18 junio, 2020

Sanditon

Sanditon

Crítica

Público recomendado: +13

La serie está basada en la novela homónima de Jane Austen, escrita en 1818 y traducida al castellano con el título de Persuasión. ITV se ha encargado de esta producción, que puede verse en Cosmo, de Movistar, y en Filmin, y que demuestra que es una buena idea volver a los clásicos de época, siempre y cuando se respete el espíritu moral con el que fueron redactados.  En esta ocasión, la adaptación de esta obra inacabada de Austen ha corrido a cargo de Andrew Davis, quien destacara en 1995 por su adaptación televisiva para la BBC de “Orgullo y prejuicio”, con Colin Firth, una de las más reconocidas y genuinas historias de la novelista inglesa. Esa garantía de éxito se transmite en la serie de 8 capítulos en una sola temporada, pese a que, en realidad, los doce capítulos de la novela de Austen le sirven a Andrew para dar forma solo al primer episodio, con la introducción de algunas variables y haciendo de la síntesis un aliado, en este caso, temible. Esto es debido a que parte del encanto de Austen consiste en la descripción minuciosa de los sentimientos, actitudes y deseos ocultos y visibles de los personajes de estos entornos costumbristas de la vieja Inglaterra, además de hacer una crítica velada a esas mismas costumbres, en especial, a lo que a la feminidad afecta.

En la serie, la selección de los actores y el modo en que están dirigidos consiguen suplir esa carencia, debida a la osada decisión de reducir las 47 páginas de la novela al capítulo piloto. El defecto narrativo no es tan reprochable, en la medida en que suele ser más habitual encontrar el caso contrario: el del estiramiento ilógico de las tramas, los episodios o el cambio de conducta de los personajes, en suma, falacias dramáticas que llevan a contraer  deudas de coherencia y verosimilitud con los espectadores. En este capítulo abierto de versionar la novela, han decidido convertir en negra a una de las jóvenes damas, la srta. Lambe, una medio mulata de salud delicada procedente de una isla caribeña.  Todo lo demás es simplemente una impostación acertada de la mayor parte de los personajes presentados en el libro y un tirar del hilo de éstos, intuyendo el tipo de conflictos y aventuras que hubieran vivido, si Austen no hubiera fallecido para contarlo. Sin embargo, no todo es “coser y cantar”.

La serie podría definirse como muy femenina y muy inglesa, por lo demás, rasgos del sello inconfundible del género austen. En ese sentido, no sorprende que la protagonista, Charlotte Heywood, sea una jovencita, inexperta y diferente a las demás, que, por su espíritu libre, se opone cándida pero tenazmente a las costumbres de su época, demostrando tener un carisma sublime. En la novela, Austen la describe casi como una espectadora de un mundo en el que acaba de penetrar  como una intrusa afortunada. Junto a ella, se presenta a toda una serie de estereotipos femeninos muy bien pincelados psicológicamente que van desde la esposa dilecta, con una confianza ciega en su esposo; la viuda ricachona, resentida, avispada, excéntrica y caprichosa, que bajo esa máscara de protección esconde a su pesar un buen corazón; la joven inteligente y fría, enamorada del hombre incorrecto; hasta la superviviente posibilista y ambiciosa, capaz de hacer un pacto con el demonio por lograr sus objetivos cicateros y un no muy largo etcétera de personajes que divierte a cada instante. En el otro frente, se encuentran los caballeros que compiten por el amor de Charlotte, el señor Sidney Parker y el señor James Stringer, alejados en dinero y posición social el uno del otro. Ambos son honestos, generosos y apuestos, lo cual nos sitúa en un plano moral poco habitual en la ficción actual. Pero también aparecen en escena otros señores menos rectos, cuyas vilezas -nunca mostradas en escena, gracias a una muy bien llevada elipsis permanente que hace amable y segura la recepción televisiva, además de que respeta la sutileza de las descripciones de escenas que pudieran dar lugar a habladurías en la novela de Austen, no soeces ni sórdidas- no confunden el paradigma del bien y del mal.

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