29 noviembre, 2012

¿En qué nos parecemos al Gobernador de Los Muertos Vivientes?

¿En qué nos parecemos al Gobernador de Los Muertos Vivientes?

Ha llegado el zombi descafeinado, humanizado, buen amigo, inofensivo o incluso divertido. El muerto viviente sigue el camino ya andado por los vampiros bonachones de Crepúsculo o por los adolescentes guapitos y enamoradizos de la teleserie Crónicas Vampíricas, que ya va por la cuarta temporada.

La liquidación de la frontera entre el hombre y el zombi la hemos visto en alguna de las últimas entregas del creador del sub-género cinematográfico, George A. Romero, como es La tierra de los muertos vivientes, y en algunas Zomcom (zombie comedies) como Fido o Zombie Honeymoon. Ahora, la deriva del zombi hacia la asimilación con el hombre blandito y pusilánime la vemos en un filme estadounidense que se anuncia para el año que viene: Warm Bodies (cuerpos cálidos, según una traducción literal que seguramente no será), con romance zombi incluido. Y el mismo fenómeno, que todavía no había llegado al mundo de la televisión, ya ha llegado. En la mini-serie de la BBC que aparecerá en 2013, titulada como una canción de Pink Floyd, In the flesh, los zombis son simplemente muertos que vuelven a la vida y le complican la vida a los vivos, que no saben ya qué hacer con ellos, porque no dejan de ser buena gente. Zombis inofensivos a los que hay que hospedar.

Por todo es to, a uno se le despierta la añoranza de un mundo anterior, el de la propia adolescencia y juventud, en que la muerte era una cita ineludible pero aciaga, y los zombis, en consonancia, eran bichejos repugnantes que los supervivientes combatían para permanecer vivos.

Por todo esto, cuando he catado los primeros capítulos de esta tercera temporada de The Walking Dead, me he sentido como volviendo a casa, rodeado de criaturas con las que uno siente cierta familiaridad.

Por todo esto, me gustaría hoy hacer aquí un breve apunte acerca de algo que se me ha venido a la cabeza viendo esta serie en la que pervive la idea de que los zombis son malos y uno les puede aplastar el cerebro sin sentir demasiados remordimientos.

En el capítulo 3 de esta tercera temporada, titulado “Camina Conmigo”, aparece el personaje del Gobernador. En el cómic tiene una estética bastante más cyberpunk que permite identificarlo rápidamente como al malvado. En la teleserie le han dado un aire de padre de familia burguesa guapetón que lo convierte en inquietante. Sobre todo a medida que exhibe su doblez, a medida que se va mostrando en movimiento y entramos en su casa y especulamos sobre sus sótanos personales, capítulo tras capítulo.

Lo que me llama la atención de este personaje no es su maldad, que la tiene, sino su dificultad para distinguir entre los vivos y los muertos. Tras su fachada de benefactor de Holmville (Holmwood en el cómic), piensa en los muertos como si estuviesen vivos y en los vivos como si estuviesen muertos. Su casa es un lugar donde la muerte y la vida conviven sin separación alguna. Perdió a su mujer y guarda a su hija convertida en zombi en una habitación que permanece cerrada con llave. A menudo le cepilla el pelo a la cría mientras se quedan pedazos de cuero cabelludo entre las cerdas y ella intenta morderle. Además, a modo de decoración, tiene unas peceras de formol repletas de cabezas decapitadas de muertos. Ante ellas se toma un whisky cuando vuelve de su duro trabajo por la comunidad. Un clásico.

El Gobernador es claramente un muerto viviente. Entre los muertos está como en casa. Al haber caído en su mente el dique cultural que separa lo vivo de lo muerto, ha perdido la esperanza. Es por eso que para él ya nada importa, y practica una indiferencia ante todos y ante todo que disfraza de bonhomía y altruísmo. Lo único por lo que parece velar es por la preservación de su poder, para lo cual tiene que trabajar por el bienestar de sus conciudadanos.

El Gobernador ha perdido la esperanza porque en su conciencia la vida ha sido inundada por ese Sandy que es la muerte. Aquello de que el amor es más fuerte que la muerte, en él vira y se convierte en amor a la muerte. Y aquí es donde uno se empieza a preocupar. Porque, al fin y al cabo, esa debilidad que empieza a tener nuestro supermercado posmoderno por los zombis buenísimos es un evidente indicador de que empezamos a convivir fácilmente con los muertos y a confundirlos con los vivos. Lo cual indica, en nuestra cultura, un idilio con la pelada y con ello un abandono de nuestro deseo más humano: el de protagonizar una victoria de la vida sobre la señora de la guadaña. El problema está en que, en nuestra era post-metafísica, ya no sabemos cómo articular esta larga contienda que es la vida, que acaba en la agonía, que, como saben los griegos, es la última batalla, la batalla con la muerte. Herederos del 68, no sabemos más que repetir la canción de los The Doors: “This is the end. My only friend, the end.”

 Jorge Martínez Lucena

 

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