17 diciembre, 2019

En el corredor de la muerte

En el corredor de la muerte

Crítica

Público recomendado: +18

En 1994, Pablo Ibar, pelotari en Estados Unidos e hijo de vasco, fue incriminado del asesinato de tres personas en Florida. Con esos cargos y sin una demostración completa de su culpabilidad, fue enviado al corredor de la muerte para cumplir con la pena capital. En la cárcel lleva 25 años y después de varios traslados, juicios y varios recursos, todavía no se sabe cómo va a acabar su historia. Lo que sí se sabe es cómo sucedió todo y cómo ha sido ese cuarto de siglo que ya ha completado entre rejas. Basada en el libro homónimo del periodista Nacho Carretero (también autor de la investigación de Fariña), esta mini-serie de cuatro capítulos de duración narra los acontecimientos vividos por Ibar, sus familiares y abogados hasta el 19 de enero de 2019, es decir, hasta hace menos de un año. La serie ha conquistado la actualidad como lo hace siempre que puede el buen periodismo. Y ésta es una buena serie dramática.

La “culpa” de este éxito de escritura y producción españolas la tienen, por este orden, Ramón Campos, co-fundador junto a Teresa Fernández-Valdés de Bambú Producciones, una de las más relevantes y exitosas productoras de ficción y documentales de España y por sus labores de desarrollo creativo y producción ejecutiva (esto es, por hacer de “showrunner” de la serie); también se agradece el buen hacer de Gema R. Neira, en el seguimiento de los proyectos; así como cabe señalar la importancia que ha tenido el asesoramiento del mismísimo Nacho Carretero, cuyo conocimiento documental sobre el caso Ibar ha servido para pulir y dar el visto bueno al contenido y asegurar que la serie rezume el espíritu de lo sucedido históricamente hablando por sus cuatro costados. En segundo lugar, merece una especial mención el guionista Diego Sotelo por la escritura de un guion excelente, en arquitectura narrativa, tempo y argumentación. Curtido anteriormente en la grandísima Fariña, también basada en la investigación homónima de Nacho Carretero, Sotelo ha demostrado tener una gran habilidad y maestría en la adaptación de historias reales a la ficción, un trabajo que exige algo más que saber “dramatizar”, por las exigencias documentales, el rigor y la destreza en dotar de sentido a los hechos, los datos, así como en caracterizar a los personajes. Sin duda, Sotelo tiene, como Carretero, un fino olfato periodístico que da seriedad a sus historias.

Al equipo creativo y técnico hay que sumar un excelente plantel del actores: desde Miguel Ángel Silvestre, dando vida al protagonista, Pablo Ibar, hasta la convincente y expresiva Marisé Álvarez, en el papel de Tania Quiñones, esposa de Ibar, encontramos a actores muy bien escogidos y soberbios en la interpretación de los padres de Ibar, los abogados, agentes, etc. Ninguna nota humana en esta reconstrucción de un cuarto de siglo de sufrimiento y confusión resta verosimilitud a la escena de los hechos. Por ello, aunque la serie fue rodada en Panamá -y en ese sentido, las semejanzas se producen por contagio de escenarios similares- la factura final es muy realista. Otro de los ingredientes que dan sabor y verismo a la mini-serie es que su bilingüismo como lo hay en Florida. Está grabada en español e inglés, jugando así con la representación de la vida de los hispanohablantes y habitantes anglosajones de esa zona de los Estados Unidos. Pues no se trata de apostar sólo por la realidad, sino de explicar gráficamente las diferencias culturales que separan unas veces y otras, unen al mundo hispano con el anglosajón. En ese sentido, inconscientemente aflora uno de los grandes problemas que parece haber arrastrado este caso a lo largo de los años. Según la prensa (El Mundo, 23/05/2019) -pues enseguida hablaremos de la mini-serie- el “caso Ibar” está trufado de “irregularidades: pruebas falsas, testigos comprados, ruedas de reconocimiento irregulares, cadenas de custodia rotas (…)”. Tras esa confusión que hace al espectador de la ficción irritarse y frustrarse con el caso, se esconde cierto tono racista, presente en el tratamiento y en la forma de dirigirse a las personas “latinas” (todo ello muy bien reflejado en la serie).

Se trata de un caso abierto. Y por lo tanto podría afirmarse tranquilamente que la mini-serie no está acabada o, visto de otro modo, que aún hay mucho contar. Articulada sobre cuatro periodos presidenciales de los Estados Unidos de América, la serie abre con esa referencia política trayendo a colación mensajes ideológicos y afirmaciones categóricas sobre la libertad, los objetivos nacionales o la relación con el mundo hispano de la boca de los presidentes que han ido tomando el relevo del país mientras Pablo Ibar vivía su infierno en prisión. Además del “estilo documental” muy sugerente e interesante con el que se inicia cada episodio, la serie alerta de que algunas tramas y acontecimientos han sido inventadas a propósito de los vacíos de información donde la investigación de Carretero no ha llegado. El caso histórico se inicia con la llegada de Ibar a la Florida, tras lesionarse en un partido de pelota. Visita a su madre en Florida y además de conocer a la que será su mujer, empieza a alternar con malas compañías, pese a la advertencia premonitoria de su padre. Ibar tuvo una coartada. Los hechos que avalan su inocencia, por un lado, son que la noche del triple asesinato Ibar la pasó con su novia, asunto del que hay testigos (interesados, claro está) y que no encontraron pruebas de ADN en la casa y ropas halladas. Sin embargo, la cámara de seguridad grabó unas imágenes en las que se muestra al asesino y resulta ser una persona muy parecida a Ibar. Sobre esto y otros datos sostendrá el fiscal la acusación contra Ibar.

Durante los 25 años que han transcurrido desde que en 1994 Ibar fuera encarcelado dando forma a una noticia muy seguida en los medios españoles, el proceso ha pasado por cuatro juicios. El 19 de enero de 2019 fue declarado culpable del triple asesinato, pero recurrieron y el 23 de mayo de este mismo año, gracias a lograr la “no unanimidad” sentenciaron a Ibar a cadena perpetua. Ni la familia ni la defensa se han rendido y por ello, van a recurrir de nuevo. Esta dura historia interminable es la que relata magistralmente la mini-serie. Además de aprender (y sufrir, todo hay que decirlo), se obtiene una idea muy cabal de cómo está el mundo y de que se puede producir series de alta calidad en España.

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