Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades

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Movie Details

Título original
Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades
Director
Alejandro González Iñárritu
Géneros
Comedia, Drama
Sinopsis
País
 Mexico
Duración
2 h 39 min
Estreno
27 octubre 2022
Certificación oficial
R
Reparto
Daniel Giménez Cacho, Griselda Siciliani, Ximena Lamadrid, Íker Sánchez Solano, Luz Jiménez, Luis Couturier, Francisco Rubio, Andrés Almeida, Clementina Guadarrama, Jay O. Sanders, Noé Hernández, Fabiola Guajardo, Mar Carrera, Rubén Zamora, Omar Leyva, Grace Shen, Edison Ruiz, Daniel Damuzi, Alex Guevara, Misha Arias De La Cantolla, Jorge Gidi, Jeronimo Guerra, Hugo Albores, Grantham Coleman

Crítica

Público adecuado: +12

 En un momento de Bardo, el protagonista, un alter ego del propio director de la cinta, Alejandro González Iñárritu, dice la siguiente frase: “El éxito ha sido mi mayor fracaso”. Ciertamente, da la sensación de que la excesiva adulación que acompaña al éxito ha desviado de su camino a un director que ofreció grandes cosas al inicio de su carrera, y que ahora anda perdido en uno de los más grandes “ego-trips” que se recuerdan en el cine autoral.

Bardo cuenta la historia de Silverio, un periodista y director de documentales mexicano, que después de triunfar en Los Ángeles vuelve a su país, donde deberá enfrentarse a sentimientos contradictorios sobre su profesión, su familia, su propia mortalidad, e incluso la historia de su país.

Existe una clara línea divisoria en la filmografía de Alejandro González Iñárritu: el momento en que dejó de colaborar con el guionista Guillermo Arriaga. Junto a él encadenó tres películas excelsas, que lo situaron como uno de los nombres más interesantes del cine de autor hollywoodiense: Amores perros (aún en México), 21 gramos y Babel. En estas películas ya se percibía la brillantez formal de Iñárritu, pero esta se ponía al servicio de unas historias emocionantes, humanistas, y con una mirada enfocada en la realidad. Desde entonces, el director mexicano ha rodado Biutiful, Birdman, El renacido y ahora Bardo. Y en cada una de ellas se ha percibido un progresivo ensimismamiento en su propia técnica con la cámara, una autoindulgencia narrativa que le lleva a elevar la duración de sus películas hasta niveles difícilmente soportables, y un alejamiento de la mirada al otro, para mirarse el propio ombligo. El problema es que es en esta etapa cuando Hollywood le ha recompensado con dos Oscars, y ahora es difícil volver a encadenar al “monstruo”.

Bardo deambula en medio de escenas oníricas que pretenden fascinar, pero que acaban resultando irritantes y soporíferas. Se la compara con el 8 ½ de Fellini, y en cierta manera es lo que intenta hacer Iñárritu. La diferencia es que Fellini era un genio y sus divagaciones resultaban intrigantes, enternecedoras y carismáticas.

En Bardo, por el contrario, el contenido es claramente deficiente: nihilismo de intelectual aburguesado, clichés sobre diferentes temas (no puede faltar la leyenda negra española, con un Hernán Cortés retratado sobre una pirámide compuesta de cadáveres) y mucho egocentrismo: todo gira en torno al protagonista, el resto de personajes son meros accesorios, incluidos su mujer y sus hijos.

Por supuesto, no todo es malo: hay determinadas escenas en las que el surrelismo sí resulta interesante y divertido, ciertas ideas visuales, y desde luego la técnica cinematográfica de Iñárritu (unida a los medios que Netflix ha puesto a su disposición) resulta apabullante. No se puede decir que la película sea una absoluta pérdida de tiempo, pero cuesta justificar las dos horas y media largas que hay que invertir para verla.

Esperamos que Iñárritu salga alguna vez del laberinto autocomplaciente en que se ha adentrado, y volvamos a disfrutar pronto de aquel cineasta de sus inicios, que nos ofreció algunas de las películas de autor más estimulante de la primera década del siglo.

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