15 abril, 2020

Una confesión

Una confesión

Crítica

Público recomendado: +18

De origen británico, esta serie policíaca basada en hechos reales se sostiene sobre una sólida investigación, donde, por fin, el protagonista no es el criminal. Recuerden que la curiosa tendencia a escoger como personaje principal al villano se ha instalado de tal manera en la cultura audiovisual, en general, y en la de las series, en especial, que encontrar una serie como Una confesión es casi “un milagro”. No obstante, por muy arraigada que está esta costumbre de invertir los parámetros morales del bien y del mal, la realidad es terca y se impone rebelándose contra la ficción, al mostrar quiénes desestabilizan la sociedad y la ponen realmente en peligro. Por eso, algunos directores como Paul Andrew Williams siguen atentos a las historias reales que interperlan de verdad a la gente, sin confundirlas haciendo uso de la fascinación. La trayectoria profesional de Williams como realizador en televisión está unida a éxitos televisivos de la ITV como Broadchurch, cuya tercera temporada obtuvo muy buenas críticas. Williams es un perfecto realizador de “brit-series”, si se permite la transposición. En una sola temporada con seis capítulos -producida por la cadena británica ITV (Independent Television) y la productora Urban Myth Films con distribución española en Movistar+ Series- entra en esta categoría.

 

Por un lado, aparece el gran mitema, -o esa parte sustancial del mito-,  que, en las series policíacas (tipo la extraordinaria The Wire) consiste en que alguien se juega su trabajo, su reputación e incluso su vida por la Verdad que es hacer Justicia a la realidad; e incluso sin contar con el reconocimiento social, que sería una consoladora recompensa en el peor de los casos. A esto se suma que ese alguien, que suele ser el protagonista policía, se ve apartado de sus funciones o simplemente queda al margen del sistema, pese a que sirve al cumplimiento de la Ley. Pues bien, en eso se resume el proceso que vivió este héroe ordinario llamado Steve Fulcher, el detective superintendente de la Policía de Witshire que siguió el caso de la desaparición de la jovencita británica de 22 años Sian O’Callaghan en 2011. En los sólo seis capítulos en los que se desarrolla la historia se logra mantener la tensión entre el caso en sí y la labor policial sometida a la opinión pública así como atrapada en leyes dictadas en condiciones leoninas que protegen con sumo escrúpulo a los delincuentes. Tal es el caso de la Ley de Evidencia Penal y Policíaca (PACE), puesta en duda en la reivindicación que hace la serie al exponer los hechos desde el punto de vista del policía y de una de las familias afectadas por los actos criminales.

Así el debate deja de ser una cuestión estética para convertirse en un tema de discusión política. El hecho de que la serie no sea una ficción-ficción sino una ficción histórica la convierte en un documento para la reflexión con mucha más autoridad, en la medida en que es un ejemplo y no una conjetura posible/imposible. Normalmente esta clase de historias están basadas o inspiradas en hechos reales. Con lo cual, cabe pensar que si hoy la fantasía no inventa héroes que no sean criminales, mejor recurrir a la experiencia para conocerlos. Y lo ha hecho con bastante éxito, sin estridencias, aportando calidad (además de buenos números: más de 7 millones de espectadores de media) además de una interesante cuestión sobre la moral pública y la conveniencia o no de algunas Leyes cuando se aplican a los casos reales. El papel es capaz de sostener grandes incongruencias.

Este thriller policíaco, a la vieja usanza, señala también algún elemento didáctico y aleccionador para la sociedad, tras la desaparición de Sian O’Callaghan, nada fortuita, teniendo en cuenta algunos hábitos extendidos entre la juventud. O’Callaghan había salido con sus amigos hasta altas horas de la noche y desapareció, desconcertando a su novio y familiares, que enseguida denunciaron el caso a la policía. En esos momentos cruciales para la vida de Sian, el detective Steve Fulcher (interpretado por el gran Martin Freeman, al que recordarán en “Sherlock”, “Fargo” y “El hobitt”, entre otras) abrió una investigación usando de todos los medios, lícitos e ilícitos, así como del personal más cualificado de la comisaría, para cercar al secuestrador y encontrar a Sian con vida. Ésa era su esperanza, así actuó, sin medir quizá cómo la hipocresía, a veces, y la burocracia, casi siempre, se aliarían contra el sentido común más aplastante. Destacan también las interpretaciones de Siobhan Finneran (la reconocerán por su interpretación estelar de la criada Sarah O’Brien en Downton Abbey) en el papel de la madre de Sian e Imelda Stauton, dando vida a otra de las víctimas, muy conocida por sus papeles en Harry Potter (2009, 2010) o en La niñera mágica (2005).

 

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