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Napoleón: en el nombre del arte

Crítica

Público recomendado: Para todos los públicos.

Un interesante y de factura impecable documental, que explora la compleja relación entre Napoleón, la cultura y el arte, financiado y producido por el grupo bancario italiano Intessa San Paolo. Cuenta con la voz de historiadores, arqueólogos, arquitectos, directores de museos, etc que confirman la investigación y credibilidad de lo contado.

Con Jeremy Irons como narrador de lujo, el hallazgo de la partitura de un Te Deum para el Duomo de Milán, de 1805, detona la historia. Una partitura de Francesco Pollini, estudiante de Mozart, que llevaba 200 años perdida y se encuentra en el Archivo del Conservatorio Verdi de Música de Milán, junto con la lista de la música para la Coronación de Napoleón como Rey de Italia.

El joven muchacho corso, nacido el 15 de agosto de 1769 en Ajaccio (Córcega), que apenas hablaba francés y fue enviado a la escuela militar de Brienne, donde sufrió marginación y burlas y se refugió en los libros y en la matemática, llegaría a ser Emperador.

Previamente fue hijo de la Revolución francesa, y persiguió instaurar los ideales de progreso y de igualdad de todos ante la ley; ese soldado que llegó a general exitoso, hoy en 1805 se corona a sí mismo con la corona de hierro de los reyes lombardos, que previamente había llevado Carlomagno, entre otros. Tiene 36 años.

El arte y la cultura eran su pasión. El poder y éxito fueron sus obsesiones, junto con ese impulso igualitario y contradictorio que le impulsa a emprender campañas militares de conquista con saldo de millones de muertos, y del mayor expolio del arte llevado a cabo en la historia, al servicio de su relato de dominio universal.

Desde su campaña de Egipto en 1798, en la que desembarca en el puerto de Alejandría con 280 barcos y 54.000 soldados entre los que se encontraban 167 sabios arqueólogos, historiadores, artistas, arquitectos, químicos, científicos, topógrafos y eruditos. Una campaña que desde el punto de vista militar concluyó en fracaso, pero no desde el punto de vista cultural: el resultado de las excavaciones metódicas se lleva a Francia, además de la publicación de 23 volúmenes publicados de La descripction del’Egypt, con el mapa del país y todos sus monumentos, además del hallazgo de la Piedra de Rosetta, clave para descifrar la escritura jeroglífica. En su afán de ampliar el horizonte cultural, se presenta a los nativos musulmanes con proclamas escritas en árabe, para ser visto no como invasor, sino como amigo. Su fascinación por la cultura egipcia le lleva a pronunciar su célebre discurso a las tropas en Guizá: “desde la altura de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan…”. Egipto sin Napoleón no sería lo mismo a partir de entonces.

A partir de las campañas en Medio Oriente, y sobre todo de Italia, Napoleón empieza a redoblar su poder y su fama, que se magnifica de día en día a través de su capacidad de comunicación a las masas, tanto intelectuales como el pueblo, mediante retratos y pasquines, y de la fundación de dos periódicos, pero también a través de la importancia estratégica del arte y de la cultura. El expolio del arte que llevó a cabo Napoleón, sobre todo en Italia, demuestra que el arte estaba en el centro de su compleja estrategia de poder, que implicaba la guerra y la violencia, además de la influencia de la cultura, siguiendo los criterios del Vasari, como gran teórico de la Historia del Arte.

Cada acuerdo de paz con las ciudades italianas trae consigo amplísimos botines de guerra “como reparación”: 500 manuscritos, 100 pinturas por ejemplo en Milán, sobre todo grandes obras maestras de Rafael, Bellini, Veronese, Mantegna, Tiziano, Correggio, o de Roma, con el saqueo de la Gallería de Estatuas del Capitolio, con el único afán de convertir París en la Nueva Atenas o la Nueva Roma, llevándose piezas de valor único como el Brutus Capitolino, la Venus de Cnido o el Gálata moribundo. Igualmente el saqueo de Venecia, con obras de Carracci, Reni, etc.

En 1793 se abre el Museo del Louvre, nombrando director a uno de los que le acompañaron en la expedición de Egipto, Vivant Denon, grandísimo conocedor de los objetos, esculturas, pinturas de la antigüedad clásica y egipcia, así como de la pintura renacentista, manierista y barroca. Se concibe como un museo educativo y de todas las culturas, abierto a todo el mundo, formado de obras de arte traídas (más bien expoliadas con violencia) de todo el mundo conquistado, organizado de manera enciclopédica, y como modelo para todos los museos del mundo.

Con la Coronación de Napoleón primero como Emperador de los Franceses en París y como Rey de Italia en Milán, que se funda como segunda capital del imperio, con su propia Pinacoteca, la de Brera, en 1509, como celebración del 40 cumpleaños de Napoleón, fruto de las obras saquedadas en Italia, que algunas llegan irónicamente del Louvre, para completar la colección del Museo de Brera.

Se cumple la afirmación del propio Napoleón: “todo lo bello de Italia será nuestro”, con un afán narcisista de afianzar su omnímodo, omnipresente y omnipotente poder por toda Europa en menos de 20 años.

La influencia del mito de Napoleón entre los dictadores Hitler y Mussolini es evidente a lo largo de la historia, con la escenografía del poder, los símbolos imperiales de las águilas y laureles, y el conocimiento de la psicología de las masas y del aparato de búsqueda de legitimidad, y su aura de hombre del futuro, y de la libertad política.

Pero la gloria de este mundo pasa. La decadencia de Napoleón llega tras su campaña rusa, en 1814, donde más de 540.000 soldados mueren en la retirada muertos de hambre y de frío, algo que podría haber sido una enseñanza para la historia posterior pero que se repetirá con Hitler. Napoleón se retira a la Isla de Elba, tras abdicar, no sin 500 ejemplares de su biblioteca del palacio de Fontainebleau, aun que volverá a intentar ganar la batalla de Waterloo, en 1815, y que tras perderla, es exiliado por el enemigo inglés a la Isla de Santa Elena en mitad del Atlántico, donde muere en 1821, el 5 de mayo. Se conocerá su ocaso por la publicación del “Memorial de Sta Elena”, que se convertirá en un bestseller y contribuirá a engrandecer el mito, que tuvo su propio destino en sus manos y fue dueño de un imperio, empezando como un joven desconocido.

Será el Duque de Welllington quien sufragará junto con una cuestación popular más tarde, el transporte de vuelta de la restitución de alguna de las obras de arte italianas a su procedencia, pero siempre quedará la historia controvertida de su política de reparación y botín de guerra como estrategia de afianzar su legado.

María Molina

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