Haneke y su teoría de la culpa
La ciudad de Cannes se convirtió recientemente en escaparate de cine y en altavoz para que directores y actores/actrices hablaran de sus películas... y también de la vida y del hombre, de la religión y del fin del mundo, de la sociedad y de los políticos... De todo se podía hablar en virtud de la libertad de expresión, y de un derecho que se han arrogado tanto para denunciar lo que se cree injusto como para crear opinión: porque el sentido mesiánico que algunos se atribuyen resulta, en ocasiones, excesivo en su empeño por despertar conciencias e implantar ideologías, ahora convertidas en nueva religión de la posmodernidad. Así se han manifestado directores consagrados como el triunfador Michael Haneke, el inclasificable Lars von Trier o el aprendiz de brujo Alejandro Amenábar, por poner solo tres ejemplos. Comencemos por valorar algunos de los comentarios del primero –no su película, aún no vista en nuestro país–, y dejemos los otros dos para más adelante.
El cineasta alemán-austriaco declaró en rueda de prensa que su película "El lazo blanco" versaba "sobre cómo todo ideal se pervierte (...), sobre las raíces del mal y sobre la perversión de la naturaleza humana. Mi propósito era mostrar cómo aquellos que erigen los principios de manera absoluta se convierten en verdaderos monstruos (...) Nuestra cultura está marcada por el judaísmo y el cristianismo, y eso hace que llevemos en las entrañas el sentimiento de culpabilidad". Puede ser adecuada esa voluntad de perturbar al espectador desde la cotidianeidad... para hacerle reflexionar y obligarle a cuestionarse unas excesivas seguridades morales, pero quizá Haneke debiera matizar sus apreciaciones al hablar... porque parece más bien que el sentido de culpa está inmerso en la misma entraña del ser humano, porque la conciencia que recrimina o inquieta al individuo no es otra cosa que la fiebre del alma –de la psiqué diría un psiquiatra como él– que permite detectar algo que no va e indicar que una infección está destruyendo al hombre.
Por otra parte, una mirada alrededor permite ver que ese sentimiento de culpa existe en prácticamente todas las religiones e ideologías..., en todas las épocas y culturas –basta pararse en la oriental en general, y en la japonesa en particular–, y también habría que considerar que un cristianismo bien asimilado debería llevar al perdón, a la humildad y a otras actitudes bien distantes de la violencia y la intolerancia, por lo que quizá la clave no esté entonces en la religión en sí misma sino el individuo concreto que la encarna. Aunque es cierto que no han faltado rigorismos y abusos en la historia, no parece bueno "culpar" a ninguna creencia o cultura concreta, o afirmar dogmáticamente eso de que "todo ideal se pervierte": pienso que el ideal no se pervierte, sino que es el hombre quien en ocasiones lo desvirtúa hasta hacerlo irreconocible y que, en cambio, tener ideales y un sentido moral de la vida nos permite ser más humanos y condescendientes con los errores propios (no habría esa losa de la culpa) y ajenos (con lo que se abre una puerta al perdón).
Si el judaísmo entraña un mayor sentimiento de culpa, quizá sea por las circunstancias históricas de una cultura en permanente colisión con otros pueblos, y por su carácter riguroso o rígido en el cumplimiento de una ley que les aglutinó. Si el cristianismo contempla la realidad del pecado y el peso en la conciencia, puede serlo por la orientación moral que da a cualquier acto humano, siempre buscando el enriquecimiento de una persona que mira y busca a Dios. Pero también habría que tener en cuenta que cualquier vaciado de trascendencia, cualquier simplificación superficial y reduccionismo a normas que cumplir... no serán más que una deformación de la verdadera cara del hombre y la religión. Por eso, quizá a Haneke se le podría pedir que tratara de matizar sus palabras y que mostrase el auténtico rostro del hombre, no siempre abocado a la violencia y a los aspectos más degradantes, con lo que su cine sería además un poco menos pesimista.
Amenábar y su plan de ruta laicista
En el artículo anterior, nos acercábamos a uno de los nuevos sabios del celuloide, Michael Haneke, que hablaba de un sentimiento de culpa generado por la tradición judeo-cristiana, a la que incluso llegaba a atribuir en parte el surgimiento del nazismo. Me llama la atención la corriente de opinión que se ha puesto en marcha para asociar –y casi meter en el mismo saco– al cristianismo y los totalitarismos, con supuestos “silencios” de la jerarquía, militancias de católicos en sus filas y otras curiosas mezclas explosivas e inverosímiles. En el caso del director austriaco se intuye cierta perspectiva y honestidad intelectual, aunque sea parcial e incompleta en sus conclusiones. No sucede lo mismo con nuestro compatriota Alejandro Amenábar, último exponente de la cantera en dar el gran salto al estrellato internacional, y extremadamente habilidoso al tocar asuntos nada banales con indudable oportunidad. Entre el blockbuster y el cine de autor, hay quien ya habla de él como de un cineasta pretencioso y demasiado ambicioso, aunque nadie duda que se trata de un director que sabe lo que quiere –tanto comercial como ideológicamente– y de gran talento artístico.
Como decimos, el director de “Ágora” no da puntada sin hilo, y avanza firme hacia la taquilla a la vez que se muestra decidido a invertir todo el orden moral de nuestra cultura, a arremeter contra todo lo que huela a cristiano y tradicional. De probada sensibilidad y capacidad para generar emociones y trabajar la banda sonora, su cine ha abordado la violencia y el sadismo (“Tesis”), la identidad personal y el suicidio (“Abre los ojos”), la muerte y el más allá (“Los otros”) y también la eutanasia (“Mar adentro”). Ahora ha querido romper una lanza por la tolerancia y contra el fanatismo, y ha creído que podía matar dos pájaros de un tiro apuntando hacia el cristianismo del siglo IV, para culparle de intolerante y violento, de responsable en la caída de Alejandría –símbolo de la cultura–, de haber aprovechado el poder adquirido y de creerse dueños de la verdad hasta imponérsela al resto.
Según quienes ya han podido verla, "Ágora" asume el envoltorio de los peplum con un cuidado diseño de producción y se sirve de la música para conducir eficazmente los sentimientos, pero no logra encajar bien esas emociones con la fría clase de astronomía que propone. De esta manera, el director buscaría de nuevo revestir un discurso ideológico y pseudocientífico con una apariencia de espectáculo y emotividad, y así mostrar una imagen de la religión como de secta fanática que promovería el extremismo y la violencia entre sus fieles. En esa línea, ha declarado que al rodar “Los otros” se reafirmó en su agnosticismo y que con la nueva película había asumido finalmente que es ateo... apreciación personal de escaso interés para el cine y el espectador. Lo que realmente valoramos –aparte de la calidad cinematográfica, que ahora no consideramos– es si existe rigor en su acercamiento a aquella época, si sus personajes son verdaderos, profundos y sinceros... Al parecer, los historiadores señalan que no había la oposición pretendida entre la protagonista –la filósofa Hipatia– y el pensamiento cristiano, que la situación de ese momento era bastante más compleja y variopinta, que su muerte fue un desmán injustificable de unos cuantos cristianos violentos... pero que también había muchos otros pacíficos y amigos de Hipatia, que entre las partes en conflicto había fundamentalmente motivos y rivalidades políticas.
Escuchando a unos y otros, es fácil darse cuenta de que no se está hablando de cuestiones baladí. Y también invita para pararse y pensar en el modo en que Amenábar construye sus personajes: siempre he tenido la impresión de que se trata de marionetas que se mueven según ideas preconcebidas del titiritero-director, en las que parece vislumbrarse una necesidad de defender un modo de vida que rompa con el pasado, para erigirse en punta de lanza de una mentalidad laicista. Amenábar parece dispuesto a poner el armario (la sociedad) patas arriba, a abordar situaciones complejas simplificando al máximo y dando a sus personajes una salida sentimental y alejada de cualquier norma de conciencia o convicción firme, a dejar solo al individuo con su libertad y a suspender cualquier principio de autoridad (moral), a volver a enfrentar infantilmente ciencia y religión –su apoyatura es el televisivo Carl Sagan, lejos del mínimo rigor exigido– como si aún creyera ciegamente en el progreso material. Planteamientos trasnochados y un desconocimiento del hombre que resultan preocupantes, que solo pueden conducir a la construcción de unos personajes de laboratorio ideológico, a veces enrabietados y empeñados en pegarse con fantasmas inexistentes y consigo mismos... porque les duele la soledad, porque les da miedo la muerte, porque viven enfadados con el más allá.
Da la impresión de que por eso en cada una de sus entrevistas ha insistido en el carácter metafórico de su película, en la que ciencia y la libertad estarían del lado de Alejandría (y de Europa), mientras que violencia y fanatismo correrían a cargo del cristianismo (y de Estados Unidos). Al final, parece que hay quienes están empeñados en alimentar planteamientos maniqueos y en sembrar discordia a la vez que exigen una tolerancia que ellos mismos no practican, quienes pretenden presentar una y otra vez a la religión como enemiga de la ciencia (si no, que se lo pregunten a Ron Howard, a sus ángeles y a sus demonios de pacotilla), quienes identifican tener convicciones con posturas fanáticas y con toda una retahíla de tópicos sin fundamento ya muy desgastados en su falsedad. Estamos seguros de que, desde Alejandría, Hipatia nos traería aire fresco de libertad que permitiría discrepar de lo "políticamente correcto" sin miedo de sentirse arrinconados ni violentados, y que nuestro oráculo nacional podría así abandonar la batalla de acoso y derribo para centrarse en la tarea artística y de profundización en la riqueza del hombre.
Lars von Trier y sus dramáticas visiones
Completamos la trilogía sobre los oráculos de Cannes con las declaraciones del mayor de los visionarios del cine actual, Lars von Trier, autoproclamado en esos días como "el mejor cineasta del mundo", humildad aparte. El danés presentó "Anticristo" y volvió a buscar desconcierto, provocación y escándalo entre el público... para no dejar a nadie indiferente e incrementar el grupo de admiradores y críticos a partes iguales. Todos sabemos de su espíritu juguetón y de su inteligencia para llamar la atención y promocionarse, de su capacidad para innovar y experimentar con la puesta en escena, de sus extravagancias artísticas e historias hiperdramáticas, y también de las dificultades para trabajar con él por su particular carácter. Igualmente son conocidas sus demoras e incertidumbres en los rodajes, su visceralidad y extremismo al tratar los temas, su irracionalidad y pasión desenfrenada para hablar del amor o su animadversión hacia lo americano. Ahora, después del "efecto Dogma", del impactante musical "Bailar en la oscuridad", de las metáforas brechtianas "Dogville" y "Manderlay", o de la pretenciosa comedia "El jefe de todo esto", nos ha llegado su enésima provocación.
Es una nueva tragedia sobre la vida, sobre la culpa de una madre por la muerte de su pequeño hijo, con escenas de un sexo duro que se pretende reparador y purificador, con horror y amargura en cada uno de los planos (se ha calificado como película de terror). Como en ocasiones anteriores, Lars von Trier rechaza cualquier explicación a los abundantes símbolos presentes y habla de ella como de una confesión de su propia depresión de hace un par de años: "No tengo que dar explicaciones a nadie, ni justificarme. Trabajo para mí mismo. No hago lo que hago para usted ni para la audiencia (...) He levantado la cortina para enseñar mis miedos. Fue una experiencia nueva para mí. No tenía ganas de hacer nada, todo me parecía sin importancia, trivial". ¡Palabras de Lars von Trier!... o lo que es lo mismo, invitación a dudar de quien se ha puesto a la altura de Tarkovski y por encima de Bergman, de quien posee el ingenio para inventar cada vez una nueva manera de erigirse en centro de atención.
El danés es un tipo curioso, listo, astuto... y también ensimismado, engolado, artificioso... falso, en definitiva. Nada de lo que declara en sus ruedas de prensa hay que tomárselo muy en serio (nos lo dijo él mismo en "El jefe de todo esto"), pero siempre esconde una segunda intención entre la ironía y el sarcasmo, entre la crítica y la autocomplacencia. Tampoco conviene sumergirse demasiado en su universo extremo y en sus imágenes de increíble fuerza visual, porque su idea del mundo y de la vida es producto de una sombría y calenturienta imaginación, de unos temores patológicos donde la sempiterna culpa lo llena todo, de una radicalidad que asusta e inquieta: su cine encarna el caos, los enigmas y misterios de una mente que camina por otros circuitos, que vive en permanente estado de agitación y necesitado de purgación.
Sin embargo, en medio de lo imprevisible y de la extravagancia, de la contundencia y de la crudeza, se esconde una mirada inconformista y algunos valores interesantes: su voluntad de trascender y mantener despierta una conciencia que fácilmente se adocena, su capacidad para plasmar ideas universales de manera plástica y con imágenes imborrables, su apuesta por el amor –y a su reverso, el perdón– como única vía de escape a la injusticia y al materialismo, su facilidad para jugar con los medios y el público y... reírse de todos e incluso de sí mismo. Sin duda, el carácter visionario del personaje le convierten en objeto de filmación para una película en la que sería protagonista absoluto y donde nos haría partícipes de sus experiencias morales (que no tardará en llegar): habrá que andar con ojo y protegerse bien de sus dramáticas visiones.
Julio Rodríguez Chico
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