21 julio, 2019

Por trece razones

Por trece razones

Esta serie norteamericana está producida por Selena Gómez para Netflix y se basa en la novela homónima de Jay Asher, publicada en 2007. Hanna Baker (Katherine Langford) es una adolescente que se suicida como consecuencia de un cúmulo de experiencias negativas vividas en su instituto. Pero deja grabadas unas cintas magnetofónicas en las que va señalando a las distintas personas que inconscientemente contribuyeron a su fatídica decisión.

La serie toca frontalmente algunas cuestiones de dramática actualidad como el suicidio de los jóvenes,  el acoso escolar y los abusos sexuales encubiertos. En torno a estos temas se declinan otros no menos relevantes, como el papel que juegan -o no juegan- los padres en el camino de sus hijos y una concepción absolutamente banal de las relaciones sexuales y de la identidad sexual. El cimiento conceptual es que todos somos corresponsables de todos, y que la sociedad en su conjunto es culpable en parte de muchas de las tragedias personales que viven tantos jóvenes de nuestro mundo “civilizado”. El protagonista es Clay Jensen (Dylan Minnette), un joven, probablemente el más inocente y puro de todos los personajes, que representa el contrapunto moral de toda la serie, que defiende la verdad y la justicia frente a una maraña de mentiras y vejaciones. Junto a él hay toda una galería de personajes que encarnan distintos modelos de adolescente: el friki que no encuentra su lugar en el mundo, la chica insegura que tiene miedo de que la gente la conozca de verdad, el que tiene una doble vida, el chulito que en realidad no tiene en casa a nadie que la quiera porque su madre ha metido en su casa a su novio yonki, el niño de papá narcisista y dominador que se cree el rey del mundo… y eso está bastante bien retratado. Sin embargo, la serie desborda de corrección política, sobre todo en cuestiones de género, y a pesar de tratar de un suicidio, no hay una sola mención a la pregunta por sentido de la vida o a la apertura a la trascendencia.

Esta serie debería haber terminado en la primera temporada, con un capítulo final más cerrado y redondo, claramente conclusivo. Y hubiera quedado una serie más que interesante y con una propuesta temática contundente. Es cierto que la temporada es irregular: empieza con fuerza, se desinfla en medio donde se empantana un poco, y se recupera con fuerza en los capítulos finales. Probablemente se trate de demasiados capítulos para una historia que se podía resolver en un desarrollo más breve. En cualquier caso, la segunda temporada era a todas luces innecesaria, y responde más a criterios de negocio que narrativos, ya que solo estira el chicle centrándose en la trama judicial y descubriendo nuevos secretos sobre Hanna que difuminan la propuesta original, corriendo el riesgo de aburrir y desenganchar al espectador. Una serie más adulta que juvenil, a la que se puede sacar provecho a pesar de sus evidentes limitaciones.

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