23 noviembre, 2012

El inicio de Newsroom: Sorkin/McAvoy dixit

El inicio de Newsroom: Sorkin/McAvoy dixit

Una de las teleseries más esperadas era The Newsroom (2012-): lo último del gran Aaron Sorkin, guionista de la ya clásica El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006). No defrauda las expectativas puestas en ella. Igual que el presidente Jed Bartler, interpretado por Martin Sheen, consiguió mejorar la imagen de la política, parece que el presentador televisivo Will McAvoy, interpretado por Jeff Daniels, va a hacer subir unos cuantos enteros a una profesión como la periodística, actualmente en horas bajas, no sólo por las crisis cultural sino también económica y tecnológica que devora el sector, donde el paro y la precariedad laboral aumenta a pasos agigantados. Me atrevo a decir que, muy probablemente, algunos de los adolescentes que vean esta serie se identificarán con los personajes, y, como sucedió con Periodistas (1998-2002), la teleserie española, hará que se incrementen las matrículas de Periodismo en la universidad. Si tengo algo claro es que el contestatario republicano Will McAvoy, su productora MacHenzie McHale y el resto de su equipo, son un innegable atractivo para el espectador de hoy. Luchan por un ideal y al hacerlo lo encarnan y no son perfectos: como nosotros. Por eso tienen ese atractivo.

La primera temporada, que es la que hemos podido ver hasta el momento, porque la segunda no existe todavía, parte del malestar de Will McAvoy debido al descontento con su propia vida, con su trabajo y con su país. Lo expresa perfectamente, desde la afilada pluma de Sorkin, en un discurso improvisado en la Facultad de Periodismo de Northwestern.

Le han invitado a un debate con otros dos periodistas. Al principio, él se limita a ser políticamente correcto y a esquivar cuestiones personales utilizando el cinismo como armadura, como lleva años haciendo en su trabajo. Parece que solo esté preocupado por hacerse amable a las audiencias. Sin embargo, tras la insistencia pertinaz del profesor que modera el debate, se ve obligado a contestar a la pregunta de una chica de segundo que quiere saber por qué América es el mejor país del mundo. Pese a la resistencia inicial a contestar desde el corazón, improvisa el siguiente discurso que transcribo en gran parte, a pesar de ser éste un spoiler (dicho queda):

“No es el mejor país del mundo, profesor, ésa es mi respuesta. (…) Hay 207 estados soberanos en el mundo  180 tienen libertad. En cuanto a ti, pijilla [refiriéndose a la chica que ha preguntado] si por casualidad entras en una cabina a votar hay muchas cosas que deberías saber, y una de ellas es que no hay una sola prueba que apoye la afirmación de que somos el mejor país del mundo. Somos el séptimo en alfabetización, el vigésimo segundo en ciencia, el cuadragésimo noveno en esperanza de vida, el ciento setenta y ocho en mortalidad infantil, el tercero en ingresos por hogar, el cuarto en mano de obra y el cuarto en exportaciones. Somos líderes mundiales sólo en tres categorías: número de encarcelados per cápita, número de adultos que creen que los ángeles existen y en gastos de defensa, ya que gastamos más que los veintiséis siguientes juntos, veinticinco de los cuales son aliados. Y de esto no tiene la culpa una estudiante universitaria de veinte años, aunque pertenece, sin duda alguna, a la peor generación que haya existido jamás. Así que cuando me preguntas por qué somos el mejor país del mundo, no sé de qué coño me hablas (…)

(Silencio)

Claro que lo éramos, defendíamos lo que era justo, luchábamos por razones morales, establecíamos leyes y las derogábamos por razones morales, librábamos guerras contra la pobreza y no contra los pobres, nos sacrificábamos, nos preocupábamos de nuestro prójimo, poníamos dinero en lugar de hablar y nunca nos jactábamos de ello, construíamos grandes cosas, realizábamos avances tecnológicos increíbles, explorábamos el universo, curábamos enfermedades y cultivábamos los mejores artistas del mundo, y también teníamos la mejor economía. Nos dirigíamos a las estrellas. Actuábamos como hombres, aspirábamos a la inteligencia, no la despreciábamos, no nos hacía sentirnos inferiores, no nos identificábamos por a quién habíamos votado en las últimas elecciones y no teníamos miedo.

Éramos capaces de hacer todas esas cosas porque estábamos informados por grandes hombres, hombres reverenciados. El primer paso para resolver un problema es reconocer que existe. Así que América ya no es el mejor país del mundo.”

A partir de ese momento se desencadena la serie. Capítulo tras capítulo, entre tramas amorosas, Will McAvoy inicia una andadura quijotesca junto a su escudera/Dulcinea, MacHenzie McHale, interpretada por la magnífica Emily Mortimer. Por esa reivindicación del cuarto poder y por la conversión de su plató televisivo en una especie de juzgado de los políticos (especialmente del Tea Party, al que ellos llaman “los talibanes americanos”), el mismo sistema informativo y económico intentará sacarlos de en medio, probando así su verdadero grado de entrega al ideal.

Tras la travesía y no sin discrepancias con respecto a ciertas convicciones de McAvoy/Sorkin, uno se saca el sombrero ante hombres que se ponen en marcha y abandonan la cinta transportadora. A uno se le despereza la humanidad ante alguien tan declaradamente despierto que es capaz de poner en juego todo lo que es y tiene por algo lo suficientemente interesante. Algo que, sin duda, le pasará a más de uno viendo esta serie.

Jorge Martínez Lucena

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