8 febrero, 2013

Series TV – Breaking Bad, el despertar del sueño americano

Series TV – Breaking Bad, el despertar del sueño americano

Walter White no es Walt Whitman, a pesar de que algunos policías los puedan llegar a confundir por compartir con el poeta las siglas WW. Walter es más bien de ciencias, es doctor en Química y es el protagonista de una de las mejores series de esta época dorada de la ficción televisiva. Sin duda, con los años, ocupará un lugar en el panteón del recuerdo junto a The Wire, El ala oeste de la Casa Blanca, Los Soprano, Mad Men o 24. Un elenco que quizás habría que completar con alguna de las que siguen vivas y prometen, como The Walking Dead, Newsroom o Homeland.

Pero dejémonos de listas y vayamos al tema. Breaking Bad es perfecta para los tiempos que corren. Nos instala en la frontera, en la ambigüedad, en ese territorio donde las leyes se emborronan con los vientos del desierto. Walter White es un profesor de instituto fracasado. En el pasado vendió sus acciones de la empresa que había creado con dos amigos, y lo hizo justo antes de que ésta aumentase exponencialmente su valor. Hubiese podido ser millonario, pero ahora completa su sueldo lavando coches y a veces se encuentra alumnos que le dan propinas burlándose de él. Pero debe seguir aguantando el chaparrón, porque su hijo adolescente tiene una mínima parálisis cerebral, su mujer está embarazada y la hipoteca de su casa se debe pagar mes tras mes. En ese marco tan hogareño, además, cae una bomba atómica: le diagnostican un cáncer de pulmón y su seguro no cubre el tratamiento (el viejo estilo americano: show me the money).

Es por todo esto que decide, junto a Jesse, un antiguo alumno adicto a las meta-anfetaminas, utilizar sus conocimientos de química para empezar a producir y comercializar esta droga, y conseguir de este modo el dinero que necesita para salvar todo aquello que le parece precioso: su vida y el bienestar y seguridad de su familia. De este modo, Walt da rienda suelta a su imaginación e interpreta el sueño americano, convirtiéndose en un producto del sistema, en un criminal despiadado capaz del asesinato más sangriento y creativo. Y pese a todo, a estadounidense no le gana ni el capitán América. Haciendo esta crítica me viene a la memoria aquella frase del primer episodio de The Wire, en que se argumenta la libertad de robar con la siguiente frase: “This is America, man”.

Desde este punto de inicio la serie se desencadena, y escena tras escena uno aprende a convivir con lo inesperado. El guionista, Vince Gilligan, es un maestro que ha explotado profesionalmente con esta ficción de la que prepara ya su sexta temporada. Sólo hay que ver el primer capítulo de la primera temporada para entenderlo. A partir de ahí, uno se queda irremisiblemente enganchado, como si fuese un yonqui de la meta azul que cocina nuestro protagonista.

Pero volvamos a ese pozo sin fondo que es Walt. Hemos dicho que es un antihéroe, y el antihéroe es un personaje borderline, a caballo entre dos mundos distintos que en otro tiempo parecían opuestos, pero que él vive como si fuesen uno sólo. Walt deambula por esa cuerda tendida que es la aporía, como un titiritero improbable que imantase la mirada del público aterrorizado, interesado, inoculado de morbo. El espectador es sostenido en su mirada por una pregunta inconsciente: ¿qué sucedería si él se atreviese a hacer lo que nunca se atreverá a hacer? El posmoderno sobrevive conviviendo con sus imaginerías. Es lo que le permite sobrenadar en su anomia estructural.

El antihéroe es un rebelde/víctima. Alguien que está atrapado e incluso condenado por el sistema (Walt, pese a su formación y capacitación, ha sido arrumbado por su propia sociedad, por la tierra de las oportunidades y del self-made man). Y que, a la vez, se niega a plegarse al fatum, al destino fatal, y lucha y se rebela, encontrando el modo de prolongar la agonía (toda la serie consiste en ver cómo Walt consigue prorrogar el final de su vida, el palpitar de su libertad y la supervivencia de su familia).

Walt defiende el modelo americano del modelo americano. Es una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde que cada vez tema menos su lado oscuro, simbolizado por un sombrero negro ridículo, por sus gafas de sol y su apodo: Heisenberg. Y ese otro yo va poblando su vida, va minándola en sus relaciones, en su matrimonio, haciéndolo pasar por un infierno que le convierte cada vez más en alguien indolente, en una especie de neurótico de la precisión, el ingenio, el éxito y de la familia. Se convierte, poco a poco, en un espécimen muy americano y muy anti-sistema, un unabomber con audiencia, alguien que falsa y verifica al unísono el statu quo, de una sola tacada. Es un pionero moral que muestra en la carne la perfecta convivencia entre el capitalismo salvaje y el nihilismo más absoluto, entre el padre de familia responsable y el asesino psicópata que no muestra ni un ápice de remordimiento a la hora de hacer lo que “es debido”.

Walt es la encarnación bifronte del economicismo que nos tiene sumidos en la crisis moral y cultural en la que sobrenadamos. Por su genialidad es la evidencia imposible de una humanidad mancillada por las relaciones de poder. Por su abyección es el último estertor de lo humano provocado por su auto-inclusión en la medida férrea del dinero y de la ciencia. Por eso uno ve Breaking Bad (que quiere decir algo así como yendo a peor) y se da cuenta de que el hombre actual no es lo que el sistema dice que es, pero tampoco tiene demasiada idea de qué es.

Walter White coge el camino de huida, pero, si se piensa, ese camino es el que inadvertidamente le han señalado sus mismos carceleros. La cosa es: ¿hay alternativas? 

Jorge Martínez Lucena

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