Girasoles silvestres

Crítica

Público recomendado: +16

Girasoles silvestres podría haberse titulado, por ejemplo, Los amores de Julia o De la dificultad de encontrar pareja. No obstante, el título de Rosales -me aventuro a una interpretación- parece remitir al núcleo mismo del problema del deseo. En efecto, así como un girasol no puede dejar de mirar al astro que le da nombre, Julia (absolutamente soberbia: Anna Castillo) no puede sino fijarse en lo que ella desea más profundamente, en su anhelo de cumplimiento afectivo. Y hasta llegar allí, a ese lugar de la promesa realizada -donde realizada esconde mucho de imperfecto- la protagonista se expone, se equivoca, vive. El relato, fabulosamente elíptico, nos permite ser testigos de las relaciones de Julia con tres hombres distintos, cuya aparición está puntuada por medio de títulos sobreimpresos con sus respectivos nombres de pila.

El primero es Óscar (Oriol Pla). Su nombre inunda toda la pantalla, casi no deja ver lo que hay detrás, ni siquiera a él mismo. Estamos, evidentemente, ante un narcisista, y la mirada perdida de Óscar en el primer plano corto que tenemos de él, no deja lugar a dudas. Pla entrega una interpretación magnánima tanto con Rosales como con el espectador: es sospechoso antes incluso de abrir la boca, mucho antes de levantarle la mano a Julia. Así, este primer episodio se convierte en un sintético animalario de la masculinidad tóxica, en un manual contra relaciones de abuso.

Sin solución de continuidad llega Marcos, un militar que escucha ópera, plancha camisas, hace la comida y parece -a juzgar por los títulos que acompañan su aparición- más normal que Óscar, aunque algo descentrado. No transcurrirá demasiado del metraje de esta parte -la más fragmentaria de las tres- cuando se revele que Marcos es el padre de los hijos de Julia, y que una doble infidelidad los separó. Un segundo lugar en la película para narrar una segunda parte: uno de esos intentos, tan comunes, de rescatar el lugar que nunca fue, de resucitar una relación que una vez se dio por muerta. Se atisba el final desde el mismo principio, aunque el camino hasta llegar allí es sumamente interesante.

Y por último -tras un tiempo indeterminado de escepticismo- llega Álex (Lluís Marqués): como una promesa imperfecta, como un compañero de la lucha cotidiana, a veces fatigosa. Como padre, como amor, como hombre. Todo en uno, al fin. Aunque los miedos de Julia pugnen por abrirse paso y amenacen con echarlo todo a perder. Y aunque Álex no sea -como quizá ella esperaba- la solución de todos sus problemas, sino más bien un puerto seguro, desde el que poder salir a navegar.

Girasoles silvestres tiene, al menos, tres virtudes, tantas como los episodios que la dividen. Una: su audacia formal, que reside en el uso atípico de recursos como los indicados títulos sobreimpresos, o de esas lentes que, en buena parte del metraje, parecen contraer el espacio, replicando el estado de las cosas en el ánimo de Julia. Dos: su límpida claridad, que evita todo artificio, que usa la austeridad como palanca para conectar con el afecto del público. Y tres: su concisión, capaz de narrar los acontecimientos decisivos de una historia afectiva de tres o cuatro años de duración en poco más de hora y media. Dios salve a Rosales, ese gran desconocido del mejor cine español.

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