9 julio, 2013

Series TV – Broadchurch, una aldea como la vida misma

Series TV – Broadchurch, una aldea como la vida misma

Broadchurch, una aldea como la vida misma

Broadchurch (2013-). Otra teleserie británica fascinante, como Utopía (2013-) y Luther (2010-). Otra incursión en el frecuentado mundo de los juicios (o pre-juicios) paralelos, como Black Mirror 2.2 (2011-) o Rectify (2013-). Otra perla de noir ambientada en un paisaje transido de belleza melancólica en el que todo lo que sucede toma unas dimensiones casi metafísicas, como Wallander (2008-) o Top of the lake (2013-). Otra investigación sobre un crimen contra la inocencia, contra un niño de once años, cuyo cuerpo aparece estrangulado a la orilla del mar, bajo un omnipresente y simbólico acantilado en el que se manifiesta lo abrupto del margen entre la vida y la muerte, entre el ser y el no-ser, frontera tendida en el abismo sobre el que caminan los personajes de este drama, como lo hacían todos en la primera temporada de The Killing (2011-).

Una teleserie policíaca de libro. Puro Cluedo. Todos los personajes albergan un misterio o más en su pasado, algo que les hace susceptibles de haber asesinado al chaval. Los guionistas han armado la trama como quien prepara un campo de minas anti-persona que, en vez de amputar miembros, hace que el espectador sea una y otra vez presa de su propia mentalidad mediática, incubada al calor de los realities y del peor de los amarillismos. Rocio Wanninkhof, las niñas de Alcásser, el caso Bretón, muestran, a lo largo del metraje, la huella que han sabido dejar en nuestras almas cansadas de televidentes ávidos de morbo. El argumento y sus giros nos llevan por los oscuros parajes del linchamiento mediático y sus extraños parecidos con los ancestrales autos de fe, nos acompañan por un vía crucis posmoderno en el que vemos el sacrificio y crucifixión de la justicia en aras de la incansable e inconsciente búsqueda de un chivo expiatorio a quien culpar de nuestro malestar. Una pequeña población al sur de Inglaterra se parece mucho más de lo que podíamos imaginar a la aldea global que profetizó McLuhan y que hoy se palpa allende miramos gracias a la tecnología.

Pero como en el buen género policíaco, no sólo se pone en solfa a los personajes, no sólo se sospecha de todos y cada uno de ellos. Las instituciones también son puestas en cuarentena. El supuesto pueblo de Broadchurch descubre, a través de ese sumo acto de violencia que es siempre el asesinato de un niño, que toda estructura humana es también susceptible de mal. La familia, sometida a las tensiones de la infidelidad del marido, de la adolescencia de la hija. La amistad de los chicos, un lugar mucho más pútrido de lo que los adultos puedan llegar a imaginar. La Iglesia, sobre la que pesan inconscientes sospechas que los espectadores secundan sin demasiada ayuda por parte del guión. El periodismo, siempre bordeando y vulnerando el límite de lo éticamente publicable. La policía, impotente y urgida públicamente a una perfección que no es capaz de alcanzar, cosa que les hace caer y recaer en el error.

Tras toda la enfermiza sofisticación de los crímenes que vemos en teleseries como Hannibal (2013-) o The fall (2013-), resulta muy consolador volver al clasicismo del género, donde los asesinos son capturados, aunque sea tras gran cantidad de sufrimientos individuales y colectivos, donde los personajes no se salen tanto de la gráfica con respecto a la cotidianeidad del espectador, nada habituado a trajinar en su día a día con asesinos en serie y psicópatas decadentes. Broadchurch sucede en la vida de la gente normal, entre mujeres maltratadas, matrimonios que deben decidir cómo criar a sus hijos, hombres que huyen de un pasado que siempre les persigue, personajes que ocultan su fragilidad porque saben que ésta les puede apartar de lo que más aman y da sentido a sus vidas, familias que atraviesan dramas y que resisten en el envite de la circunstancia y crecen a través de ella, aunque sea de modo improbable, buenas personas que intentan colaborar con el resto y que tantas veces son malinterpretadas o que hieren sin querer. Humano, demasiado humano, diría Nietzsche. Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno, diría Terencio.

Por todo esto vale la pena sumergirse en los ocho episodios de esta primera temporada, sabiendo que uno no va a entrar en un mundo artificial, sino en una historia humana en la que uno se va a dedicar a disfrutar atando cabos. Pese a no ser precedida por tanto bombo como otras, merece la pena el esfuerzo de buscarla.

Jorge Martínez Lucena

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