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Las dos caras de la justicia

Crítica

Público recomendado: +13

 

Desde 2014, la justicia restaurativa forma parte del derecho penal francés, si bien se desarrolla propiamente fuera del sistema penal, de tal forma que no influye para nada en el posible incremento o reducción de la pena. La idea de la justicia restaurativa emana de una concepción del delito como una ofensa contra un individuo o la comunidad más que como una ofensa contra el Estado y sus normas. Se trata de ofrecer a víctimas y agresores la oportunidad de dialogar en espacios seguros, bajo la supervisión de profesionales y de voluntarios, como, en La otra cara de la justicia, Judith, Fanny, Yvette o Michel. En la película, Nassim, Issa y Thomas, condenados por robos con violencia; Grégoire, Nawelle y Sabine, víctimas de un asalto al domicilio, un atraco y un tirón. Paralelamente, Chloé, víctima de violaciones incestuosas va a verse de nuevo con su agresor.

La trama se desarrolla en dos hilos narrativos paralelos: el de un grupo de seis personas (además de los voluntarios) que se reúnen en el centro penitenciario, para establecer un diálogo entre ellos con el fin de que, a partir de las palabras de unos y otros,  las víctimas puedan aliviar sus heridas y los delincuentes aprendan a responsabilizarse de sus actos; y el otro, bajo la supervisión de Fanny, sigue la preparación de Chloé para encontrarse con su hermano Benjamin, que la violó en la infancia y ya ha cumplido condena.

Jeanne Harry nos sorprende una vez como directora y guionista de una película maravillosa, como lo fue En buenas manos de 2018. En este caso, Las dos caras de la justicia trata un tema muy duro, pero abre una puerta a la esperanza: la reconstrucción personal y social puede ser posible.

En una declaraciones, Jeanne Harry explicaba que el tema de la justicia restaurativa le había interesado porque ayuda a la sanación de las víctimas al mismo tiempo que favorece la asunción de responsabilidades de los agresores. Y este convencimiento la llevó a plantear una experiencia judicial y terapéutica casi como un documental llevado por actores profesionales.

Las reuniones que aparecen en la película rezuman tanta humanidad, que todos los personajes salen mejores de lo que entraron. No idealiza a los delincuentes ni aporta soluciones milagro, pero muestra el camino para que tomen conciencia de las consecuencias de dolor en las víctimas que han tenido sus delitos, y tal vez comprendiendo la gravedad de sus actos eviten ser reincidentes.

El guion es muy equilibrado y muy contenido, porque insiste en la libertad de cada cual para tomar el camino de la honradez o el de la delincuencia, pero deja ver que en los orígenes de un delincuente suele haber mucho dolor y pocos horizontes de vida. Tampoco oculta los traumas profundos que han quedado en las víctimas y sus familias. Pone frente a frente a ofensores y ofendidos, pero sin hacer un relato maniqueísta. Son seres humanos y, como tales, llamados a entenderse y establecer lazos entre ellos.

También esta vez la cineasta cuenta con un reparto de excepción: Jean-Pierre Darroussin, Gilles Lelouche,  Birane Ba, Élodie Bouchez, Leïla Bekhti, la veterana Mihou-Mihou, Adèle Exarchopoulos, Dali Benssalah, Anne Benoît, etc. Son todos figuras extraordinarias del cine y del teatro, que llevan a cabo un trabajo impecable.

Jeanne Herry se ha atrevido a llevar a la gran pantalla un tema tan sensible y tan complejo como son las relaciones personales entre víctimas y verdugos, y confirma, una vez más, su talento como guionista y como directora. Un gran película con grandes actores y mucha humanidad.

Mariángeles Almacellas

 

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