18 diciembre, 2012

Series TV: Revolution nos regresa a los ochenta

Series TV: Revolution nos regresa a los ochenta

Revolution (2012) es  otra distopía. El recitado al inicio de cada uno de sus episodios nos pone en antecedentes, como cuando veíamos El equipo A (1983-87). Dice:

“Vivíamos en un mundo eléctrico. Todo dependía de la electricidad. Y de repente se fue. Dejó de funcionar. Y no estábamos preparados. El miedo y la confusión dieron paso al pánico. Los más afortunados escaparon de las ciudades. Cayeron los gobiernos. Las milicias tomaron el poder controlando los alimentos y acaparando todas las armas. Seguimos sin saber las causas del apagón, pero esperamos que aparezca alguien y nos muestre el camino”

Se paladea ya en estas palabras algo naif y ochentero, que descubrimos también en otros elementos de esta producción.

Se ve en la superabundancia de bellezas femeninas demasiado evidentes y poco matizadas en el grupo protagonista. Tracy Spiridakos en el papel de Charlie Matheson. Elisabeth Michell en el papel de Rachel Matheson. Daniella Alonso en el papel de Nora Clayton. Anne Lise Phillips en el papel de Maggie Foster. Todas desconocidas, aunque indudablemente luminosas en su atractivo físico. Algo que no basta para interpretar papeles en teleseries, sobre todo desde que quedaron atrás Los Ángeles de Charlie (1976-1981) y se impuso un listón a las producciones televisivas parangonable al de Hollywood. La misma crítica en cuanto a la competencia de los actores vale para los varones, de un registro interpretativo bastante limitado en la mayoría de los casos, haciendo excepción de Giancarlo Esposito, al que no se conoce por su nombre, sino por su personaje de malísimo en Breaking Bad (2008-) como Gus Fring, el mafioso amo de la cadena Los Pollos Hermanos. Su presencia, por convincente, canta de lo lindo en el reparto.

Se aprecia también el mencionado y extraño efecto estético en detalles tan sencillos como el vestuario. No sé por qué me recuerda a teleseries tipo V (1984-85). Supongo que porque de nuevo es típicamente ochentera y por ello se me hace poco verosímil. Porque los personajes recuerdan sus e-pads y sus trabajos en google, pero se visten como si se codeasen con Michael Knight.

Se olfatea también en el maniqueísmo de sus personajes y en la aparente robotización de los personajes cuando se intenta difuminar su claridad en el bien o en el mal. Un ejemplo: Miles Matheson, pese a tener un pasado más que turbio, en ningún momento es visto por el espectador como un personaje de frontera, como un anti-héroe, sino que fulge como un héroe constantemente, llegando a comportarse en determinados momentos como un osito de peluche con su sobrina o como un adolescente celoso con respecto a Norah Clayton. De modo que cuesta entender  o creer determinadas situaciones, como que los milicianos le teman tanto, o como su ambivalencia de sentimientos con respecto al malo Monroe, antiguo amigo suyo.

Otro rasgo peculiar en cuanto al guión que también recuerda a otros tiempos es la repetición del mismo recurso del chantaje como modo del malo de conseguir lo que quiere. Como cuando MacGyver (1985-1992) se quedaba encerrado con su vida bajo amenaza pero conseguía fabricar un artilugio que desafiaba al destino, capítulo tras capítulo. Se trata de estratagemas repetitivas propias de aquellas teleseries con capítulos auto-conclusivos más típicas de aquellos tiempos, aunque tenemos recientes ejemplos de ellas, como House (2004-2012). Todo esto llama la atención, porque en principio Revolution sería más estilo Dickens que estilo Conan Doyle (o sea, que sus capítulos no son auto-conclusivos). Por eso, es como si la teleserie se hubiese actualizado en cuanto a la telenovelización dickensiana, tan propia de la posmodernidad, pero se hubiese hecho con mucho cuidado para no complicar demasiado la trama, como no confiando en la exigencia barroca del espectador posmoderno.

Podría seguir subrayando esta extraña sensación de dejà vu que uno tiene cuando ve los diez episodios de esta teleserie, pero, en vez de eso y para acabar, intentaré decir por qué merece la pena ver esta primera temporada: porque no cae en el cinismo ni en el escepticismo con respecto a la posibilidad de construir un mundo mejor. Y eso es algo que de por sí merece la pena, pese a todas las insuficiencias señaladas. Tal apertura al ideal la apreciamos, por ejemplo, en uno de esos múltiples chantajes comentados. Cuando Monroe intenta obligar a Rachel Matheson a fabricar un amplificador de señal para el colgante mágico con el fin de poseer la electricidad y aumentar su poder armamentístico, amenazándola con matar a sus hijos si no lo hace, Charlie Matheson, su hija mayor, le dice algo así como que “hay cosas más importantes que la familia”. Algo que sería sacrílego oír en teleseries de factura mucho mejor como The Walking Dead (2010-) o Breaking Bad.

Aunque habrá quien no tenga la paciencia de llegar a esa frase en el último capítulo, ánimo, no está tan mal como parece. 

Jorge Martínez Lucena

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