5 marzo, 2020

Berlinale 2020

Berlinale 2020

Crónica

El festival de cine de Berlín, uno con los de mayor solera del mundo, acaba de cumplir setenta años. Y, todo hay que decirlo, en perfecto estado de salud. El cambio en el comité directivo de la Berlinale ha surtido el efecto deseado, y la mejora general en el nivel cualitativo de las obras a concurso se ha hecho notar. Se ha mantenido, no obstante, la fidelidad a una línea de programación que prima la reflexión sobre los dramas de nuestra época, queriendo resaltar lo verdaderamente humano en un mundo que a veces deambula camino de ninguna parte. A su vez, las películas presentadas en la Sección Oficial aportan en no pocos casos sus particulares modos de afrontar una crisis antropológica que no esconden, sino que miran de frente, en ocasiones con descarnada sinceridad. Es el caso de Schwesterlein (Hermanita) de las suizas Stéphanie Chuat y Véronique Reymond, que narra de cerca el drama de un paciente de cáncer (Lars Eidinger) solo amparado por su hermana (excepcional Nina Hoss), en un relato que toma como referente el cuento de Hänsel y Gretel para explicar cómo la enfermedad terminal es la herejía de nuestro tiempo.

La enfermedad, el dolor y la muerte, junto con el sexo, son también las constantes de Siberia, la personalísima propuesta del siempre provocador Abel Ferrara, una exploración de los límites del lenguaje fílmico a medio camino entre lo onírico, lo poético y lo grotesco. Más radical aún se mostró la también italiana Favolacce (Malas historias) de los hermanos D’Innocenzo, que obtuvo el Oso de Plata al mejor guion a pesar de tratarse de una historia dura, desagradable y de un llamativo sensacionalismo en los límites de lo moral. En sus antípodas, el surcoreano Hong Sangsoo, que se hizo con el Oso de Plata a la mejor dirección, demostraba con su obra The Woman Who Ran (La mujer que corría) que se puede reflexionar acerca de la dificultad de las relaciones humanas, a veces contaminadas por el veneno de la hipocresía, a través de unas formas límpidas, austeras y con un toque de brillante humor.

También el amor de pareja en una sociedad líquida estuvo representado en la presente edición con la fábula ambientada en Berlín Undine, del alemán Christian Petzold, que mejora el nivel de su filmografía reciente con un suculento regusto a Almodóvar y Antonioni. Las más aplaudidas de entre las obras mostradas de la Sección Oficial fueron la francesa Effacer L’historique (Borrar historial) de Benoît Deléphine y Gustave Kerven y la italiana Volevo Nascondermi (Quiero esconderme) del italiano Giorgio Diritti. La primera representa una desternillante comedia sobre temas que de por sí no tienen ninguna gracia (léase: el desempleo, la pandemia de fracasos familiares, la extorsión digital, el mobbing) pero que, contados desde el absurdo y la empatía, sorprendieron gratamente al público, que concedió a la obra una intensa ovación preludiando su galardón con el Oso de Plata del premio especial de la septuagésima edición. La segunda constituye un atípico biopic sobre cómo la mirada correcta sobre las personas puede sacar lo mejor de ellas, construido en torno a la figura del artista loco Antonio Ligabue, encarnado por un excepcional Elio Germano que se hizo justamente con el Oso de Plata al mejor intérprete. En contraste con el júbilo que despertaron estas dos películas, costó que el público (críticos cinematográficos en su totalidad en ese pase) abandonase sus butacas tras el visionado de Never Rarely Sometimes Always (Nunca, rara vez, en ocasiones, siempre) una durísima obra del realismo social sobre el drama del aborto que, si bien se posiciona desde una perspectiva proabortista, no ahorra nada de la crudeza, el dolor y el trauma que suponen el trance del aborto, ni calla el hecho evidente de que una mujer que aborta es, ante todo, una mujer profundamente sola. La excelencia de las obras seleccionadas no impidió que se colase la excepción que confirma la regla, en este caso una producción brasileña con el título Todos os mortos (Todos los muertos) cuya falta de pericia cinematográfica desmerecía de su lugar en la Sección Oficial.

Fuera de concurso se pudieron ver, entre otras, Pinocchio la fallida versión del clásico de Collodi a manos de un Matteo Garrone en horas muy bajas y Onward, la nueva película de Pixar, dirigida por Don Scanlon, una obra menor en la filmografía de la factoría del flexo, pero que será recordada por albergar el primer personaje explícitamente LGTB de toda su andadura.

El cine que viene, y del que las obras presentadas en Berlín constituyen un buen botón de muestra, no es un cine fácil, pero sí valiente, capaz de sostenerles la mirada a los problemas más acuciantes de nuestro tiempo. Un cine de la nueva sinceridad que da fe del buen pulso de que goza la industria y dice maravillas de un festival que, a pesar de su longevidad y de haber sobrevivido a alguna enfermedad, se mantiene en plenas facultades.

Comentarios

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver
Privacidad