Alcarràs

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Movie Details

Título original
Alcarràs
Director
Carla Simón
Géneros
Drama
Sinopsis
El abuelo ha dejado de hablar, pero nadie de la extensa familia Solé sabe la razón. Como cada verano, en Alcarràs, una pequeña localidad rural de Cataluña, la familia cultiva una gran extensión de melocotoneros.
País
 España
Duración
2 h 00 min
Estreno
29 abril 2022
Certificación oficial
Reparto
Jordi Pujol Dolcet, Anna Otin, Xènia Roset, Albert Bosch, Ainet Jounou, Joseph Abadia, Montse Oró, Carles Cabós, Berta Pipó

Crítica

Público recomendado: +12

Con Alcarràs, Carla Simón ha conseguido lo imposible, la cuadratura del círculo: volver a poner a España sobre el tablero cinematográfico mundial, sin apellidarse Almodóvar, sin ser varón y sin rodar en castellano. El Oso de Oro con el que fue premiada en la reciente Berlinale es histórico en tanto que es el único galardón de un gran festival de cine otorgado hasta ahora a una mujer española, así como el primero que aterriza en nuestro país tras una larga sequía de treinta y nueve años, desde que Mario Camus conquistase también Berlín con La colmena. Solo por este prodigio valdría la pena acercarse a una cinta que, a diferencia de lo que se puede sospechar de los últimos máximos premios concedidos -también a mujeres- en Cannes y Venecia, justifica por su propia calidad el reconocimiento que le ha sido otorgado.

Alcarràs narra la historia de Quimet (formidable Jordi Pujol Dolcet) y su familia, un clan de payeses que se ganan la vida con el cultivo del melocotón en el pueblo leridano que da título a la cinta. El conflicto a modo de mcguffin surge cuando el heredero de unas tierras cuyo usufructo había sido concedido a la familia protagonista en los tiempos de la Guerra Civil, decide reclamarlas para construir en ellas un parque de colectores solares. Desde ese momento, sobre el cañamazo de una denuncia nada panfletaria de los estragos del capitalismo más agresivo, el film construye su espacio temático en base a diversos aspectos que se combinan y se yuxtaponen unos con otros, como son la desprotección del individuo frente a los poderes políticos y económicos, la pérdida del valor de la palabra como consecuencia del individualismo egoísta, las relaciones familiares imperfectas pero capaces de soportar el peso de los reveses de la vida, la inmigración… A pesar de este complejísimo y profundo fondo temático, el film se presenta a los ojos del espectador como una obra transparente, pura, llena de afecto hacia sus personajes y aquellos a quienes ellos representan. Tanto que, al encenderse las luces de la sala, el espectador -al menos el que suscribe- querría quedarse un rato más entre Quimet y los suyos, y seguir compartiendo con ellos risas y preocupaciones.

Lo cierto es que Carla Simón ya apuntaba maneras. Verano 1993 (Estiu 1993, 2017) fue un rotundo éxito de crítica que contó también con el respaldo del público. Aquel enternecedor relato de la acogida -en la familia de su tío materno- de una niña huérfana a causa del SIDA, narrado desde el punto de vista de la pequeña, resultaba ya sólido y convincente: una ópera prima fuera de lo común. Con Alcarràs, la joven realizadora catalana prosigue fielmente el camino emprendido, de tal modo que en este díptico temprano de la que ojalá sea una larga filmografía se distinguen ya las constantes estéticas de una voz autoral inequívoca. Se pueden destacar, entre ellas, la transparencia narrativa, la focalización a través de los sentimientos de los personajes, el papel central de la familia -con todos sus miembros desde el abuelo hasta el niño pequeño-, el amor por la propia tierra y sus costumbres y, alrededor de todo ello, a modo de espacio negativo, la ternura. Con solo dos películas, Simón parece haber inaugurado una estructura de sentimiento propia, que ojalá haga escuela, más allá del realismo social, por ejemplo, de Ken Loach o los hermanos Dardenne. Algo que podríamos llamar realismo entrañable o realismo tierno -que no ñoño- y que está inevitablemente anclado en la familia y, más concretamente, en los niños dentro de ella. No es por ello accidental que la trama de Alacarràs comience -como comenzaba la de Estiu– y termine entre los juegos, las risas y las canciones de unos niños que, sin ser ajenos del todo a la tragedia que se cierne sobre sus familias, son conscientes de que el hogar, el verdadero, es más poderoso que todos los desastres, porque en él habita -más allá de las rencillas, los reproches y los cansancios- el afecto que puede dar sentido a la vida entera.

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