2 abril, 2021

Festival de Toulouse

Festival de Toulouse

Festival de cine de TOULOUSE

El Cielo está rojo, de Francina Carbonell, premio del Jurado Signis

Si hay algo que los festivales de cine pueden hacer en medio de la pandemia de la Covid-19, es ampliar nuestra mirada para poder estar informados sobre lo que ocurre en el mundo. Los telediarios desde hace meses parecen los mismos, el número de contagios o la eficacia de vacunas son el pan nuestro de cada día. Se vuelve urgente buscar nuevas fuentes de información para mantenernos atentos a lo que ocurre en el mundo. Una de estas fuentes son los festivales de cine, especialmente aquellos que dejan espacio al cine documental. Festivales como Cinélatino de Toulouse o Visions du Reel de Nyon (Suiza) son de una importancia mayúsculas en estos tiempos de pandemia en donde la libertad y los derechos humanos están siendo vulnerados.

Pues bien, hace unos días se ha desarrollado el festival de Cinélatino en Toulouse (Francia). Debido a las circunstancias de la pandemia el desarrollo del festival ha sido online, al igual que el trabajo de los jurados, responsables de seleccionar aquellas obras cinematográficas más relevantes. El Jurado Signis, compuesto por Chantal Laroche, Philippe Cabrol y Carlos Aguilera, ha seleccionado como mejor largometraje documental El Cielo está rojo, de Francina Carbonell. En esta película se narra con eficacia la vulneración de los derechos fundamentales de los presos, a raíz del incendio ocurrido en la Prisión de San Miguel de Chile; tratando así un tema de justicia, dignidad y responsabilidad social urgente.

En 2010, 81 presos murieron en un gran incendio en la prisión de San Miguel en la capital de Chile, Santiago. Según cuentan, en el interior estaban atrapados “como ratas”; y en el exterior, decenas de familiares que esperaban el inicio del horario de visitas miraban impotentes mientras sus seres queridos gritaban pidiendo ayuda. Las puertas permanecieron cerradas y las instituciones calladas. La reconstrucción que hace la directora, Francina Carbonell, arroja luz sobre el fracaso de la administración de la prisión, el incumplimiento de los protocolos mínimos y la vulneración de los derechos humanos. Es escalofriante cómo los mismos presos lo expresan fuera de cámara, por el miedo a ser castigados por su testimonio.

La película está contada desde el punto de vista de alguien que entrara a la cárcel, como buscando respuestas a la masacre ocurrida tras el incendio de 2010. El uso de travelling y la mezcla entre imagen real e imágenes grabadas, con las cámaras de seguridad de la prisión, permiten al espectador introducirse en el interior de un mundo único y especial, el mundo de los presos; una vida doméstica con sus jerarquías y conflictos psicológicos dentro de las celdas. La convivencia de estas personas no puede ser olvidada ni abandona a su suerte sino atendida para asegurarles el cuidado de sus derechos fundamentales. Como dice la propia directora, las imágenes de ese incendio se quedaron en mi mente durante días, y un silencio se introdujo en los hogares de Chile que miraban el humo y las imágenes, sin saber cómo articular palabra alguna.

El montaje del filme utiliza con inteligencia el sonido, las llamadas telefónicas y las declaraciones de los familiares, que más que buscar una emoción fácil, persigue lanzarle al mundo una pregunta sobre el valor de la vida de un preso.

¿Cómo es el ecosistema, la vida interna de una prisión?

El plano secuencia inicial de la película, que cierra la obra con otro plano secuencia final, nos invita a mirar a la cara a cada uno de los presos para preguntarnos por sus vidas. Pero también, abre una puerta a las necesidades no atendidas de los presos. Como dice uno de ellos durante el documental: allí nos peleamos por el espacio, y nos tiramos palabras (insultos) como si fueran armas. La única arma real que tenemos es el fuego. La directora, con elegancia y finura, sitúa el origen del fuego en el conflicto cotidiano de la relación entre los presos. Ellos mismos aparecen en el documental reclamando ayuda en éste y otros aspectos de la vida interna de una prisión; que, al fin y al cabo, es el ámbito en donde un preso puede rehacer su vida.

Por otro lado, está la actitud de la administración de la prisión, incumpliendo protocolos nacionales, así como la de la Dirección Nacional, que ni hizo ni dio respuesta. El sonido del mar en la parte final de la película, como expresión de la libertad y de la dignidad arrebatada, resulta liberador y triste al mismo tiempo. Hay un plano en donde se ve una pintada en una de las paredes de la cárcel que dice: “Ojo, Dios les ama a todos”.

En definitiva, una película necesaria que narra, con veracidad y precisión técnica, lo ocurrido en el incendio de la Prisión de San Miguel, sin caer ni en el sentimentalismo ni en el cine abstracto ni moralista, muchas veces vacío de contenido o tendencioso. Eso sí, quizás no sea apto para todos los públicos, pero, aun así, su mensaje y su propuesta es de un valor universal incuestionable. No se la pierdan.

El Jurado Signis también premio el cortometraje documental Quien dice Patria, dice muerte, por registrar visualmente, con originalidad y cercanía, la vulneración de los derechos del pueblo chileno a raíz de los disturbios de 2019. El director consigue narrar un drama social con unas imágenes que, a la vez que innovan, no descuidan la humanidad de las personas. Un cortometraje actual y moderno, que muestra de forma natural las heridas del pueblo chileno y el sometimiento al que se ve sujeto.

Otras películas documentales que también competieron en la sección oficial:

También la dura historia de Depois da Primavera, nos la narra cómo dos hermanos sirios viajan a Brasil huyendo del riesgo de ser presos en una cárcel Siria, para poder tener un futuro mejor. Tanto en el caso de El cielo está rojo como en ésta, se nos habla de prisiones físicas, de cárceles reales.

Pero existen otras cárceles que no son las físicas y que provocan que “estemos” presos incluso en libertad. Me refiero, por ejemplo, cuando la ideología se introduce tanto en la mente de las personas, que termina afectando a la comprensión de los problemas del pueblo, como vemos en #eagoraoque. En esta línea valdría la pena rescatar la recién estrenada película argentina Yo, niña [1]de la directora Natural Arpajou, en donde la ideología nacida en Mayo del 68, lleva a una familia a vivir en plena naturaleza, al margen de cualquier autoridad, poniendo en riesgo a una niña que se ve obligada a vivir bajo unas condiciones que la ponen en riesgo, como si viviera “presa al aire libre”. Fue seleccionada en el Festival de Cine de Málaga y fue galardonada por el Jurado Signis por transmitir con elegancia y sencillez tanto el problema de la ideología, como la trascendencia, expresada a través del deseo de una niña que mira al cielo esperando el amor que necesita y anhela.

También las heridas heredadas de nuestra familia, de nuestros antepasados, nos determinan y nos impiden vivir el presente, como vemos en la entrañable, dura y necesaria Apenas el sol, elegida como el mejor documental por parte del Público. En ella se nos cuentan las atrocidades cometidas por la colonización de las Américas, por parte de cristianos y católicos. El propio Papa Francisco, uniéndose a las palabras de Juan Pablo II, pidió una vez más perdón por todos los pecados cometidos en nombre de la religión.

Por otro lado, también existe lo que podría llamarse “cárcel intelectual”, aquellas películas que narran los problemas mentales que tantas personas sufren. Incluso los propios talentos, artísticos, académicos o científicos, pueden hacernos sentir presos si no están vinculados a una comunidad, que nos recuerda quienes somos, como vemos en la producción argentina Un cuerpo estalla en mil pedazos; porque no somos solo nuestros aciertos, ni nuestros talentos, ni incluso nuestros errores, somos mucho más que eso. Por cierto, de todas las películas vistas en competición, quizás la más innovadora a nivel visual, sea ésta, con momentos de enorme belleza y planos superpuestos que bien la habría hecho merecedora de una “mención especial”.

Y, por último, Transeúnte, de Pablo Pintor. Una obra sencilla y quizás de menor nivel que las otras pero que nos recuerda el valor de lo cotidiano, de lo anónimo, de lo que nos rodea cada día. Aunque esta película quizás no tenga una narración ni una estructura muy definida y le falte consistencia y altura, es un pequeño pero valiosísimo recordatorio: cuando lo cotidiano, lo anónimo nos resulte cansino y fatigoso, cuando la realidad nos parezca una cárcel, es momento de pararnos y revisar nuestra vida.

En estos tiempos de Covid-19 que nos toca vivir es más urgente que nunca detectar y afirmar donde están los riesgos para la libertad y la dignidad humana: por ejemplo, en esta historia de los presos de El Cielo está rojo, o en el resto de propuestas interesantes que muchos festivales de cine, al alrededor del mundo, nos acerca a nuestras casas. Ahora, con las cuarentenas y los cierres perimetrales, desde casa podemos tener acceso a multitud de películas que puedan ampliar nuestro horizonte para poder recordar el sentido de la libertad y la vida humana.

[1] https://www.pantalla90.es/peliculas/yo-nina/

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