Crítica:
Público recomendado: Mayores de 18 años
Impactante alegato antirracista en el que se mezclan varios géneros: desde el drama carcelario al cine de denuncia. Esta demoledora película, muy efectista en ocasiones y desde luego explícita en toda su violencia, es una rotunda narración sobre los caminos y consecuencias del odio. Muy aplaudida en su momento, y convertida ahora en una película de culto, se trata de una de las interpretaciones más poderosas de la carrera de Edward Norton que logra provocar un efecto perturbador, aterrador y penoso a partes iguales. Su odio inicial y su dolor posterior llenan la pantalla en un drama radical narrado en clave de thriller con un medido uso del flash back, tan oscuro como el blanco y negro utilizado en los mismos. Es una película sin duda imprescindible que pone los pelos de punta y se queda dentro del espectador durante días en la línea de otras grandes del género como El creyente (Henry Bean, 2001) pero que no se queda sólo en el alegato antiviolento, sino que pone su mirada en la importancia de la educación y los prejuicios, en como éstos que puede aparecer inicialmente inocentes pueden destrozar la vida de alguien en cuanto se radicalizan. En este sentido llaman poderosamente la atención infinidad de imágenes y secuencias, pero acaso una de las que más y mejor evidencian este hecho es cuando Norton se mira a sí mismo en el espejo, marcado para siempre por el tatuaje de la esvástica en su pecho, y siente la vergüenza y el peso de su pasado; o cuando sale de la cárcel y todos los que le habían admirado y venerado por matar a dos jóvenes negros no sólo le rechazan cuando les dice que quiere dejar de lado el movimiento neonazi, sino que empiezan a odiarle y desean matarle, literalmente, entre ellos su mejor amigo y su exnovia.