8 noviembre, 2019

Shtisel

Shtisel

Crítica

Público recomendado: +16

Esta serie, creada y escrita por Ori Elon y Yehonatan Indursky, fue estrenada en Israel en 2013, y ha ido ganando numerosos adeptos incondicionales desde su incorporación a Netflix. A España ha llegado hace un año. El target de esta serie de dos temporadas es muy diferente del de las series de criminales, acción, suspense o series de adolescentes. Está dirigida a personas de mediana edad en adelante, con cierto nivel cultural y degustadores del cine costumbrista. Es una serie inteligente, que requiere leer entre líneas, darle vueltas a las cosas y sobre todo, necesita ser reposada y desgustada. En el diario El Mundo se la calificó como “Serie de gama muy alta”

Shtisel es una producción judía destinada a hacer un retrato sutilmente crítico e irónico sobre la comunidad ultraortodoxa que vive en los llamados barrios religiosos de Jerusalén. Pero curiosamente, esta comunidad, que en principio rechaza la televisión como objeto perverso, empezó a tener simpatizantes de la serie, probablemente por la humanidad desbordante que la atraviesa y por cierta mirada empática y entrañable hacia los judíos ultrareligiosos o jaredíes.

La serie cuenta la vida de la familia Schtisel. El pater familae, el rabino Schulem Shtisel (Dov Glickman), es un viudo con varios hijos, de los cuales solo tres protagonizan la serie: Akiva (Michael Aloni) -el protagonista principal-, que es un joven soñador, soltero, artista e inconformista; su hermana Gitti (Neta Riskin), casada y con hijos; y su hermano Zvi Arye, casado pero sin hijos. También vive aún la abuela, la madre de Schulem, que está en una residencia.

A través de la cotidianidad de esta familia, se va tejiendo la dialéctica entre los deseos que afloran en los personajes, y las restricciones y los formalismos que les impone su forma de entender el judaísmo. En el presunto camino de su felicidad siempre emerge algún obstáculo derivado del legalismo con el que interpretan la Torá y la casuística del Talmud. Algunos han creído ver en la serie una oposición entre la modernidad y la tradición religiosa, pero en realidad, la serie contrapone el corazón humano y sus deseos profundos -no “modernos” sino connaturales y universales- con una fe cristalizada en un ritualismo cada vez más alejado de la experiencia y de la razón. Ciertamente para estos personajes Dios es un ser real y presente, pero al haber renunciado a la posibilidad de su encarnación física y tangible -en dos momentos aluden despectivamente al cristianismo-, solo queda el camino de cumplir con ciertas formalidades para mantener la fe. Pero el corazón del hombre no se conforma con prácticas penúltimas que dejan huérfanas las circunstancias reales concretas. Por eso en esta serie nos encontramos a menudo con hombres resignados, que aceptan un destino que parece negarles el cumplimiento de sus anhelos profundos, sea en el plano afectivo, artístico e incluso espiritual. Sin embargo, estos personajes perseveran en la vida como rocas firmes, ganándose la simpatía incondicional del espectador, por la pureza de sus intenciones.

La serie también muestra sin tapujos la mentalidad trapichera, chanchullera y negociante que tanta mala fama le ha valido a los judíos en general. Nos zambulle con realismo y autenticidad en la vida normal de unos seres normales, pero que viven marcados por una identidad muy definida que les convierte en outsiders. Al final el perdón es el horizonte de muchas de las tramas, con lo que se universaliza lo que parecía ser un exótico particular. Un serie deliciosa.

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