Las furias

Crítica:

Público recomendado: Adultos

Cuenta la Biblia que Jacob peleó con el ángel de Dios toda la noche y solo pudo vencerle el alado mensajero cuando le golpeó en la parte interior del muslo. El luchador humano reconocía las bondades de Dios para su familia y la promesa hecha a su padre Abraham de que sería la cabeza de un pueblo milenario. Alejados de este planteamiento confiado en Dios, se encontraban los griegos, que en su sentir, describían muchas divinidades a las que rendían culto —fueran benignas o malvadas—, no entendían y temían reverencialmente. “Las furias” eran unas de ellas: mujeres que vengaban los crímenes cometidos entre familiares.

Para honrarlas y reconocerlas, el dramaturgo griego Esquilo escribió Euménides (que identifican a las furias benefactoras), obra final de la Orestíada, representada secularmente y de la que el director teatral Miguel del Arco ha realizado la película Las furias, donde intervienen un elenco de actores españoles para darla vida en el cine y enfrentarse contra el destino fatal.

Marga (Mercedes Sampietro) decide vender la casa de campo donde se han criado sus hijos. Se oponen Cassandra (Carmen Machi) y Aki (Alberto San Juan) que no entienden los motivos de su madre, basados en que necesita fondos para viajar en los últimos años de su vida.

Leo (José Sacristán), el marido de Marga, y del que vive separado desde hace años, está en un proceso avanzado de deterioro mental. El tercer hermano, Héctor (Gonzalo Castro), propone encontrarse por última vez en la finca y anuncia su boda con Julia (Enma Suárez) con la que convive desde hace dos décadas.

Los encontronazos entre hermanos y entre ellos y la madre reflejan los dramas de todas las familias y en el filme aparecen descarnadamente. También en las parejas, se esconden infidelidades, secretos, viejas heridas sin cicatrizar y traumas de la infancia que vuelven a reaparecer. En este sentido Las furias es muy honesta porque no ahorra ni esconde enemistades y rencores presentes y  pretéritos.

El guion, también de Miguel de Arco, es rico en matices y diálogos, dignos de la obra griega, y cuenta con unas excelentes interpretaciones de los actores. Sorprende el poderío de Carmen Machi, bordando un personaje muy alejado de otros que hemos visto en épocas recientes (Ocho apellidos vascos, Ocho apellidos catalanes…). Sobresalen también Sacristán, Sampietro, San Juan, Castro, Lenni y una inquietante Macarena Sanz (María), aquejada de brotes psicóticos. Ella y Leo hacen de coro profético sobre la situación de la familia.

Pero Las furias es un drama y no una tragedia, como creó Esquilo, en la que los asesinos son castigados por sus fechorías. Sin precipitarse en esa conclusión, porque tampoco hay sucesos que lo requieran, en el filme del dramaturgo madrileño lo que sí concluye la cinta es una apuesta final excesivamente rápida por el amor, sin considerar los pasos intermedios que ese proceso requiere. Cuando se han dicho palabras muy gruesas y ha habido enfrentamiento físico es un tanto artificial que todo se aquiete entre los miembros de la familia con un suceso terminal (la escena atendiendo a María en la playa tras un intento de suicidio y a Nekane en el parto en el mismo lugar).

Nunca los hombres han vencido a los dioses en su determinación de hacer justicia (véase la historia pasada y reciente en sus diversos aspectos). Las furias de Miguel del Arco es continuadora de algunos filmes y obras de ficción en las que el ser humano resuelve sus contradicciones personales y sociales apoyándose en una ética voluntarista, en la que no hay tampoco espacio a ningún tipo de trascendencia. Frases como “Todo cambia y casi siempre a peor”, “la familia siempre se mueve entre la furia y el amor”, “Nada va a durar siempre”…, frases dichas por distintos personajes evidencian el pesimismo con que abordan la vida, por lo que un cierre armónico resulta increíble por artificial.

Con todo, Las furias es una muy interesante propuesta, por su calidad y empaque, para reconocernos, acercarnos a los escollos familiares propios y tratar de resolverlos pacientemente.

 

 

 

 

 

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