ¿Grabó el autor la historia del coro Young at heart durante años? Todo está tan hilado y tan prodigiosamente manipulado (en el buen sentido de la palabra), todas las piezas encajan tan bien que uno se pregunta si, en vez de un documental está viendo ficción.

Como en El viejo y el mar, o como en aquel hermoso poema Acerca del vivir del turco Nazim Hikmet, estos seres humanos han decidido plantarle cara a la muerte del único modo en el que se puede vencerla: actuando como si ella no existiera, como si la parca no fuera a venir nunca a la cita, luchando hasta el final, abriendo el periódico para ver las noticias cuando uno se sabe condenado, cantando incluso cuando falta el oxígeno.

Young@heart no es sólo una película divertida sobre unos viejecitos que cantan temas punk (aunque la simple imagen de los abuelos bailando sea memorable por sí misma), sino que es una auténtica reflexión sobre la vejez y las ganas de vivir, y la capacidad de emocionar y emocionarse a través de la música. Y eso es algo que aprovecha muy bien Stephen Walker, el director de este documental, y sabe sacarle partido de manera magistral no sólo a las actuaciones musicales y a los ensayos, sino a las personalidades de los protagonistas y a sus vidas dentro y al margen del coro. Cenamos con ellos, nos vamos al hospital con ellos cuando están enfermos, vemos como se debaten entre la vida y la muerte... y nos vamos encandilando según va avanzando la película. Al final, las carcajadas iniciales han dejado paso a las sonrisas (e incluso a alguna lágrima). Emociones, estas últimas, mucho más duraderas.

Francisco Arellano

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