4 julio, 2019

Too Old To Die Young

Too Old To Die Young

El thriller policial tiene mucho juego en el cine, sobre todo en el más palomitero: una lucha entre el bien y el mal, encarnado los primeros por los agentes del orden y los segundos por los destructores de la paz y el marco de la legalidad. Un microcosmos donde nos asomamos para ver todo lo que está mal en el mundo; el abismo en el que el ser humano puede caer y solo unos pocos pueden evitar. El policía, el héroe sin capa que mantiene la vida del ciudadano a salvo y se arriesga cada día en las peligrosas calles del mundo, donde lucha contra narcotraficantes, ladrones, asesinos, estafadores, acosadores… El policía, el ser incorruptible. O así lo era, hasta la entrada de los años 70, donde los guionistas y directores, sumidos en una espiral de negatividad y drogas cayeron en la cuenta de un detalle importante: los policías también son seres de carne y hueso, humanos. Y si hay una ley universal es la de la corrupción del ser humano. La espiritual, claro. Por tanto, a partir de esa época, todos los thrillers policiacos se sumían en una espiral de violencia, maleantes, nihilismo; personajes marcados, indistintos a los ojos de la justicia. El agente del orden ya no era un superhombre: mentía, robaba, amañaba, robaba… Como todos los demás. La línea que dividía el bien del mal comenzó a volverse translucida, y de esa transparencia surgió directores como Michael Cimino, William Friedkin, Ridley Scott… Un cine dura y sin paliativos, hijo de su tiempo y de lo que a sus ciudadanos les tocó vivir. Y ahora llega Nicolas Winding Refn, claramente influenciado por este movimiento y se propone hacer un producto similar. ¿Resultado? Fallido. Muy bonito, eso sí pero fallido del todo.

La trama nos presenta a un joven policía, que sin comerlo no beberlo se ve inmerso en un mundo de violencia, misticismo, corrupción y mucha más violencia. La trama no es nada del otro mundo, pero la unión de potencias era de lo más atractiva: el escritor de cómics Ed Brubaker (Batman: The Man Who Laughs); Refn como director; una hora y media en una serie de diez episodios; música de Cliff Martinez; Miles Teller, Jena Malone y John Hawkes a la cabeza del reparto. Todo apuntaba a uno de los fenómenos del año, que acabó siendo un bombo de humo; visualmente preciosa. Puede que sea la bomba de humo para bonita jamás hecha: la iluminación, los juegos de óptica, los encuadres… Todo al servicio de nada; una narrativa vacía, que no comunica nada. Esteta hasta de decir basta, Refn se ha emborrachado de sí mismo más que nunca en este producto: narcisista y ególatra ya era antes de hacer esta serie (y autoconsciente de ello), pero aquí ha perdido por completo el control. Gratuito y excesivo, desmedido en sus medios: parece un auto-homenaje indulgente, a su propia medida para gustarse a sí mismo.

En definitiva, es como una parodia de Vivir y morir en Los Ángeles, o incluso una ridiculización adrede de la rotura entre lenguaje televisivo y cinematográfico: Refn lleva al extremo el convertir su producto en una película de 900 minutos para televisión. Todo esto al servicio de la estética pura: los personajes miran, se tocan, caminan y se miran más. Pero no hay profundidad psicológica, no hay caracterización coherente. Es como si a su película Valhalla Rising le quitaras todo su misticismo y le dejaras la experimentación visual; todo queda en un vacuo cuadro pintado con una brocha sutil en la que no se dice nada: solo encandilar al ojo poco avispado en fotografía. Y ni si quiera esto último: todos los alumnos de dirección de fotografía deberían ver esta serie para saber qué no deben hacer, porque un plano bonito, por muy bonito que sea, si no transmite información y no contribuye a la narrativa del film… No sirve, es inútil. La estética por la estética no vale en el cine: el equilibrio entre estética y narrativa es lo primero que debe respetarse a la hora de realizar una obra y entablar una conversación entre el director del film y del aspecto visual de la obra. Aquí no hay de eso.

Refn juega a ser más turbio que Abel Ferrara, pero le falta el talento (pasado de rosca, eso sí) de este. Se diría que el último objetivo de Renf es entretener… Aunque eso no ha sido un problema, puesto que nadie ha exigido nunca al cine que entretenga. Pero sí que mantenga una coherencia en sus construcciones interiores, sirvan a un fin narrativo y su imagen nos de información. Incluso el universo de David Lynch guarda una coherencia interna. Aquí no hay nada más que un cuadro en movimiento pintado por un artista en horas bajas.

En resumen: que el director de la trilogía Pusher, la interesantísima Bronson y la brillante Drive se haya reducido a hacer cine para su propia persona es preocupante. Cine, o televisión o lo que sea. Aquí no ninguna de las dos cosas: solo un director mirándose a un espejo, mientras se susurra una y otra vez “nadie te merece, eres mejor que ellos”.

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