11 febrero, 2020

Mesías

Mesías

Crítica

Público recomendado: +16

Parece que los dos temas esenciales de nuestra década -y quizá lo sean también del siglo en el que estamos- sean la tecnología y la religión. Este último es el ámbito de pensamiento en el que se mueve misteriosamente el argumento de esta serie estrenada en la plataforma Netflix. Lo previsible dice que, según algunos títulos de Netflix, el tratamiento y el enfoque de la vivencia religiosa sean controvertidos, alarmantes o directamente insultantes. Sin embargo, y pese a la disposición de las revistas y medios generalistas a alentar las discordias, Messiah no alcanza tan siquiera el estatus polemista; o, al menos, se puede afirmar que de momento no ha sido así. Con una sola temporada, de diez capítulos, se ve que la mirada trascendente no es fácil de sostener, ni siquiera con un argumento que apuntaba maneras como lo es una posible segunda venida de Jesucristo. Detrás de este proyecto de alcance -por las preguntas de fondo que plantea- están los productores ejecutivos Mark Burnett y Roma Downey, quienes ya manifestaron su interés por los temas religiosos como productores la mini-serie La Biblia, estrenada en el Canal Historia en 2013.

En esta ocasión, el proyecto tiene más aristas y co-creadores, pues se cuenta con el trabajo de Michael Petroni en los roles de director y escritor, en alguno de sus episodios. Le recordarán por sus grandes trabajos como guionista en La ladrona de libros (2013) y Las crónicas de Narnia: la travesía del viajero del alba (2010). Quizá el desafío en este caso era hacer una ficción de un suspuesto más delicado y jugar con tramas tan dispares que lógicamente ha hecho que la historia pierda cohesión y fuerza en su conjunto.

La premisa de la serie resulta ser desconcertante y fascinante a la vez, porque prevé un escenario de posibilidades mesiánicas, entre utópico y futurista, con algunos mimbres de los problemas internacionales actuales: el problema del avispero del mundo árabe y el iluminismo religioso a través de un predicador en el estado de Texas. La acción comienza situada en la guerra de Siria y durante los bombardeos en la ciudad de Damasco.  Entre el ambiente bélico de desconcierto y caos, la ansiedad, el desamparo y la desesperación, aparece serenamente la figura de un profeta que dice llamarse Al-Masih. Sus predicaciones atinadas, el talante pacífico y seguro y los signos milagrosos que perpetra hacen que gane muchos seguidores en el camino a la frontera con Cisjordania. A partir de estas movilizaciones y gestos públicos adquiere la consideración de Mesías. Además de hablar el arameo y el árabe, se refiere a su pasado de manera enigmática, estableciendo conexiones con la Historia de Jesucristo y con el regreso de Isa, para los musulmanes. Esto lo sabemos por algunas de las conversaciones más interesantes que mantiene con agentes israelís que lo apresan e interrogan, aterrorizados ante lo que está sucediendo. Hubiera sido un acierto mantener un alto nivel de diálogo en una serie que se presta sin dudas al despliegue de la Palabra. Sin embargo, a medida que avanza, los capítulos demuestran que sus creadores no han sabido estar a la altura de las circunstancias quién sabe si por falta de ingenio, de hondura o por miedo. La trama principal queda relegada a un lado y, en cambio, se dedican esfuerzos y desarrollo a tramas menores que se resuelven con torpeza.

También es un error porque esta serie se define como thriller político, a la vieja usanza. Es decir, usando de las convenciones de la alta investigación en la acción, donde los estados son piezas estratégicas que parecen gobernar y controlar las vidas de los ciudadanos corrientes; donde sus agentes acaban despersonalizados, al entregar su vida a una idea, viviendo por y para el trabajo, sin espacio para su vida personal, como es el caso de la protagonista de la serie; y donde interesa ver cuán peligroso es manejar y cómo se articula los hilos de la configuración de la geopolítca. De hecho, ante la aparición del nuevo profeta, saltan todas las alarmas y una agente de la CIA, Eva Geller (Michelle Monaghan) decide no parar hasta dar con el paradero de Al-Masih. Sin embargo, el encuentro es prematuro y está desaprovechado pues, entre otras cosas, ni alimenta suficientemente el conflicto principal ni abre bien uno nuevo. Eva y Al-Masih están en las antípodas del pensamiento y la creencia. Esas diferencias podrían funcionar en lo que el uno descubre en la otra.

Por otra parte, conviene saber que la serie no resulta molesta para un creyente cristiano, pese a que esté tocando “sagrado”. Si bien, la selección del actor que interpreta al “Mesías”, Mehdi Dehbi, podría haberse cuidado más, teniendo en cuenta la información de la que se dispone y la iconología sobre la imagen de Jesús, finalmente se opta por la visión ismaelita. En ese sentido, llama la atención cómo en esta encrucijada quedan en medio los judíos, desempeñando el papel de escépticos defensivos. Respecto a la conexión de la trama de Al-Masih con el estado de Texas, se diría que, al haberse forzado tanto la trama, con la idea de conectar con las necesidades de algunos creyentes y hacerlo en suelo americano, casi suena a despropósito. Además de enrarecer la historia, desvía la atención del tema importante. Veremos si hay segunda temporada y si realmente la serie está a la altura de las expectativas que generó.

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