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Loud Krazy Love

Caratula de "" () - Pantalla 90

Crítica

Público recomendado: +16

El olimpo de los dioses del rock es un lugar de caos y autodestrucción. Muchos de los que entran en él alcanzan la inmortalidad abandonando prematuramente este mundo, pagando la factura de los excesos con su cuerpo. Otros logran salir del agujero negro y encuentran de nuevo su vida, para lo que necesariamente tienen que salir del olimpo, al menos durante un tiempo.

Uno de estos que logró volver a encontrar su identidad perdida es Brian “Head” Welch, guitarrista de la banda pionera del género conocido como nu metal: Korn. El nu metal surge en los 90, con un sonido mucho más agresivo y oscuro que el heavy metal de los años 80, con voces en las antípodas de los agudos del heavy ochentero, para adentrarse en las profundidades del abismo y sacarse una garganta entera por cada estribillo.

Trey Hill y Scott Mayo han codirigido este excelente documental y han dado una brillante vuelta de tuerca al subgénero de las películas y documentales de redención. Muchas y buenas cintas han contado este descenso a los infiernos de las estrellas: biopics como Ray, En la cuerda floja, Runaways, Rocketman, ficciones como Corazón rebelde¸ Blaze, y documentales como Janis, Amy, Whitney… Algunas de las estrellas tuvieron suerte de tener un final feliz; otras, puede que dejaran un cadáver bonito, à la Jim Morrison, pero lo que sí dejaron es un alijo de droga en los estómagos.

Pero vayamos a lo interesante, que es la vuelta de tuerca. Los codirectores han ido mucho más allá que el relato de los excesos, cosa que por otra parte ya sabemos. Y han introducido dos expedientes que nos alegran, los dos. Lo han hecho con maestría, con honestidad y respeto. Brian Welch sale de su particular infierno por que se encuentra una comunidad cristiana que le lleva hasta Jesucristo. Y a partir de aquí, los directores optan por relatar lo que fue aquello, sin meter con calzador un discurso proselitista.

Y el segundo elemento, el que le da a la película su tensión dramática más poderosa, pero también su equilibrio y su mayor belleza es la historia de Jeanna, la hija de Brian. Un amor incondicional, pero limitado, y una vida, la de Jeanne, llena de heridas que tendrán que sanar. Acertaron los directores: el glamour del rock no aparece por ningún sitio, pero sí el vértigo de la vida salvaje del éxito. Pero desnudo del oropel del éxito, Brian se queda en carne viva contando sus miserias, y Jeanne repasa su vida, desde la herida más profunda hasta el perdón.

Y esto me recuerda que tengo aún que felicitar la Pascua a los pantalleros.

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