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Cristiada

Caratula de "Cristiada" (2012) - Pantalla 90

Crítica:

Público recomendado: Jóvenes

Ha llegado por fin a nuestras pantallas la esperada Cristiada, que se ha estrenado con el título de For Greater Glory, traducible como “Para mayor gloria”. Se trata de una impresionante y conmovedora recreación de la Guerra Cristera mexicana y, en concreto, del martirio del niño de catorce años José Sánchez del Río.

Temas difíciles, tratados con exquisitez y acierto, que convierten a esta película en una de esas cintas imprescindibles para la historiografía fílmica de la Iglesia.

Capital mexicano se pone al servicio de esta superproducción rodada en inglés, con la que debuta como director el estadounidense Dean Wright, nominado al Oscar 2006 a los mejores efectos visuales por Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armari”, y anteriormente conocido por sus trabajos en “Titanic” y en la saga de “El Señor de los Anillos”. Tras reunir varios guiones sobre la Cristiada o Guerra Cristera, el productor mexicano Pablo José Barroso contrató al guionista hollywoodiense Michael Love (Gaby, una historia verdadera, Extraños caminos, La Leyenda del Tesoro) para que unificase las historias, y afrontar así una producción de unos 12 millones de dólares en torno a las luces y sombras de aquellos sucesos, que llenaron de sangre las páginas de la historia de México y de la Iglesia católica en los años veinte del siglo pasado.

La película abarca desde el 14 de junio de 1926, con la promulgación de la ley anticatólica del presidente revolucionario Plutarco Elías Calles, hasta el acuerdo de 1929 entre México y Roma, propiciado por Estados Unidos, y que acabó con la primera y principal revuelta cristera. La llamada Ley Calles supuso de hecho el asesinato público de sacerdotes y laicos católicos, la destrucción de iglesias y la persecución a muerte de cualquier síntoma de religiosidad. Gran parte del pueblo creyente, y algunos sacerdotes, decidieron parar esa barbarie a toda costa, y acabaron empuñando las armas contra el Gobierno, principalmente en los Estados de Guanajuato, Colima, Querétaro, Michoacán y Jalisco. Comenzó así la Guerra Cristera, que dejó 70.000 muertos en ambos bandos y provocó el desplazamiento de unas 200.000 personas.

En el filme están nítidamente dibujadas las principales fisonomías que se pueden encontrar en una disyuntiva histórica como la Guerra Cristera: el mártir, el apóstata, el converso, el cura guerrillero, el cristófobo, el vengativo… Y la película deja muy claro que la posición del mártir es la más fiel a la vocación cristiana. Además, los personajes que encarnan cada una de esas opciones tienen un desarrollo dramático complejo, propio de un buen guion.

En la película hay tres mártires que sin duda son el punto más luminoso de toda la enorme galería de personajes: el niño José Sánchezdel Río —muy bien interpretado por Mauricio Kuri—, su maestro el Padre Christopher —encarnado por un breve pero conmovedor Peter O’Toole—, y Anacleto González Flores, un abogado pacifista al que da vida Eduardo Verástegui. Aunque en los tres tiene luz propia la fuerza de su fe, es el caso del niño José el más impactante por su evolución, su radicalidad y también su dureza. José tiene muchas oportunidades de salvar la vida: sólo tiene que negar a Cristo. Pero ni la tortura ni el dolor de sus padres podrán disuadirle de gritar “¡Viva Cristo Rey!” hasta el momento final. Las tres muertes están rodadas con un cierto hiperrealismo, no morboso ni gore, pero su resultado es muy verista y estremecedor. De ellos, es el Padre Christopher el que deja más claro su rechazo de la violencia en nombre del Evangelio. José Sánchez del Río y Anacleto González Flores —denominado “el Gandhi mexicano”— fueron declarados beatos en 2005 por Benedicto XVI. Tres años antes, en 2002, Juan Pablo II había canonizado al sacerdote Cristóbal Magallanes y a otros mártires cristeros, sacerdotes y laicos, incluido el Padre José María Robles, que en la película interpretaba brevemente Raúl Adalid.

Otro personaje interesante es Enrique Gorostieta, un militar descreído que acepta liderar las tropas cristeras por dinero y ambición de poder. Pero los testimonios que descubre a su alrededor, y especialmente el del niño José, van a ir cambiando su corazón hacia el encuentro con la fe. Andy García interpreta brillantemente a este general, que sobre el papel podía resultar antipático al público, y que el actor de origen cubano hace atractivo desde el primer instante. Tanto Gorostieta como el combativo Padre Vega —encarnado por el venezolano Santiago Cabrera— representan la contradicción entre violencia y cristianismo. Ellos discuten sobre el asunto, y son conscientes de que sus decisiones necesitan del perdón de Dios. Hacen un camino de cierto arrepentimiento que les lleva hacia la confesión.

Esta cinta es muy coral, y ofrece un abanico de personajes llenos de matices: sacerdotes, niños, mujeres, bandoleros, verdugos…, algunos encarnados por formidables intérpretes como Eva Longoria, Catalina Sandino Moreno, Óscar Isaac, Bruce Greenwood o el cantante panameño Rubén Blades, como el Presidente Calles. Elogio especial merecen el fluido montaje de Richard Francis-Bruce (Cadena perpetua, Seven, Oblivion) y Mike Jackson (“Bangkok Dangerous”), la agobiante fotografía de Eduardo Martínez Solares (“Malos hábitos”), el esmerado diseño de producción de Salvador Parra (“Antes que anochezca”, “Volver”) y, sobre todo, la vibrante partitura de James Horner (Braveheart, Titanic, Avata”), similar a la que compuso en 1989 para Tiempos de gloria.

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