4 junio, 2013

Series TV – Hannibal: un plato visualmente suculento

Series TV – Hannibal: un plato visualmente suculento

Cuando vemos que hay una teleserie que se llama Hannibal, todos pensamos en Anthony Hopkins y en El silencio de los corderos (1991). Y, al hacerlo, acertamos, porque se trata de Hannibal Lecter, el psicópata caníbal, que, con el empuje posmoderno de los antihéroes, se convierte ahora en el protagonista de un thriller que oscila entre lo suntuosamente inquietante y lo inexplicablemente atractivo.

El actor escogido para interpretarlo es Mads Mikkelsen, que, desde mi punto de vista, borda el papel de un asesino inexpresivo, inteligente, diletante, hiperestésico, melómano, repeinado, perfectamente arreglado, con trajes y corbatas de estética post-romántica, gran gourmet y delicado cocinero de la más detallista “nouvelle cuisine”. Sin embargo, esta vez Hannibal Lecter no es un prófugo de la justicia, sino que es un excirujano que ahora es psiquiatra colaborador del FBI. Les ayuda, nada más y nada menos, que con la investigación de crímenes de asesinatos en serie, de algunos de los cuales él mismo es el responsable.

Como Dexter (2006-2013), Hannibal es un personaje borderline: un psicópata que, en cierto sentido, se le presenta al espectador entre claroscuros, como si en su ser hubiese algo positivo para la sociedad: la condición de sistema judicial suplente o alternativo, en el caso de Dexter; la condición de colaborador del FBI en su caza de asesinos en serie, su exquisitez y su intento de descubrir, incapaz como es para la empatía, qué significa ser amigo de alguien, en el caso de Hannibal.

La primera temporada consta de 13 capítulos de unos 45 minutos cada uno. La producción es estupenda. Nos cuenta la historia de un departamento del FBI dirigido por Jack Crawford (Lawrence Fishburne), que se encarga de perseguir a “serial killers” y que, con la intención de ganar en efectividad le pide su colaboración a Will Graham (Hugh Dancy), un especialista en escenas del crimen con una capacidad empática tan desmesurada que es capaz de identificarse con el asesino contemplando lo que él llama su diseño, y así hacer un preciso retrato robot de él y de sus intenciones y motivaciones.

El problema está en que el trastorno mental de Graham, su hipertrófica empatía, va a empezar a causarle efectos secundarios. No se puede jugar a identificarse con mentes despiadadas y pretender salir indemne de eso. Y ahí entra en juego el Dr. Lechter, una psiquiatra que tiene la función de apuntalar la trastabillante salud mental de Graham, al que Crawford necesita como agua de mayo. De este modo, un psicópata como Lechter tiene acceso a toda la información que necesita para ir saliendo indemne de todas sus fechorías.

Se trata de una teleserie con muchas pinceladas conocidas. Nos suena a Dexter, como hemos dicho. Pero también nos suena a En Terapia (2008-2011), porque la consulta de Lecter se convierte en uno de los focos dramáticos de la serie y porque el mismo Lecter tiene su psicoterapeuta, la Dra. Dr. Bedelia Du Maurier (Gillian Anderson, la mítica agente Scully). O a The Killing (2011-), en esa idea del policía enfermo y de su compañero con ciertas oscuridades, que en el caso presente se hacen abisales. O incluso a Breaking Bad (2008-), por ese otro yo anormal del protagonista que el espectador espera con tensión que aparezca también a los ojos de los personajes de la serie.

Pese a que hay que reconocer que la serie te atrapa fácilmente tanto por su dinámica de resolución de casos y crímenes como por sus tramas dramáticas de mayor alcance, siento una reticencia fundamental ante ella. Me explico poniendo un ejemplo. Los episodios de la teleserie tienen nombres de sofistacadas comidas en francés. Todo ello hace alusión a los sucesivos platos que se sirven en la mesa del Dr. Lecter. Algo que visualmente a uno le puede recordar a aquella película de Peter Greenaway, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989), en que se acaba sirviendo en una gran bandeja de plata el cadáver del amante convertido en una especie de mega-cochinillo al horno. Y lo hace recordar porque, a menudo que avanza la teleserie uno va sospechando que lo que degustan los inconscientes comensales en casa del Dr. Lecter, entre halagos al cocinero y conversaciones sobre los casos, no son otra cosa que vísceras humanas cocinadas con esmero de acuerdo con detallistas recetas. Con esos platos visualmente fabulosos, se le presentan reiteradamente al espectador, como algo fantástico, tanto el previo acto de la caza como el posterior acto de la ingesta, aunque sea inconscientemente.

Con todo esto lo que quiero preguntarme aquí en público es si habría o no que poner algún límite, aunque sea estético, a esta tendencia galopante que vemos en los imaginarios sociales televisivos y cinematográficos a epatar por la vía del exceso. Algo que por acumulación o repetición puede llevar a una cierta normalización o incluso legitimación de determinadas conductas que hasta hoy siguen tipificadas como graves trastornos de personalidad en el DSM-IV y que, en el caso concreto de la psicopatía tiene unas implicaciones sociales difíciles de obviar.

Dicho esto, queda advertido el público del plato que se le va a servir: de una factura impecable, pero, al final, quizás uno debería enterarse del origen de la carne y la sangre que se está comiendo. Porque las modalidades ya no son solo las de ternera o de caballo…

Jorge Martínez Lucena

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