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Reina Roja

Crítica

Público recomendado: +14

 

 

El éxito editorial que le supuso a Juan Gómez-Jurado la trilogía roja formada por Reina Roja, Loba negra y Rey blanco con unas cifras estratosféricas, siendo la primera de ellas el thriller más vendido en España y traducido a 40 idiomas, le ha permitido convertir su talento literario en serie de televisión.

Esta serie, que puede verse en Amazon prime, consta de siete episodios de cincuenta y cinco minutos de duración que, al  haber recibido el apoyo del público porque los diálogos son muy buenos y la acción es más brillante de lo esperado, se está preparando  la segunda entrega para 2025. La creadora de la serie ha sido Amaya Muruzabal, acompañada del director Koldo Guerra, recordado por El Ministerio del Tiempo o La Casa de papel, y Julián de Tavira, recordado por la serie Hernán todas ellas analizadas en Pantalla 90.

La historia gira en torno a un tenaz y polémico policía, que siempre busca la verdad, pese a quien pese y caiga quien caiga, acompañado de una inteligente investigadora superdotada con graves problemas psiquiátricos como consecuencia de un trauma que forma parte de un misterioso equipo de élite de oscuro pasado.

Esta gran serie española se sigue con interés y  sabe mantener la intriga hasta el final, respaldada por la labor como guionista del propio escritor antes mencionado, que tiene un pequeño papel dentro de la trama. El villano de la historia se hace llamar como el profeta Ezequiel, haciendo referencia a la frase que dice  con otras palabras que  los hijos deben pagar el pecado de sus padres (que era una errónea creencia de los judíos del pasado), por lo que este personaje hace un uso  equivocado de la fe,  salvo en un momento determinado en que el delincuente reflexiona sobre si está haciendo lo correcto.

Esta producción televisiva hace un guiño a la ideología de género, pero no de forma frívola,  sino centrándose en  los sufrimientos personales de su protagonista que no está construido de forma esquemática, por lo que no parece forzado. La química entre los protagonistas, Vicky Luengo y Hovik Keuchkerian, es muy bonita;  bastante tierna y profunda. Se trata de un tipo duro, que suelta frases lapidarias, cargadas de sarcasmo e ironía que recuerdan a los tipos duros de los ochenta como Cobra, interpretado por Sylvester Stallone o al bocazas al que daba vida Mel Gibson en Arma letal. En este sentido, los homenajes al cine de los ochenta y noventa son constantes en todo el metraje y recuerdan a varias producciones como Doce monos, El silencio de los corderos o Seven.  Incluso, este producto televisivo parece que hace referencia al detective Sam Spade, creado por Dashiell Hammett como se puede ver en El halcón maltés, un clásico de John Huston.

En cambio, Antonia Scott es una superdotada con dificultad para conectar con las personas por sus escasas habilidades sociales, un libreto que explica las luces y sombras de las altas capacidades con bastante acierto como esa sensibilidad tan especial que puede parecer excesiva. No obstante, esta chica pone sus dones al servicio de los demás por su buen corazón al ayudar a un padre y a su hija a que puedan comunicarse y decirse que se quieren y se necesitan.

La historia de amor tiene su encanto porque es sin contacto físico y nunca pasa nada. El actor confiesa, que le ha encantado hacer de Sancho Panza para ser el escudero de esta particular Dulcinea con alma de Quijote por sus excentricidades.

El personaje de la madre está muy logrado, al mostrarse una madre como la de cualquiera de nosotros, quitando algunas exageraciones, que siempre es capaz de ver más allá por su intuición femenina, siendo el contrapunto humorístico de la serie en algunos momentos.

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