14 noviembre, 2022

Parlamento (2020, 2021)

Parlamento (2020, 2021)

Crítica

Público recomendado: +16

Francia, Bélgica y Alemania han co-producido esta euro-sitcom o “eurocom” a la que podemos denominar sin error como “europea” en su más doliente decadencia. Detrás se encuentra un organismo de financiación, también europeo, llamado Creative Europe Media, más dispuesto a seguir promocionando la unión desde lo nacional y a ciegas que con una finalidad edificante. Solo hay que investigar un poco en las oficinas nacionales de este mega-consorcio pagado por todos (a veces, un par de veces;) para entrever el auténtico interés de la unión: contentar a todos los públicos, incluidas las regiones periféricas más remotas. Como se aprecia en uno de los episodios de la primera temporada, nadie entiende qué hace un catalanista apostando por Europa y “hablando en catalán”. Curioso. Fíjense, en particular, detrás de la oficina del “Media” en España se encuentran el Ministerio de Cultura y Deporte, EGEDA (para gestionar los derechos de autor), y como si esto no fuera poco, también gestionan los proyectos y los dineros la Generalitat Valenciana, la Agadic (agencia gallega de industrias culturales) y el Instituto canario de desarrollo cultural. Craso error, si de lo que se trata es de convencer a los ciudadanos europeos de la necesidad de seguir unidos o sencillamente ofrecernos una puerta hacia el euroescepticismo que ya sabemos a dónde nos conduce. El arte atrae a la propaganda, como bien se ve.

Con estos mimbres, los dos grandes países promotores de la Unión (Francia y Alemania) se han repartido el pastel de los argumentos de esta eurocom. Además de sus lenguas vernáculas, el inglés tiene presencia en la serie. Y es que el arranque lo dice todo: Samy Kantor, un joven asesor, con muchos propósitos y poca experiencia, llega a Bruselas para trabajar con Michel Specklin, un “MEP” o eurodiputado ineficiente y pasota. Esto se produce en un momento crucial para la Unión, como fue el referéndum del Brexit. Sin embargo, más que “acercar” con una crítica inteligente la UE a los ciudadanos cultos que han contratado Filmin, la serie –que está bien producida- es un ejemplo de la falta de norte que nos asola a los europeos desde las instituciones. Con un sarcasmo grueso se trata el ambiente suavemente inmoral que se vive entre las oficinas, pasillos, cócteles y cenas de la burocracia. Pareciera que la mayor crítica a altas instituciones de la Unión Europea en Bruselas, producto de su genuina idiosincrasia, se centrara sobre todo en destapar la desmotivación, la ineficiencia y la poca talla moral de los profesionales que allí trabajan. El resultado es sencillo: Bruselas acaba definida como un nido de parásitos sobre-cualificados y frívolos, sin vida personal y sin rumbo, a los que poco les importa qué sea Europa, más allá de no desajustar un equilibrio imposible. Y quizá este diagnóstico sea injusto para con los fieles a Europa que, aunque pocos, los ha habido y habrá.

En ese sentido, la intención narrativa parece expresarse bien a través de la comedia, aunque el regusto sea finalmente agridulce por no acabar del alcanzar sus propósitos corrosivos. Desde el punto de vista del guion, no está mal contada: los temas son variados y están basados en las carteras polémicas de la UE, las que afectan al comercio, la ecología, etc. Pero el tratamiento pretende ser ágil, y, sin embargo, adolece del suficiente ingenio como para encontrar algo de mordacidad catártica en los diálogos. De fondo, se percibe el fantasma de la sólida britcom que algunos recordarán: Yes, Minister. Mientras que en la vieja gloria inglesa se reconducía la crítica hacia una posición edificante, en Parlement, el final del túnel es aún más oscuro que el camino. Las tripas de la unión parecen estar podridas y a expensas de que un gigante que acabe por destruir este proyecto de supervivencia.

Repartida en dos temporadas de diez capítulos de unos 27 minutos de media cada uno, la serie nos hace sonreír con un punto de melancolía que no deja indiferente. Samy Kantor somos todos y quiere hacer las cosas bien, se supone que como cualquiera de nosotros que haya comprendido el fin de la UE; pero le va a costar adaptarse a un mundo donde lo que menos cuenta es la profesionalidad, la eficiencia laboral o la solidaridad entre las naciones. Desde el punto de vista de la dirección artística y de la dirección, en general, Parlement se parece mucho a ese gris espacio de hombres y mujeres pseudoarreglados, provocadores y desnortados que no nos negábamos a imaginar pululando por edificios colmena acristalados de azul cobalto. Está bien rodada y simulada. Pero vaciar un sueño es un acto doloroso imperdonable. Es una broma.

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