Año 709. Kainan, un guerrero humanoide de otra galaxia se estrella en la Tierra en la época de los Vikingos trayendo consigo una bestia alienígena: el Moorwen. Esta criatura salvaje hará los imposible por vengar la muerte de su raza a manos del ejército del guerrero. Aislado en este nuevo planeta, en el que la gente vive a miles de años de la desarrollada civilización que ha dejado atrás, Kainan decide buscar y derrotar a su mortal enemigo con la ayuda de sus nuevos amigos vikingos.
Seamos francos: de tan extravagante y surrealista, la premisa de "Outlander" no puede sino tildarse de interesante, en especial para el público adolescente o eminentemente freak a quien va dirigida la cinta de Howard McCain (conocido por aquí gracias a la televisiva El coleccionista de muñecas, 1998). Y es que quizá sólo ellos, los frikis, sean capaces de encontrarle algo mínimamente resaltable a este compendio de despropósitos que entra de lleno en la lucha por el honorífico puesto a peor estreno del año.
Protagonizada por Jim Caviezel (o JC, como le gustaba que le llamaran cuando interpretó a Jesucristo en La Pasión de Cristo, 2004), la película no es más que una mezcla en el que se introducen descaradamente elementos de El guerrero número 13 (1999), Druidas (2001), Eragon (2006), El Reino del fuego (2002), Dragonheart (1996), Pitch Black (2000), El Rey Arturo (2004), Alien (1979), Parque Jurásico (1993), El planeta de los simios (1968), Beowulf (2007) o Depredador (1987) por sólo citar algunas (a las que cabe añadir vagas y seguramente involuntarias reminiscencias a Máximo Riesgo (1993) o El Fugitivo (1993), salvando las distancias, claro está).
Por tanto, con que el lector haya visto al menos dos de la lista de películas recién citada, puede ahorrar tranquilamente su dinero y su tiempo; amén de que cualquiera de esa lista es mejor que la que nos ocupa (inexplicablemente, y teniendo en cuenta la cantidad de películas que se proyectan en estas fechas, se le ha dado una oportunidad en la gran pantalla española).
Cabe reconocer que cuando uno mira los carteles de la antesala del cine y ve el póster de este tipo de producciones de corte aventuresco, fantasioso y/o vikingo, muy difícilmente puede albergar grandes expectativas, por lo que acaba por exigirle un solo requisito: que le entretenga. Consiguiendo dicha tarea, los creadores de la cinta en cuestión tendrán mucho ganado, y (relativamente) poco importarán carencias de ideas, actuaciones brillantes por su ausencia, guiones imposibles, o efectos especiales de pedorreta.
Sin embargo, y pese a las muchas cosas que pasan a lo largo de las excesivas dos horas de su metraje, Outlander nunca acaba de resultar atractiva. Entre otras cosas por culpa de un guión terriblemente previsible (obra del propio director junto a un tal Dirk Blackman que ojo, es el encargado de escribir las próximas Underworld 3 y el nuevo Conan), falto de enjundia y tan excitante como la programación televisiva de un periódico. El que el espectador no se vea obligado a mantenerse atento a la pantalla para entender la totalidad del argumento supone una herida mortal para el film, pues significa que puede fijarse en el resto de sus “virtudes”. Quedan así todas sus vergüenzas al aire y potenciadas sobremanera, y es entonces cuando del mero pasotismo y/o letargo se pasa a la irritación.
Como viene siendo habitual en esta clase de películas, el reparto cuenta con un actor joven, guapo y musculado como reclamo, al que se le suma la aparición de uno más bien vetusto fichado para equilibrar la balanza. Además del joven (!), guapo (!!) y musculoso (!!!) JC, y en vista de que Jeremy Irons debía de estar ocupado, el veterano elegido para la ocasión resulta ser el prolífico John Hurt, al que vimos hace muy poco en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008). A ellos dos les acompaña en forma de cameo el abonado Ron Perlman (Hellboy, 2004), además de un par de desconocidos rostros que seguramente no saltarán al estrellato tras Outlander. Huelga decir que en el mejor de los casos, sus labores pasan inadvertidas en el desaguisado que monta el señor McCain.
Evidentemente, sumamos a la quema a éste último, no sólo por su inefable guión, sino por brindar una dirección torpe y confusa, en la que rara vez entendemos lo que pasa cuando de peleas o persecuciones (básicamente, de efectos especiales) se trata.
Aunque este es seguramente un recurso para ocultar las limitaciones técnicas de la cinta, dignas de un telefilm de domingos por la tarde, razón por la que seguramente en su propio país de origen hayan optado por lanzarla directamente en DVD.
Todo ello confluye en un mar de absurdidad cuya única virtud parece ser que ni el propio film se toma en serio a sí mismo, como atesoran las desenfadas escenas de casquería y gore más bien gratuitas, o aquella especie de homenaje a las zamburguesas del mítico programa Humor amarillo (lo entenderá el que se atreva a verla cuando escuche la palabra “escudo” por primera vez), tan absolutamente ridículo como para despertar alguna sonrisa.
Sin embargo, la teoría de la falta de la seriedad se viene abajo cuando a través de un burdo flash-back, se pretende adoctrinar al espectador con una crítica de tres al cuarto a la sociedad en general y al ejército (norteamericano) en particular. Lo único que logra es poner aún más en evidencia tanto a sus guionistas como a sus diseñadores de efectos especiales, además de forzar que nos aliemos con el Moorwen (como suele ocurrir en estos casos), un pobre bicho cuyo noble propósito es vengarse del exterminio de su raza exterminando a los humanos. En fin...
Por cierto, a todo ello cabe sumarle un enfrentamiento final en el interior de una gruta con un mar de lava (que sin embargo se convierte misteriosamente en una alta montaña de la que cae una cascada), contenedora de la escena más ovacionable del film. Si van a verla (allá ustedes), atención a la grieta de una pared teóricamente infranqueable, cuyo único modo de atravesarla es... rodeando sus apenas cuatro metros de largo. Ah, y por favor, no dejen de fijarse en el monstruo en esa misma escena... aparte de poco original (el Moorwen es clavado a los xenomas de Alone in the dark, 2005) los efectos especiales recuerdan a King Kong, ¡pero en su versión de 1933!
En resumidas cuentas Outlander es una fantástica opción para las cuatro de la tarde, cuando con el frío del demonio que hace estos días, a la salida del trabajo no hay nada mejor que pegarse una siesta en el interior de un cine cómodo y calentito.
Francisco Arellano |