7 febrero, 2022

Devs

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Crítica

Público recomendado: +16

Esta miniserie de ciencia ficción y ocho episodios se adentra en ese mundo que puede parecernos “aún” paralelo, en el que se están cocinando gran parte de los dilemas éticos de la humanidad: la bio y nanotecnología, por decirlo con pocas palabras. Por lo tanto, emerge en ella el asunto vertiginoso del transhumanismo, en la medida en que hay cierta elucubración sobre la posibilidad de cambiar a la humanidad a través de la tecnología. Escrita y dirigida por Alex Garland, la historia se ambienta en una Corporación denominada AMAYA, sita en Sillicon Valley, cuyos objetivos científicos, además de congregar a grandes cerebros de la ciencia, informáticos seleccionados en procesos sumamente duros, están orientados a garantizar el futuro cuántico de cualquiera de nosotros; sea esto lo que fuere. En concreto, la trama gira en torno a la delegación más competente y enigmática de AMAYA, que oculta sus fines, recluta y “secuestra” figuradamente la vida de los científicos que entran en este departamento cautivados por los nuevos retos y alagados por el reconocimiento de méritos que esto significa. En suma: financiación + lógica salvífica + idolatría en la ciencia= hacer lo que se puede hacer, aunque no sea bueno (o no se deba…). Algo extraño sucede en el seno de esa organización aparentemente “neutra” y la protagonista, la joven ingeniera informática Lily, tendrá que averiguarlo.

 

Una buena selección de actores da vida a los personajes de este thriller científico. En el papel protagonista destaca la actriz japonesa Sonoya Mizuno, que ha trabajo con Garland en alguna otra ocasión como Aniquilación (2018) y Ex Machina (2014); a la cabeza de AMAYA, están Nick Offerman y Alison Pill, dotando de frialdad y cálculo a la realidad tecnológica, por supuestas razones humanitarias. Pero parte del atractivo de la miniserie se debe a su cuidada producción: desde la ambientación hasta la elección musical para la banda sonora, todo muy acorde con nuestro mundo. Se señala también de fondo esa especie de cultura antihumanística que ha creído erróneamente colocar al ser humano en la cúspide de todo, sacrificando su religiosidad, sus relaciones familiares, su capacidad de trascenderse a sí mismo. Lo curioso es que esta reflexión sobre cómo todo ello lo sume en un materialismo nihilista nauseabundo está presente en la serie. De hecho, se coquetea con la idea de que el universo es determinista; también se explora que, del hombre, como un animal sin libertad, sin libre albedrío, se pueden prever todos sus movimientos futuros y reproducir el pasado con exactitud. Es decir, se habla de la “adivinación”, de la magia, pero desde la legitimidad de la tecnología. Quizá esta frase de uno de los personajes pueda explicar bien de qué quiere ir la miniserie, tras la trama de thriller que la pone en movimiento: “Los humanos tendemos al pensamiento mágico”. Y seguimos teniendo sentimientos.

Hay por otro lado un aspecto estético muy occidental abandonado en las últimas décadas: el regusto por la sicodelia. En la serie, el estilo sicodélico se logra combinando el diseño de personajes obsesionados con las bondades de la tecnología, los enfoques oblicuos, los espacios con iluminación artificial, el tono de las conversaciones (vago, onírico y misterioso). La acción es más bien un tipo de pasión que actúa en el espectador al intentar comprender las razones del temor y de la locura de los personajes. La obsesión con el universo físico y el universo mágico no es más que una manera de hablar de nuevo de cómo queremos ser como dioses. Junto a esta trama de ciencia ficción, convive un thriller que mantiene la atención sobre la idea de un David frente a un Goliat. Sin embargo, hay un espacio extraño para el dolor por la pérdida de un ser querido, aunque no se eleve en forma de súplica o de oración; y un espacio múltiple simulado por el hombre para volver a la vida.

La serie se puede ver en HBO Max.

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