7 noviembre, 2022

La corona vacía: la guerra de las dos rosas

La corona vacía: la guerra de las dos rosas

Crítica

Público recomendado: + 16

En un artículo titulado No es lo mismo “tú” que “vuesa” merced, defendí la necesidad de contemplar respetuosamente los usos y las costumbres de otras épocas, cuando se buscara su adaptación audiovisual. Además de tener en cuenta el modo de vivir, es imprescindible adecuar también la expresión. El espíritu de la época se representa en las palabras que usamos y en las omisiones no solo en la arquitectura del espacio. Verbo y acción nos exponen crudamente para bien y para mal. Sin embargo, este ejercicio no es fácil tratándose del mundo de las series. De hecho, en cierto modo va contra la naturaleza misma de cualquier producto popular: el objetivo es que la mayor audiencia “consuma” la historia. Por lo cual, en quien se piensa de entrada es en el público, que no debe encontrarse con demasiados obstáculos, ni de argumento ni de comprensión.

No obstante, la BBC se ha arriesgado a contravenir la ley anunciada más arriba. El experimento ha tenido sus consecuencias. Según VerTele (01/01/2020), por ejemplo, La corona vacía: la guerra de las dos rosas: Ricardo III hizo un 2% con 91.000 espectadores. Es una serie para un público selecto y exigente, no solo por lo que implica la adopción de prácticamente el mismísimo lenguaje que empleara el gran William Shakespeare. Pide del espectador algo más que resulta un tanto contracultural hoy. Por lo cual, el hecho mismo de su existencia ya está indicando una nueva tendencia que ojalá fuera consolidándose (y exportándose a otros países como el nuestro).

La serie forma parte de un proyecto ambicioso de recuperación de un clásico. Todo empezó en 2012 con la primera temporada de La corona vacía, en la que se adaptó “literalmente” el texto isabelino de Shakespeare a una mini-serie de 11 capítulos de 50 minutos cada uno donde se narran los dramas de Ricardo II, Enrique IV y Enrique V. En La guerra de las dos rosas, se continúa con Enrique VI y Ricardo III, en episodios de 50 minutos. El despliegue de medios es espectacular: no solo en términos de producción, con localizaciones e interiores sumamente cuidados que dan versatilidad y verosimilitud a los potenciales decorados de un escenario convencional; junto con una dirección fotográfica correcta, ambos, producción y dirección, logran salvar el estatismo propio de la acción teatral. Otro síntoma importante del verdadero interés y seriedad con los que está hecha la serie se debe al reparto de actores que han trabajado en ella. Desde Benedict Cumberbath, Anton Lesser o Judi Dench, asistimos a un auténtico ejercicio de interpretación de la más noble estirpe de actores dramáticos, enraizada en la mejor tradición británica. En ese sentido, el recuerdo de los trabajos cinematográficos de Kenneth Branagh late en cada uno de los episodios. Si bien, en esa época de adaptaciones cinematográficas el medio elegido fue el cine, en cambio, ahora se imponen las demandas de las plataformas de distribución donde series, documentales y otros productos de entretenimiento atraen a un público diverso, caprichoso y creciente. Por lo cual, los datos del consumo en televisión en abierto no deben preocuparnos. Pero sí que la razón por la cual muchos abandonan su visionado es precisamente que implica tener una mínima cultura literaria e histórica.

A la inversa, por lo tanto, puestos a ver series que eleven el nivel de formación de nuestros jóvenes y no tan jóvenes, esta serie puede ser una buena opción. Entre los reproches –que los hay- podemos destacar cierta autoconciencia y teatralidad por parte de algunos actores y las concesiones a la galería de lo políticamente correcto, a pesar del dictamen de la Historia. Por ejemplo, y este es el final del artículo, que la noble francesa Margarita de Anjou, esposa de Enrique VI de Inglaterra, fuera mulata o de raza negra. Estas falsificaciones históricas carecen de sentido porque no puede considerarse como licencias dramáticas.

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