25 junio, 2019

Sucesor designado (3ª temporada)

Sucesor designado (3ª temporada)

Sucesor designado (David Guggenheim, 2016-) fue, hace tres años, la sucesora natural de la mítica El Ala Oeste de la Casa Blanca (Aaron Sorkin, 1999-2006), una vez toreada –supuestamente- la crisis económica.

En el interregno entre ambas, en la ficción televisiva mainstream se había impuesto el imaginario del político psicopático, narcisista y megalómano, cuyo máximo exponente fueron Kevin Spacey, en su papel de Frank Underwood, y Robin Wright, en su rol de Claire Underwood, ambos en la premiada House of Cards (2013-2018). Con ellos se hizo tendencia una visión del político como culmen del mal y de la corrupción, acorde con los tiempos que corrían, marcados por la crisis financiera e institucional.

Con esta nueva serie política de NETFLIX que nos acaba de entregar su tercera temporada volvió el blanqueamiento político al que Sorkin nos acostumbró con su Jed Bartlet, un presidente demócrata e idealista que citaba en latín y que garantizaba el buen gobierno imaginario de la nación. La trama de Sucesor designado encajaba con esta narrativa optimista y casi utópica, y lo hacía, precisamente, partiendo de una catástrofe terrorista –metáfora de esa crisis-, desde la que el nuevo Presidente tenía que recomponer la nueva América sobre sus valores liberales, políticamente hablando.

El actor escogido para tamaño reto fue un acierto. Kiefer Sutherland fue Jack Bauer, el implacable agente secreto que nos hizo retomar cardíacos la esperanza frente al terrorismo del 11-S en la inolvidable y estresante 24 (2001-2010), que muchos vimos, temporada tras temporada, en modo maratón. Así, aprovechando que en el mundo de los sueños las convertibilidades inconscientes funcionan sin descanso, el mismo que nos salvó de Bin Laden se convirtió en el que nos iba a salvar de la corrupción política y del pandemonio financiero neoliberal: Tom Kirkman.

En la primera temporada el resultado fue brillante. Un hombre humilde y decente, como no dejan de repetir, inicia su Presidencia contra su voluntad y es capaz de introducir una nueva cultura política independiente, más allá de los tradicionales partidos Demócrata y Republicano. La trama funciona y uno sale de ese primer round satisfecho, aunque no se consiga el realismo de la excelente Borgen (Adam Price, 2010-2013), producida por la televisión pública danesa.

La segunda temporada, sin embargo, pierde ya tensión, porque busca su centro de gravedad narrativa en tramas que duran apenas un episodio y abandona progresivamente la dimensión idealista y blanca de los relatos a los que Sorkin nos acostumbró, introduciendo nuevos personajes muy interesantes y matando a la primera dama para darle el drama que se había ido perdiendo episodio tras episodio.

En esta tercera temporada la pérdida de enteros resulta del todo grotesca. No solo porque desaparezca Kendra sin explicación alguna. Sino porque lo que había sido una serie blanca, centrada en la interacción entre ética y política, pasa a convertirse en un producto al estilo de Shonda Rhymes, con una trama absolutamente marcada por la agenda en favor de los nuevos derechos LGTBI y de otras minorías.

Las escenas de cama y las tramas inguinales se multiplican. Aparecen personajes inesperados, sintetizados en laboratorios ideológicos, como la cuñada transexual del Presidente, de la que no habíamos tenido noticia hasta el momento. Llega al equipo presidencial un afroamericano homosexual seropositivo que protagoniza alguna escena de sexo gay que recuerda a Suburra (2017-). También se incorpora Isabel Pardo, una puertorriqueña de perfil revolucionario que encabeza cruzadas en favor de distintas minorías, y que recuerda, en cuanto al concepto, a Alexandria Ocasio-Cortez. La directora de campaña es una mujer empoderada, madura y cínica, de gran éxito profesional, que colecciona exmaridos más jóvenes y que consume servicios de gigolós con gran desenfado.

Por eso, tras esta OPA ideológica a la producción, lo que queda no es ya una serie entretenida para casi todas las edades, sino un nada sofisticado panfleto en favor del pensamiento débil y los nuevos derechos no apto para todos los estómagos. Y, lo peor de todo, a uno se le quitan las ganas de quedarse a ver el siguiente episodio.

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