2 junio, 2020

Un juego de caballeros

Un juego de caballeros

Crítica

Público recomendado: +10

El polifacético Julian Fellowes, especialmente, recordado por haber escrito el guion de películas como The Young Victoria y  Gosford Park y, por haber creado la exitosa serie, tipo arriba y abajo, Downton Abbey, vuelve a la carga con una grandísima miniserie, en la que se entremezcla una historia de época con los inicios del fútbol.

Un Juego de caballeros, es una serie de tan solo 6 episodios, a cual más brillante, distribuida por Netflix. Su creador, el mencionado Fellowes, ha mostrado gran habilidad a la hora de buscar un punto de encuentro entre la aristocracia británica y las clases más bajas de un pueblo obrero, que puede hacer las delicias de la familia porque este director y productor se caracteriza por la elegancia con la que plantea sus historias sin mostrar escenas demasiado fuertes o que puedan herir ciertas sensibilidades y, en esta ocasión, tengo la sensación de que cuida ese detalle, consciente de lo atractivo que puede llegar a ser para los chavales un deporte como el balompié, aunque ha sido dirigido como suele será habitual en esos casos por varios directores.

Una de las virtudes de este tipo de producciones es que intenta que la ambientación sea la correcta. Y es que Julian Fellowes conoce a la perfección el modo en el que se mueven o movían las altas esferas de la sociedad británica y se deduce que se ha documentado para explicar los orígenes del fútbol que, en sus inicios, se parecía más al rugby que al deporte al que todos conocemos. Los jugadores no debían ser profesionales; es decir, no podían cobrar ninguna cantidad por la práctica deportiva. En esta miniserie de bella factura se explica ese momento y las presiones cuando se comienza a abrir el debate del profesionalismo cuando el popular futbolista Fergus Shuter (Kevin Guthrie, que lo borda), un crack de la época, comenzó a percibir un sueldo como futbolista profesional. La serie no busca el enfrentamiento o una batalla campal entre buenos y malos, los que esperen un Falcon Crest, que no se acerquen porque quedarán decepcionados.

Este producto televisivo se centra en explicar cómo Arthur Kinnaird, interpretado magníficamente por Edward Holcroft,  un hijo de un banquero que a pesar de las dificultades de haber perdido a su hijo en el parto, muestra su carácter emprendedor y su valentía y entusiasmo, apoyando a amigos en dificultades que han jugado al fútbol con él. Este señor formaba parte de un matrimonio, abierto a la vida, que intenta ayudar a madres solteras en dificultades. Se deduce que se trata de un una persona que quiere ser fiel a sus ideales cristianos, siendo generoso y acogedor (su fe aparece de un modo implícito), en este caso, católicos, detalle propio de las clases altas británicas. Por otra parte, la trama entre un padre exigente y estricto y su hijo debe ser tenida en cuenta porque está muy conseguida y no parece forzada.

Cambiando de tema, en el apartado deportivo, esta historia nos cuenta como mediante un diálogo sincero y abierto a la escucha se puede lograr un propósito razonable que permita la unión entre personas de diferentes clases sociales o diversas formas de pensar y vivir, renunciando a un privilegio. Hay una emocionante escena (una de las mejores) en la que un deportista acepta la disculpa o la petición de perdón de un rival, mostrando la nobleza de este deporte. No hay que perderse el guiño final al juego limpio que hizo a este deporte grande, aunque en la actualidad nos chirríen esos sueldos astronómicos que cobran algunos de ellos.

Como dato curioso, hay que hacer una mención especial a una escena que habla del significado de las promesas matrimoniales, que podría ser interesante para un pequeño cinefórum.

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