Siguiendo un orden alfabético de los títulos en español, la primera sería El curioso caso de Benjamin Button, de Alexandre Desplat. Autor de bandas sonoras tan dispares como La joven de la perla (2003), The Queen (2006) o La brújula dorada (2007), en este caso nos deleita con una música intimista y unas cadencias melódicas suaves y agradables. Esta dimensión encaja perfectamente con la inocencia del protagonista, de forma un poco similar a Forrest Gump (1994), aunque sin llegar nunca a alcanzar el punto melodramático de Alan Silvestri. Pero el reto de esta composición es, sin duda, el concepto del paso tiempo. Un aspecto fundamental en la película que Desplat resuelve con unos ritmos variados pero sin aristas, sin grandes sobresaltos. La música pasa inexorable como pasa el tiempo pasa para Benjamin Button, de modo que tendremos que detenernos en los detalles de color musical, la relación entre los instrumentos y sus construcciones (podemos destacar especialmente algunos pasajes con combinaciones de arpa y piano y, por supuesto, la magnífica Postcards). Una composición estructuralmente e instrumentalmente impecable, pero con un resultado musical que puede resultar para muchos algo fría y distante.
Con Mi nombre es Harvey Milk, Danny Elfman vuelve a trabajar junto a Gus Van Sant, algo que no ocurría desde la década de los 90, cuando gestaron películas como Todo por un sueño (1995), El indomable Will Hunting (1997) y el remake de Psicosis (1998). Todos conocemos muchísimos trabajos de este prolífico compositor, pero en esta película su música dramática adquiere una nueva dimensión que no conocíamos en su repertorio. Entrelazando piezas clásicas y algo de rock de los 70, toda su música gira en torno a una idea, un “tema propósito” como él mismo lo llama, que se desarrolla junto a la carrera de Harvey Milk hasta su punto culminante en Give ‘Em Hope. Por otro lado, no hay en la música de esta cinta nada especialmente novedoso (característica distintiva de Danny Elfman). Está saturada, de principio a fin, de las tendencias rítmicas e instrumentales más características del músico. Desde el pizzicato (picado) de la cuerda a los sonidos del bajo eléctrico, pasando por las notas inocentes de un coro de niños, todo nos recuerda a sus anteriores trabajos. Sin ir más lejos, la pieza Anita’s Theme, parece una copia exacta de algunos pasajes de Eduardo Manostijeras (1990). Quizá lo más interesante aquí sea el intento de Elfman de insertar su música entre nuevos géneros musicales sin perder su propio y singular estilo (algo que ya intentó con menos éxito en S.O.P: Standard Operating Procedure).
La tercera en discordia es Resistencia, compuesta por James Newton Howard. Músico de sobra conocido por trabajos para el cine como El príncipe de las mareas (1991), El fugitivo (1993) o las más recientes El bosque (2004) o Michael Clayton (2007). Por todas ellas (y alguna más) es ya un invitado habitual en la ceremonia de los Oscar (tiene 6 nominaciones). Como no podía ser de otra manera, el gran protagonista de esta banda sonora es el violín. Instrumento ligado a la cultura hebrea durante siglos, desarrolla algunas melodías judías tradicionales, música klezmer (de los judíos askenazíes de Europa Oriental) y orquestaciones más clásicas, con un número muy limitado de músicos, principalmente de cuerda (incluido un címbalo). Y al frente de la interpretación, nada más y nada menos que Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del momento (si no el mejor). Imprescindible para todos escuchar su última grabación de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Dicho esto, es inevitable la comparación con La lista de Schindler (1993), John Williams e Itzhak Perlman. Sinceramente, creo que ésta es aún mejor que la que nos ocupa, pero Howard alcanza con Resistencia más registros diferentes que Williams. Destacable el esquema musical repetido en forma de ostinato de violín en la preciosa y triste Nothing is Imposible. Pocas veces una sola nota sostenida en el aire significó tanto emocionalmente. Mi preferida de las cinco, y la que sería mi apuesta al Oscar, si no fuera por la que nos ocupa a continuación: Slumdog Millionaire.
Allah Rakha Rahman, compositor, productor e intérprete indio, ha escrito la música de más de 130 películas (fundamentalmente de Bollywood, donde es una estrella) y ha superado hasta el momento la barrera astronómica de cien millones de discos vendidos (estimaciones en el mercado negro le adjudican más de 200 millones de copias de sus trabajos). El primer acercamiento a Hollywood lo hizo el pasado año, cuando trabajó codo con codo con Craig Armstrong para dar forma a la música de Elizabeth: La edad de oro, y ahora ha sido el elegido por el británico Danny Boyle para poner música a la sorpresa del año: Slumdog Millionaire. Rahman acapara tres de las diez candidaturas a los premios de la película, y cuenta con dos canciones entre las tres finalistas a mejor canción: la gran favorita, que es la alegórica Jai Ho que cierra el film (este tema funciona mucho mejor tras haber visto la película), y la magnífica O... Saya, coescrita por él y por la cantante Mathangi Arulpragasam (M.I.A.), que abre el film y sienta las bases de toda la banda sonora. Su ritmo frenético, su mezcla de géneros (desde música tradicional hindú y su fusión de tonos típicos de Bollywood hasta hip-hop) y la introducción frecuente de sonidos que aparecen en la cinta, hacen de esta recopilación de canciones algo único para nuestros oídos. Por ejemplo, en la Mausam & Escape, el corte favorito del compositor, se enfrentan un sitar tradicional con uno contemporáneo para construir una fusión más que interesante. Es extraño que una partitura como esta tenga que ser comparada con los mecanismos estructurales y expectativas de un público occidental, por lo que no existe ninguna base común sobre la que juzgar el peso del trabajo Rahman para esta película en contra de sus rivales americanas y europeas. Siguiendo la tradición de correctísima política de los Oscar, la Academia la hará ganadora.
La quinta es Wall-e, Batallón de limpieza, cuya música es de Thomas Newman. Novena y décima nominaciones al Oscar (a mejor banda sonora se añade mejor canción por Down to Earth, interpretada por Peter Gabriel) de Thomas Newman. Como los cuatro anteriores, nunca ha ganado ninguno, y creo que va a tener que ser en otra ocasión. El creador de la música de American Beauty (1999), Camino a la perdición (2002) o Buscando a Nemo (2003), repite en cine de animación, aunque esta vez (la primera), en el género de la ciencia-ficción. Pero si esperas encontrar aquí una composición al estilo de las de su hermano David en este género, te llevarás una desilusión. Y creo que Thomas acierta. Wall-e no admite una música de estilo clásico de ficción, sino algo acorde a unos personajes rodeados de situaciones bastante cómicas (aunque el trasfondo sea bastante dramático). La melodía deja paso, entonces, a una sucesión de breves motivos en los que se mezclan instrumentos de la orquesta tradicional con efectos de sonido sintético de carácter eléctrico o metálico (Mutiny!) que acompaña los movimientos de los robots en pantalla. Hay muchas partes entretenidas en la banda sonora, pero sin arriesgar, sin encontrar una identidad propia, sin incorporar sentimiento al sonido de “lata”. Prueba de ello es que, al salir de la sala de cine, uno se acuerda más de la canción que Wall-e escucha a Michael Crawford en su VHS (Hello!, Dolly, 1969) que de alguna nota de Newman. Sintiéndolo mucho, será cero de dos.
Francisco Arellano |