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La última sesión de Freud

Crítica

Público recomendado: +14

A principios de la Segunda Guerra Mundial, en su casa de Londres, a donde se había exiliado desde Viena, huyendo de los nazis, Sigmund Freud , el padre del psicoanálisis, habría recibido, según una anotación encontrada en su agenda, a un profesor de Oxford, cuyo nombre no consta en el escrito.

A partir de esa apuntación, y después de haber leído el libro de Armand M. Nicholi, Jr., profesor de psiquiatría en Harvard, The Question of God: C.S. Lewis and Sigmund Freud Debate God, Love, Sex, and the Meaning of Life (2002), el dramaturgo Mark St. Germain, escribió su obra Freud’s Last Session, en la que da vida al encuentro aludido, atribuyendo a  C.S. Lewis, de cuarenta años a la sazón, la figura del interlocutor de un anciano Freud, aquejado de un doloroso cáncer en la boca, que le llevaría a la muerte muy poco tiempo después.

La película es una adaptación de la  obra de Mark St. Germain, realizada por el mismo autor en colaboración con el director Matt Brown (El hombre que conocía el infinito). Presenta una estructura teatral pues la mayor parte de la acción se sitúa en la casa del anciano Freud en Hampstead, Londres. Una película de índole tan teatral debe apoyarse en dos firmes puntales: uno la solidez de su guion y otro la calidad de sus actores. La segunda está bien conseguida, pero el guion tiene algunos puntos débiles.

El hilo conductor de la trama es el diálogo filosófico entre esos dos grandes personajes del siglo XX: Sigmund Freud, médico neurólogo austriaco de origen judío, padre del psicoanálisis y una de las mayores figuras intelectuales del siglo XX, y C.S. Lewis, profesor y escritor británico, reconocido por sus obras de ficción, especialmente por su obra apologética del cristianismo y por su saga infantil Las crónicas de Narnia. Para que la escena resulte más dinámica, más cinematográfica y menos teatral, Matt Brown juega con diferentes planos entre ambos personajes a lo largo de ese diálogo hecho de planos y contraplanos ideológicos.

Al principio el anciano parece intimidar un poco al joven profesor, pero inmediatamente el intercambio de opiniones entre el ateo recalcitrante y el apologista del cristianismo se agiliza para referirse a temas muy profundos, si bien, aunque por momentos la discusión se hace interesante, en general el análisis no acaba de tocar fondo y se queda en poco más que en una enumeración de las características del pensamiento de uno y otro respecto de la existencia de Dios, del amor y el sexo, o del sentido de la vida.

La relación complicada entre Freud y su hija Anna, y las relaciones lésbicas de ésta con Dorothy Burlingham sirve de contrapunto a las ideas de altos vuelos del psicoanalista, mostrando las contradicciones entre su discurso y su propia vida personal. Pero más que iluminar el relato, esta subtrama lo ralentiza y le da pesadez. Del mismo modo, los flashbacks que traen pasajes de la infancia de uno y otro, del sufrimiento de Lewis en la guerra de trincheras, o de la visita de la Gestapo a la casa de Freud en Viena, seguramente traídos para dar a la narración un impulso más fílmico y menos teatral, resultan demasiado largos y distraen del hilo de la confrontación dialéctica.

La película está bien ambientada —el diván que ocupa Freud es una réplica exacta del auténtico, que hoy puede verse en la «Casa Museo Freud» de Londres—, pero lo más destacable es el trabajo de ambos actores, el gran Anthony Hopkins, que hace una interpretación sobrebia, y Matthew Goode (Silent Night, La sociedad literaria y el pastel de piel de patata). Como curiosidad, hay que recordar que Anthony Hopkins encarnó al personaje de C.S. Lewis en la magnífica película de Richard Attenborough Tierras de penumbra.

Mariángeles Almacellas

https://www.youtube.com/watch?v=IvZ4zgtLUrg

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