4 febrero, 2021

After life

After life

Crítica

Público recomendado: +18

Con el humor de Ricky Gervais hay que tener una sola cautela: estar preparado para afrontar la bofetada del lenguaje soez, obsceno y sexualizado de algunos de sus personajes. Parece que fuera una estrategia que usa en defensa propia, como una provocación, una salida quizá fácil, cuya contundencia no deja dudas sobre las miserias humanas que revela. Pero a la que no hay que hacerle caso, más bien todo lo contrario. Le perdonamos el escándalo porque hay corazón detrás de toda esa fachada de estupidez. Tarantino hace lo mismo con la violencia física de sus hard boiled fictions y Gervais con la violencia psicológica de su humor negro. O se les odia o se les ama: no hay término medio. En esta comedia para adultos, de dos temporadas de seis capítulos cada una, sólo se salva la primera, todo hay que decirlo (la segunda es, en general, un despropósito por seguir generando “royalties” en el que no merece la pena invertir el tiempo). Sin embargo, la primera temporada –que da muestra de haber sido concebida como un todo unitario- resulta interesante por el progreso del protagonista, Tony, como persona. En habitual que las comedias presenten personajes estereotipados, estáticos o situacionales. Sin embargo, pese a que la premisa se mantiene viva durante todos los episodios, tenemos a un personaje que cambia a mejor.

Gervais aborda el tema de la muerte desde la perspectiva de un viudo que ha querido y ha sido fiel a su esposa durante los 25 años de matrimonio. Aún sigue enamorado de ella. Pero se empeña en deprimirse e incluso amenaza con quitarse de en medio para siempre… No obstante, es un tipo capaz de hacer reír a todos con su sarcasmo, ingenio y desvergüenza. De modo que a la par que irrita mueve a la compasión de sus allegados. De mil maneras, le piden que por favor decida ser feliz, que deje de estar triste. En realidad, la serie se podría llamar qué pasa en la vida de Tony después de Lissa.

Toda la acción transcurre en un idílico pueblito inglés llamado Tambury. La vida plácida de sus habitantes, con sus costumbres inglesas y su alegría también inglesa contrasta con esos esfuerzos de Tony (interpretado por el mismo Ricky Gervais) por seguir deprimido. Con su empeño en verlo todo negro, no es capaz de ver el sufrimiento y los problemas de los demás. Está demasiado centrado en su dolor. Tanto, que vive en una constante autocompasión, hasta que empiezan a pasar cosas de las que se siente responsable. Quizá le ayuda en especial el hecho de ser periodista en un diario local gratuito. Mucha gente se le acerca con sus historias. Y hay que decir que ¡qué grandes actores ha escogido Gervais para acompañarle en esta sencilla historia! Algunos de esos habitantes anónimos de Tambury están deseando ser la portada del periódico del pueblo. Tony descubre la clave trascendente de la vida, mientras le cuesta aceptar a los demás y no odiarles, hacerles sufrir con comentarios hirientes o vengándose en ellos del dolor que la ha infligido el fallecimiento de su amantísima esposa. Pero de la Vida con mayúsculas.

Hay una corriente espiritual que recorre con bonhomía cada uno de los rincones de esta serie. Gente buena con apariencia desagradable o poco recomendable; amigos que lloran la pérdida de otros amigos en funerales piadosos; otros que sacrifican su tiempo familiar por apoyar y animar a los que están decaídos; la importancia de los niños en un mundo de adultos descentrados que hacen lo que pueden; viudos que hablan (más bien rezan) a sus difuntos esposos; padres en residencias a los que se les visita y cuida sin pensar en ningún momento en que son un estorbo o que su vida no mereciera la pena por estar enfermos…  “Nos han cuidado y ahora nos toca cuidarles a nosotros”, dice una de las protagonistas. Esa piedad, esa humanidad que nos ha enseñado la visión dignificante del Cristianismo empieza a escasear en nuestro mundo con hechos terribles. Sin embargo, Gervais, incluso el descreído y deslenguado Gervais, es capaz de recordar y reivindicar que somos personas, hijos de Dios y que nuestra vida siempre merece la pena. Gracias, Ricky.

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