Dope

Crítica:

Público recomendado: Adultos

Si eres negro en Estados Unidos tienes dos opciones para triunfar: delinquir y morir o delinquir siendo más listo que el “blanquito” que dirige el cotarro.

Así de sumario nos lo plantea Rick Famuyiwa (Colegas, Brown sugar, La boda de mi familia…) en Dope, que tiene trazas de convertirse en una película de culto de hip-hop por el talento de este director afroamericano, cuya obra cinematográfica la comparan a las de Spike Lee o Tarantino.

Un montaje sincopado, con urdimbre de video-clic en su composición y una banda sonora brillante con temas emblemáticos de esta corriente cultural, narran las peripecias de tres jóvenes “pillaos” por el hip-hop de los 90 en un barrio marginal de una ciudad cercana a Los Ángeles, habitado mayoritariamente por negros y latinos.

En dirección al instituto, ojo avizor como exploradores del Séptimo de Caballería para detectar sioux, se yerguen en sus bicis Malcolm (Shameik Moore: Joyful Noise, The Watsons go to Birmingham…), Jib (Tony Revolori: El gran hotel Budapest, El juego perfecto…) y Diggy (Kiersey Clemons). Un griterío les lanza al “galope” para salvarse de jóvenes negros que aparecen para robarles su “caballo de hierro”.

Como el cine se muestra con imágenes —y esas las regala dadivosamente Famuyiwa—, un cambio de escena nos lleva a pasar por el arco de seguridad del instituto donde cursan los tres amigos. Después toca sortear a sus compañeros “macarras” que les solicitan sin miramientos sus zapatillas de marca.

En ese ambiente cotidiano extremo, Malcolm sobrevive tímidamente para realizar su sueño: ir a la universidad, como quiere su madre (de su padre, ausente, solo recibió un paquete cuando era niño con música de hip-hop).

En esas  circunstancias anda cuando conoce a la novia del mafioso de su barrio, de la que queda prendado, tanto que por ella asistirá a la fiesta —no quería ir por lo que se ventilaba habitualmente en estos encuentros— que organiza el delincuente. En el momento en el que la policía irrumpe para hacer una redada, empieza el primer instante de la nueva vida de Malcolm.

Dope se prodiga en escenas violentas (también verbales), de sexo (las que interpreta Zoë Kravitz, hija del cantante Lenny Kravitz, y las del propio Malcolm consigo mismo) y descarnadas existencialmente; todas creíbles por el talento cinematográfico de Famuyiwa para rodar, elegir encuadres y secuencias impactantes e innovadoras, y proponer diálogos descarnados a sus personajes.

Autor también del guion, el director de ascendencia nigeriana hace un fresco naturalista del hábitat habitual de los negros y latinos que viven en Estados Unidos, carne de cañón —cuando no han destacado en el deporte— para morir tiroteados o por inyección letal tras condenarles a la pena de muerte en el juicio.

Pero en el cuadro de Famuyiwa solo hay espacio para retratar los escollos, insalvables, que deben superar afroamericanos y latinos para brillar en aquella sociedad consumista, que pasan inexorablemente por jugar las mismas cartas que los blancos: ser más inteligentes que ellos y apostar por el fin utilizando cualquier medio a su alcance.

Consecuentemente, el ejercicio de la libertad se restringe a conseguir el/los objetivo/s (Famuyiwa no deja resquicio y propone el ejercicio de la “defensa propia”) como único  modo de sobrevivir en una sociedad en la que solo parece imperar la ley del más fuerte.

A este determinismo existencial al que se enfrentan los personajes de Dope, “trampa” encubierta con una puesta en escena tan convincente como brillante, es fácil claudicar, pero si ocurre, habría que mostrar también el recorrido y las consecuencias para las personas que asumen tales imposturas. Cuestión esta diametralmente opuesta a la moralina; que quede claro.

 

 

 

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