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El primer día de mi vida

Crítica

Público recomendado: +16

En una noche lluviosa y desapacible un hombre sin-nombre lleva a cuatro personajes desconocidos y muy distintos entre sí a lo alto de una colina desde la que se domina Roma. Les propone una extraña pregunta: cuántas personas se sentirán realmente felices en la ciudad. Para hacer más vívido el juego, apaga un momento todas las luces y el panorama queda sumido en sombras de oscuridad; a continuación enciende una lucecita por cada persona que esté alegre y a gusto con la vida.

Es el primer aldabonazo de esa original e interesantísima película, para hacer caer en la cuenta, a los personajes y al espectador, de que muy frecuentemente pasamos por la existencia sin plantearnos a fondo la gran pregunta sobre la felicidad, o lo que es lo mismo, sobre el sentido de la vida que estamos viviendo. La vida tiene sentido cuando está bien orientada, ¿pero qué significa eso exactamente?

Cada uno de los cuatro personajes, como cada hombre, era único e irrepetible en la historia de la humanidad y constituía un nudo de relaciones en la red de su entorno vital. Al morir, dejó un hueco que nadie podría ya llenar. Contribuir al bien y la solidez de esa red llena la vida de sentido, pero si uno se curva sobre sí mismo y rechaza tensar solidariamente los hilos que vinculan a unos con otros, su vida se vacía de sentido. El hombre egoísta se condena a sí mismo a la soledad.

El trazado del guion es metafísico, trata del ser humano en cuanto tal, pero está abierto a la trascendencia, a lo que está más allá de los límites naturales. Va de trascenderse a sí mismo para encontrarse con el otro y deja una leve sugerencia sobre un ser superior trascendente a todo, que vela porque el hombre no sucumba en la nada.

El hombre sin-nombre va a penetrar en la vida de cada uno de los personajes, que tienen en común que, tras haberse quedado sin motivaciones ni esperanzas, decidieron suicidarse. Napoleone impartía cursos y charlas para orientar a las personas a elevar su autoestima y apreciar la vida; paradójicamente, él tocó fondo, y no quiso seguir viviendo. Arianna es una mujer policía, deshecha por la muerte de su hija adolescente; siempre se había esforzado por proteger la vida de los otros y sin embargo ahora ha querido poner fin a la suya. Emilia, excampeona de gimnasia artística, frustrada porque siempre quedaba segunda, hasta que sufrió un percance que la dejó en una silla de ruedas, sin fuerza ni ilusiones para seguir viviendo, y optó por el suicidio. Daniele, un preadolescente muy popular en la web por los atracones que se daba en directo, obligado por su padre que buscaba los grandes beneficios que le reportaba su hijo, sin pensar que era un niño profundamente desgraciado que acabó quedándose sin otra salida más que el suicidio.

El hombre sin-nombre les otorga a los cuatro personajes sin esperanza una prórroga de una semana para que, desde ese espacio entre la vida y la muerte, puedan contemplar qué amor, qué vacío, qué dolor han dejado tras de sí, cómo ha reaccionado la gente ante su muerte y cómo continúa la vida sin ellos. Son siete días para volver a intentar encontrar el rumbo de la vida y, tal vez, darse una segunda oportunidad, si piensan que vale la pena intentarlo. Así la trama se divide en siete capítulos de reflexión y dudas hasta volver al fatídico momento en que tomaron la decisión de acabar con todo.

Quizá lo más interesante de la película es que el hombre sin-nombre no pretende llevarlos a rechazar la muerte, sino a valorar la vida. La muerte tiene sentido cuando es la culminación de una vida a su vez con sentido. Si no, solo puede acabar en la nada, encerrada en un nicho, como les muestra en el ejemplo de quien se empeñó en rechazar la vida.

Con una puesta en escena muy lograda, Paolo Genovese nos ofrece una road movie del alma, con ecos evidentes de ¡Qué bello es vivir!  de Frank Capra y del Cuento de Navidad de Charles Dickens. Es un canto a la vida, con sus momentos sombríos y sus momentos luminosos. La salvación del hombre, encontrar el sentido de la vida, se fundamenta en los vínculos de amor entre las personas. Y esto, al final, deja abierto el interrogante: ¿en qué o en quién se fundamenta el amor, para dar sentido a toda una vida? El planteamiento metafísico se abre inevitablemente a la teología. La respuesta deberá dársela cada cual, personaje de la película o espectador en la sala de cine.

Toni Servillo hace un trabajo magistral como ese personaje metafórico, ángel enviado para ayudar a ver y a verse, como el ángel capriano, y, quizás también como él, ganarse «sus alas». Están también magníficos Margherita Buy, como Ariana, la madre desolada; Valerio Mastandrea, el taciturno Napoleone; Sara Serraiocco, Emilia, la gimnasta autocondenada a una silla de ruedas; Gabriele Cristini, Daniele, el entrañable niño obeso por ambición de los padres. El resto del reparto está perfectamente a la altura.

Una buena película y una interesantísima parábola sobre el dolor de la incomunicación y el callejón sin salida que supone que una persona se repliegue sobre sí misma para «lamerse las heridas», sin abrirse al encuentro con los otros. En su propia mano tendida a los otros es donde puede encontrar una tabla de salvación para su vida desesperanzada.

Mariángeles Almacellas

https://www.youtube.com/watch?v=F73UtQVkIoA

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