18 junio, 2019

Justo antes de Cristo

Justo antes de Cristo

Movistar+ se ha lanzado con la producción de un desafío creativo en toda regla: una comedia disparatada de romanos a la española. Aunque es fácil establecer analogías con el estilo de los Monty Phyton, en su Vida de Bryan (1979), realmente esta serie carece del descaro y de la irreverencia de su precedente inglés. Han pasado ya exactamente cuarenta años y polemizar parece estar demodé, incluso hacerlo a costa de la Iglesia. Las grandes “conquistas” verbales y culturales que atesoraba la película británica, están hoy más que normalizadas. Por eso, tal y como se ve en la primera temporada, ahora en emisión, de Justo antes de Cristo, Pepón Montero y Juan Maidagán se han concentrado en jugar con el humor haciendo una traslación simpática, aunque ineficaz, de “los estreses modernos”, en el contexto exigente y lleno de tópicos de la cultura romana.

En la dirección de la primera temporada de esta serie, encontramos el sello de uno de los mejores guionistas de comedia en la actualidad: Borja Cobeaga, pareja artística de Diego San José, con quien escribiría los 8 apellidos vascos (2014) y los 8 apellidos catalanes (2015), haciendo mofa de los topicazos y de los regionalismos, levantando menos polémicas y convirtiéndose en dos blockbusters memorables. Quizá porque esta vez Cobeaga ha cambiado de rol, al co-dirigir la serie, y no escribirla, la premisa de la serie (muy divertida, por cierto) se va desinflando conforme se desarrollan los episodios y el interés por desmontar la vida cotidiana de todo aire épico es sólo una potencia frustrada. A ello ha contribuido sin duda que la narración va tomando tintes melodramáticos y abandonando el humor, progresivamente; de modo que, en el mejor de los casos, acaba reducido a algunos gags cómicos muy señalados en algunas tramas. Esos gags bien conducidos recuerdan en cierto modo al humor de José Mota, tanto en el sentido del absurdo que los domina como en el modo en que están rodados: se juega con el malentendido, la astracanada y con personajes esperpénticos revestidos de un toque cañí.

Aún con todo, esta serie se deja disfrutar por su graciosa ingenuidad y porque, sí, está muy bien interpretada. A ello ha contribuido la elección del casting principal de actores, que es de lo mejor de la producción de la serie: Julián López interpreta el papel protagonista de patricio romano y Xosé Antonio Touriñán actúa en el de su esclavo, Agorastocles. La historia es que este patricio romano de la familia de los Sempronios se niega a tomar la cicuta por miedo y pereza: ha matado a un senador accidentalmente (no tenía ni la menor intención ni el suficiente valor para hacerlo) y la ley ha caído sobre su cabeza. Como es lógico en él, es también incapaz de cumplir la pena impuesta: beber la cicuta. Y así empieza la serie, con Manio Sempronio arrojando con un manotazo una y otra vez una copa con cicuta. Tras suplicar a una madre imperiosa que no le haga pasar por ello, le permiten conmutar la pena de muerte por la de servir en la Legión. Acude al campamento militar en Tracia donde su padre, “El Magnífico”, cultivó una estupenda reputación. Él sin embargo está hecho de otra pasta, como se lo hará ver al estado mayor, liderado por el general Cneo Valerio (en manos del excelente actor, casi intrínsecamente cómico, César Sarachu). Por una cuestión de predominio, Manio Sempronio, el protagonista se convierte en un “compañero” de las desventuras de otros personajes más aquilatados. Esta función “bisagra” del personaje denota en buena medida la falta de una misión objetiva que perseguir a lo largo de la acción. Su esquematización pone de manifiesto cómo sólo los rasgos psicológicos de un personaje no son materia suficiente para liderar una trama de confusión. Ni siquiera, en este caso, sus rasgos de carácter (Sempronio es dubitativo, influenciable y seguidista) han servido para manejar una comedia potente. Los enredos en los que se mete están contados sin mucha pasión y sin arriesgar en aspectos antropológicos universales, que es de lo que se trata en las buenas comedias, aunque no lo parezca. Ante la escasez de diálogos agudos, de un antagonista claro y de algo más que una premisa, la serie acaba narrando momentos puntuales y aspectos del paradigma romano, en sus ritos y clichés (tales como las intrigas palaciegas, el poder, las conspiraciones o la ambición), sin vuelta de tuerca ni desajuste completo con la postmodernidad.

Colateralmente, esta comedia es una demostración más del enorme potencial de producción de series en plataformas nacionales como Movistar +. Presenta un notable despliegue en dirección artística y producción. Ahora sólo queda que los directivos de estas plataformas caigan en la cuenta de que la casa no se empieza por el tejado: es mejor mimar primero la historia; y después, buscar el mejor modo de hacerla. Estaríamos de enhorabuena si, para lograr un buen producto final, los directores y productores exigieran mucho más a los creativos y, en especial, a los guionistas (que los hay en España y muy buenos); pues queda mucho camino por recorrer para conseguir que las historias no sean panfletos ideológicos o simplemente textos ocurrentes sin demasiado sentido: con más tiempo dedicado al trabajo de guion, los relatos, donde nace y acaba la historia, nos darían las claves de un éxito perdurable. Para eso hay que creerse de verdad aquello que dice Aristóteles en su Poética: que lo más importante es la fábula y lo que menos, el espectáculo.

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