31 mayo, 2013

Series TV – Vikings: una de sagas, guerreros y navegantes temerarios

Series TV – Vikings: una de sagas, guerreros y navegantes temerarios

Tras el éxito de la mini-serie Hatfield & McCoys (2012-), en la que Kevin Costner ha brillado de nuevo, el canal Historia ha optado por seguir con su apuesta por las teleseries históricas. Esta vez se ha salido del western y ha viajado al siglo octavo, de la mano de un personaje a caballo entre la historia y la leyenda, el vikingo Ragnar Lothbrok. Así, tenemos ya nueve capítulos de Vikings (2013-)que sin duda darán para trascender esta primera temporada.

El resultado histórico no me siento capaz de juzgarlo, aunque parece que los productores se han preocupado por contratar a historiadores para asesorar a los guionistas. En cuanto al resultado dramático me parece sumamente atractivo. Como espectador te sume en una historia de traiciones, de clanes, de lucha por el poder, de problemas familiares, de batallas y conquistas, etc., que no te permite pestañear y te lleva en volandas hasta el siguiente episodio.

En cierto modo, recuerda a Juego de Tronos (2011-) aunque no se recrea tanto en el gore y en la cama, sino que usa más de la elipsis. Es verdad que la historia que se nos cuenta no es ciencia ficción, no es una mera leyenda. Sin embargo, los intríngulis entre condes, reyes y duques que vemos en Vikings, la pasión por la conquista que encarna el protagonista, las continuas intrigas palaciegas en torno a la riqueza, la lujuria y el poder, así como el componente mágico-religioso, a uno le hacen pensar a menudo en el gran éxito de la HBO del que estamos viendo ya la cuarta temporada.

Vikings, como he dicho, nos cuenta la historia de Ragnar Lothbrok (Travis Fimmel), un granjero escandinavo harto ya de las razias veraniegas en los países bálticos, en las que el pillaje continuo de los vikingos hace que los botines sean cada vez menos generosos. Ragnar cree que existe un nuevo mundo en el Oeste y quiere aventurarse a pesar de los temores legendarios según los cuáles hacia el oeste no hay más que vacío y los navegantes están condenados  a extraviarse al perder de vista la costa. Sin embargo, el Earl Haraldson (Gabriel Byrne), jefe de la tribu, no quiere lanzar expediciones hacia lo desconocido, porque no quiere perder barcos ni dinero, y por ello se lo prohíbe.

De esa situación surge el acto de desobediencia del cual nace la leyenda de Ragnar Lothbrok. De extranjis consigue que su amigo Loki le fabrique un barco y recluta a una tripulación para lanzarse a la mar, en busca de Inglaterra. Lo hacen y llegan al monasterio de Lindisfarne, el cual saquean, matando a algunos de los monjes y convirtiendo al resto en esclavos. Y es cuando llegan de vuelta a casa, con las cruces, candelabros, cálices, copas y demás objetos de  oro y plata robados en el reino de Northumbria, que Ragnar Lothbrok se convertirá en un héroe para muchos y en una amenaza para los poderosos.

Especialmente interesante me parece el retrato de la sociedad vikinga de la época. Su cultura, muy enraizada en su politeísmo religioso, con dioses como Odin, Thor, Balder, Frey, Freya, y Loki, es intrínsecamente guerrera y amiga de la muerte. Según parece, era un pueblo que no temía a la muerte, sino a la muerte deshonrosa. Todos se creían predestinados, por eso no cabía preocuparse. Lo único que había que hacer era secundar los hábitos vikingos y morir con la espada o el hacha en la mano, lo cual era sinónimo de ir al Valhalla, con los dioses.

En este sentido, resulta escalofriante la escena sacrificial en el templo de Uppsala, al que la tribu de Lothbrok va en peregrinación cada nueve años para contentar a los dioses. Allí, tras rituales báquicos en que se consumen setas alucinógenas y se practica indiscriminadamente el sexo con diversas parejas en escenas que nos recuerdan a una comuna hippie de los años sesenta, asistimos a un ritual en que vemos cómo nueve hombres se presentan voluntarios para ser degollados con el fin de conseguir el favor de los dioses para sus respectivos pueblos. Tras ello son colgados como ganado para sangrarlos completamente. Una orgía/casquería que permite catar la apabullante interpenetración que existe entre vida y muerte en tan ancestral religión.

En cuanto al retrato del cristianismo que se hace en la teleserie no se puede decir que el creador de la teleserie, Michael Hirst, especialista en el género histórico con teleseries como Los Tudor (2007-2010) o Camelot (2011-), sea demasiado benevolente al respecto. Se puede ver, eso sí, que el sistema sacrificial se ha invertido y que en ese sentido se trata de una religión mucho más humana que la vikinga, pues es Dios el que se sacrifica en el altar, en lugar de hacerlo el creyente. Sin embargo, los representantes del credo católico quedan más bien descartados como testigos de la fe. Por un lado, tenemos al Rey Aelle de Northumbria, ciego de avaricia y poder, al obispo de su corte, un cobarde y formalista redomado, y a Athelstan, el monje convertido en criado, que sin ser un personaje ridículo, tampoco brilla por virtud alguna en especial.

Con una interpretación más que correcta, una puesta en escena muy Braveheart, aunque con actores más cultivados en el gimnasio, y un guión de altísimo nivel, Vikings se nos propone como una buena opción para el entretenimiento, y a la vez uno se entera de cómo era antaño la cultura de los norteños.

Jorge Martínez Lucena

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