4 enero, 2021

Patria

Patria

Crítica

Público recomendado: + 16

El fenómeno de Patria trasciende la novela y la serie y se instala en el núcleo del problema que parece abordar: el terrorismo de ETA y su gravísima repercusión en la vida social española. Habitualmente se piensa que la mirada del espectador parece tornarse distinta, según la lejanía del conflicto y las circunstancias personales. Pero no es cierto del todo. Si acaso, caben dos miradas sobre este tema tan complejo: la que denuncia la acción terrorista sin justificaciones de los asesinatos basadas en el fin y la que “comprende” las acciones terroristas en el marco de una “guerra” inventada que causó mucho dolor y mentira. Quizá quepa una tercera –harto difícil de encontrar por la ausencia de desapasionamiento-, en la que sin dejar de reclamar la justicia y denunciar la gravedad de los hechos, se añade un componente de perdón. Si la representación conecta de veras con la realidad, veamos qué realidad nos presenta Aitor Gabilondo en su construcción de la memoria de esa región española en los últimos cuarenta años de Historia o más.

Hay que reconocer que el interés por este problema que se ha pretendido silenciar ha crecido exponencialmente gracias a la novela de Aramburu.  Entre el “como si aquí no hubiera pasado nada”, sobrevenido tras la desarticulación de la banda armada, y la serie de Gabilondo, hay un espacio que falta por narrar. La novela es un comienzo. Y la serie no es un final. La diferencia entre ambos productos de éxito –novela y serie- reside en que la primera aporta muchos más matices y si acaso, más consideraciones respetuosas con los tristemente involucrados en la locura de la violencia; y, en cambio, la serie ha tomado el derrotero de los topicazos en lo que respecta al papel de las Fuerzas de seguridad del Estado en la lucha contra el terrorismo y en la mezcla explosiva de religión y política, en particular, al hablar de la involucración de una parte del clero vasco en el apoyo a los etarras y la piedad popular. Sobre esto último, parece haber disparidad con la versión de Gabilondo. De hecho, conviene mencionar las palabras del obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, al respecto: “La Historia ha demostrado justamente lo contrario: las víctimas del terrorismo han mantenido su fe religiosa en un grado infinitamente superior a los círculos proetarras, en los que se produjo un alejamiento muy grande de la fe católica” (ECD, 02/01/2012).

En lo que se refiere a la representación de las Fuerzas Armadas, a través de los agentes de la Guardia Civil, llaman la atención dos detalles no menores: el primero es que sus apariciones en la trama siempre son violentas, groseras o injustas, ya se trate de las escenas en las que hacen controles rutinarios o simplemente están presentes; y el segundo es que, al apresar al comando Oria, algunos agentes maltratan y torturan a los etarras, mostrando todo ello a cámara, sin pudor y con profusión de detalles. En cambio, por ejemplo, el atentado contra la Guardia civil apenas es mostrado… Y eso quiere decir algo. En la ficción tanto la presencia, la omisión como la duración son siempre significativos.

Las víctimas

Hay dos modos de ser víctima. Uno consiste en padecer la injusticia cometida por otros. El otro, en transformar la culpa personal en una condición de desvalimiento. De la primera nace el dolor, pero de la segunda nace la violencia en sus múltiples formas. Ambas están hermanadas y a veces se corresponden. Resulta comprensible. Mostrar la realidad del terrorismo a través de dos familias amigas tiene su interés, porque las ideologías se aprovechan de los caldos hechos en casa. El interés crece más porque en la serie se da atender que las madres son el corazón de las familias y que, por lo tanto, de ellas depende especialmente lo que se inculca a los hijos para bien o para mal. Ya sea la autosuficiencia, la arrogancia de la superioridad, el desprecio por los que no son como nosotros o la creencia en un destino especial para los suyos, todos estos ingredientes se baten en el mismo cuenco de la serie. Y con ello la serie explica muchas más cosas que una idea política o los crímenes: la bestia no está muerta, sigue latente en las mentalidades, sigue siendo motivo para sacar réditos políticos y ventajas económicas.

Afortunadamente y pese a los implícitos, las ausencias lógicas y el enfoque, Aitor Gabilondo y su equipo (en el que cabe incluir a los actores) han llevado a buen puerto este proyecto tan delicado y esperado. Las concesiones innecesarias a la galería en las tramas secundarias –apuntadas ya como un peso excesivo de sordidez y oscuridad, en la novela- cuadran difícilmente en la construcción de la verosimilitud de la historia. Sin embargo, no estorban al argumento; probablemente pese más el afán por “hacer justicia” a lo sucedido y explicar lo oscura y dura que se volvió la vida bajo las tinieblas de ese terror social. El documento no es ni mucho menos completo ni perfecto, pero lo intenta. En este caso, para la plataforma y productora HBO lo de menos pudiera ser contar lo que las cosas son. No seamos ingenuos. Hacer un producto de calidad hoy depende de que un buen equipo dé con una idea comercial (como ésta, ante la cual la sociedad ya está receptiva y hambrienta). Con una serie de ocho capítulos un tanto desiguales en su calidad narrativa, se resume y visualiza sobre todo el drama de los implícitos, las traiciones, deslealtades, amistades, rencillas, desconfianzas, ternuras, dolores y sufrimientos que de un modo u otro se padecieron en España durante los duros años del terrorismo.

Hay que estar preparados para descender a esa realidad que sólo el tiempo y el Amor de Dios pueden curar, como se demuestra en algunas escenas relevantes. Quizá el encuentro casual de las dos madres lo expresa de la mejor manera posible, pues las dos buscan perdonar y ser perdonadas.

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