22 octubre, 2013

II Congreso Signis España

II Congreso Signis España

El II Congreso de SIGNIS ESPAÑA sobre La mirada de la fe en el cine contemporáneo ha concluido en su sede central, la Universidad Eclesiástica San Dámaso, aunque en otras sedes se va a desarrollar en los próximos días.

El resultado nos lleva a una humilde conclusión: vamos por el buen camino. Quiero proponer una reflexión. Por tema y lugar, este congreso ha tenido una importante presencia de eclesiásticos: dos cardenales, otros dos obispos, y seis sacerdotes ponentes. En ninguno de ellos el planteamiento de aproximación al cine ha sido moralista, ni pesimista, ni maximalista. Esto puede parecer algo lógico y natural. Pero no lo es. Para mí, que he tenido la oportunidad de estudiar la relación de la Iglesia en España con el séptimo arte al menos desde nuestra Guerra Civil, lo vivido estos días es enormemente revelador: se ha operado en muy pocos años un cambio profundo en la mirada de la Iglesia al cine. Y este cambio se ha obrado en la época en la que la cultura se ha vuelto más radicalmente laicista. ¿Es una paradoja? Más bien se evidencia un cambio de método, que supo ver con antelación profética D. José María García Escudero hace ya cuarenta años.

“Es en lo más hondo del cine contemporáneo donde podremos hacer el empalme entre sus preguntas y nuestras respuestas. Allí donde se agazapan los grandes interrogantes de los que el hombre querría huir, pero a los que está unido como la uña a la carne; allí donde Dios se pueda revelar, no como el que está “fuera” y “lejos”, sino como el que está “dentro”, en lo más íntimo de cada uno.[…]  Incluso a veces el erotismo y la violencia son la manifestación desviada de unas aspiraciones nobles en su raíz. […] En vez de lamentarnos, entendamos. Pero ¿procedemos así, profundizando, o nos contentamos con aplicar a las películas que vemos una moral -que tantas veces es moralina-, no para entenderlas, sino para clasificarlas elementalmente, como clasificamos a los hombres por lo que parecen? Habríamos podido ser los reveladores de la profundidad de lo humano, que es cabalmente lo religioso; los hombres del sí, los portadores de la vida. ¡Qué pena constatar que en casi todos los documentos de la Iglesia sobre el cine -habría que exceptuar los dos mensajes de Pío XII sobre el film ideal- se habla mucho de moral, pero poco de vida. ¡Qué pena pensar cuántas veces hemos sido los hombres del no, los hombres del código, los guardianes de unos preceptos que sólo podían hacer de nosotros, cuando nos reducíamos a ellos, los hombres de otro tiempo, los incomprensibles, los incomprendidos! Por eso también, los aislados”.

En este Congreso ha quedado de manifiesto que ya se ha dado ese paso que anhelaba García Escudero. Ahora es necesario profundizar en él. Jesús de la Llave dejó claro en el Congreso que el criterio para juzgar películas en los jurados Signis de los festivales ya no es moralista en sentido reductivo sino “antropológico”. El director y productor Juan Manuel Cotelo ilustró con ejemplos en su intervención lo mucho que puede cambiar a una persona una determinada película. O mejor dicho, una película puede ser el detonante o catalizador de un cambio radical que, naturalmente, es inducido por Otro. Porque una película, una escena, un plano, puede ser la ventana por la que se cuele la verdad del hombre. Gracia Querejeta expresó claramente que ella quiere transmitir en sus películas las cosas que son importantes para ella como ser humano. Y cuando eso ocurre se explica el terremoto humano que José Luis Almarza describió cuando expuso lo que ciertas películas recientes provocaban en él. En ese sentido Rafael Pérez Pallarés es en el que afirmaba: “A mí más que el cine me interesa la gente”. Las personas que hay detrás de las películas y las que hay delante. Ello le ha llevado a iniciar relaciones de amistad verdaderas con directoras como Ana Rodríguez Rosell, actrices como Verónica Forqué o actores como El Brujo.

Junto a este nivel de reflexión en el Congreso, en cierto modo “pastoral”, ha habido otro más “ontológico”, sobre la naturaleza del lenguaje cinematográfico y su profunda conexión con los lenguajes de la comunicación de la fe. En esa línea intervinieron el Cardenal Ravasi y Alfonso García Nuño. Ha habido otras muchas contribuciones particulares, por ejemplo, en las comunicaciones, que han ilustrado la potencia del cine para iluminar o al menos poner sobre la mesa aspectos que atañen a las grandes cuestiones de la existencia. Arturo Encinas reflexionó sobre el tratamiento de la fe en el cine de superhéroes, Julio Rodríguez Chico profundizó en la religiosidad del cine de Ermanno Olmi, y Belén Ester hizo lo propio en el cine de Capra, Eva Latonda disertó sobre el modelo de mujer creyente en el cine, y Carlos Aguilera planteó cómo puede ser el ámbito laboral un espacio para la recuperación del “yo”, y lo hizo centrándose en las películas Jobs y Gravity. Por su parte Nicolás Aguilaniedo presentó la película Rebellio. Tres Monjes Rebeldes, realizado por un grupo de universitarios.

Concluyo refiriéndome a un hecho que relató el Cardenal Ravasi. Comentó que en un encuentro con artistas en el Vaticano, estaban todos charlando a las puertas de la Capilla Sixtina. Fueron entrando y sentándose. Sin que nadie dijera nada, se fueron callando paulatinamente hasta quedar en profundo silencio ante la imponente obra del Juicio Final de Miguel Ángel. El buen cine tiene este poder de hacer silencio en el interior de cada uno de nosotros para que podamos sentir el latido del Misterio que atraviesa toda nuestra realidad. La Iglesia no puede ser otra cosa que aliada de este silencio.    

 

 

 

 

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